Ya estoy lista, vestida con algo que Elias seleccionó para mí. Lo sigo a mientras me guía hacia otra parte de la casa que no conocía hasta ahora. El pasillo se alarga, adornado con retratos y espejos que reflejan una luz tenue. Finalmente, llegamos a una puerta imponente. Al abrirse, revela una habitación doblemente grande que cualquier otra que haya visto hasta ahora.
Mis ojos se abren con sorpresa. Hay un tocador adornado con frascos de perfume y polvos delicados, y un armario rebosante de ropa y accesorios de una calidad exquisita. Vestidos de seda, abrigos de terciopelo, joyas brillantes... Todo parece sacado de un sueño. Observo el espacio con asombro, tocando suavemente las telas suaves y brillantes.
Me pregunto mentalmente qué tan lejos estaré del señor. ¿Estará en alguna otra ala de esta mansión, ajeno a mi presencia? Mordisqueo mi labio pensativa.
Elias me observa con una sonrisa suave.
—Espero que esta habitación sea de su agrado, señora Montclair. El señor ha insistido en que tenga todo lo que necesite para estar cómoda.
Asiento lentamente, aún absorbiendo todo lo ocurrido.
—Es... mucho más de lo que esperaba. ¿De quién era su habitación? —pregunto con curiosidad.
—No, señora. Esta habitación ha estado preparada para usted desde el momento en que el señor tomó su decisión. Él espera que encuentre todo lo que desea ¿Le falta algo?
Recorro la habitación una vez más, sintiendo la suavidad de la alfombra bajo mis pies y la luz cálida que entra por las ventanas. En este momento me olvido del pasado por un segundo, me convenzo de que, aunque todo sea desconocido, encontraré la manera de construir mi vida en está farsa.
Mientras sigo maravillada explorando cada rincón de la habitación, Elias interrumpe mis pensamientos.
—Señora Montclair, quiero mostrarle algo más.
Me giro hacia él, curiosa, señala una puerta discreta que se encuentra en un lateral de la habitación.
—Esta puerta de al lado lleva a una habitación vacía y esa será la habitación de tu bebé.
Mi corazón da un vuelco al oír esas palabras. Un espacio dedicado a mi hijo, un lugar donde podrá crecer y estar seguro. La emoción me invade, y me apresuro a acercarme a la puerta. Elias la abre y me da paso.
Al entrar, me encuentro con una habitación inundada de luz natural. Las paredes están pintadas en un tono suave y relajante, y el espacio está vacío, listo para ser llenado con todo lo que un bebé necesita. Imagino una cuna, una mecedora, juguetes coloridos y libros de cuentos.
Lágrimas de alegría se acumulan en mis ojos al contemplar alrededor. Este espacio es más que una simple habitación; es un nuevo comienzo.
—Es... perfecto —susurro, incapaz de expresar completamente la emoción que estoy sintiendo.
Elias sonríe con satisfacción.
—El señor ha ordenado que se equipe la habitación con todo lo que usted desee. Siéntase libre de solicitar cualquier cosa que necesite.
Asiento, sintiendo una oleada de gratitud. Aunque mi matrimonio sea un acuerdo, esta habitación es un regalo genuino. Un lugar donde mi hijo podrá ser amado y cuidado.
—Muchas gracias —digo con sinceridad—. Significa mucho para mí. Dile eso al señor, por favor.
Elias asiente con respeto.
—Sé lo haré llegar y si necesita algo, no dude en llamarme.
Me acerco a la ventana y miro hacia el jardín, imaginando a mi hijo jugando en el césped bajo el sol.
Haré todo lo posible para crear un hogar lleno de amor y alegría para mi hijo, sin importar las circunstancias. En esta habitación, en este espacio sagrado, comenzará nuestra nueva vida. Lo detengo antes de que se marche y lo miro directamente a los ojos.
—Elias, necesito pedirte algo más. Quiero contratar a alguien.
Su expresión cambia a una de sorpresa. No esperaba eso.
—Señora Montclair, yo puedo encargarme de todo. Ese es mi deber.
Niego con la cabeza suavemente.
—Lo sé y aprecio tu dedicación. Pero tu deber principal es el señor Montclair. Y necesito una mano, alguien que me ayude con mis tareas y con el bebé.
Duda un momento antes de responder.
—Traeré a algunos hombres que considere aptos para el trabajo, señora.
Niego con la cabeza nuevamente, esta vez con más firmeza.
—No, Elias. También necesito mujeres, por favor. Necesito a alguien confidente para trabajar conmigo, alguien en quien pueda confiar plenamente.
—Prefiero solo hombres, señora. Son más discretos y confiables. —murmura.
Frunzo el ceño, confundida por su insistencia. ¿Por qué estaría tan en contra de que otra mujer trabaje en la casa? Algo en su tono me hace sospechar que hay más en juego de lo que dice.
Balbucea entre dientes: —¿Está segura, señora? No es recomendable que otra mujer trabaje aquí.
—Es para mí, Elias —insisto—. Y para el bebé. Necesito a alguien que me entienda y me apoye.
Elias se queda en silencio por un momento, su mirada fija en el suelo. Finalmente, levanta la vista y asiente, aunque su expresión sigue siendo de desaprobación.
—Como desee, señora. Traeré candidatos, tanto hombres como mujeres. Pero permítame advertirle que las mujeres en esta casa... pueden ser problemáticas.
Sus palabras me dejan pensativa ¿Qué clase de problemas podría haber con las mujeres en esta casa? Con un último asentimiento, Elias se retira, dejándome con mis pensamientos, cierro la puerta detrás, inquieta, preguntándome porqué el señor me bajaría de está forma el cielo, las horas siguen pasando, y sigo encerrada en la habitación, con una sensación extraña en el pecho. Por un segundo, me pregunto si pasaré el resto de mi vida de esta forma; encerrada como una rehén en esta jaula dorada. Camino de un lado a otro, sintiendo la necesidad de escapar de estas paredes que parecen estrecharse a mi alrededor.
Me detengo y acaricio mi vientre, conectando con mi bebé.
—No te preocupes, mi amor —susurro—. Todo estará bien.
Las horas siguen pasando, lentas y pesadas. Aburrida, abro el armario y selecciono un vestido de seda color lavanda, con delicados bordados de flores en el escote. Me visto lentamente, sintiendo el suave tejido contra mi piel.
Frente al tocador, me maquillo con cuidado, resaltando mis ojos y suavizando mis rasgos. Me peino, recogiendo mi cabello en un moño elegante con algunos mechones sueltos que enmarcan mi rostro. Justo cuando termino de vestirme, Elias interrumpe mis pensamientos al tocar suavemente la puerta.
—Señora Montclair, hay frutas frescas abajo, y los candidatos para el puesto están esperando.
Asiento y tomo una respiración profunda. Es hora de enfrentar lo que sea que me espere. Bajo las escaleras con gracia, sintiendo la mirada de Elias sobre mí. Al llegar al comedor, veo a un grupo de personas esperando. Hay hombres y mujeres de diversas edades y apariencias, cada uno con una expresión expectante.
—Cada vez está más hermosa, señora. El doctor vendrá a verla mientras baja —susurra al oído acercándose detrás.
Frunzo el ceño ligeramente ante su comentario, pero lo ignoro y me concentro en los candidatos. Necesito encontrar a alguien en quien pueda confiar, alguien que me ayude a todo lo que se trate de mí.
Me dirijo a los candidatos con una sonrisa amable.
—Buenas tardes a todos. Gracias por venir.
Hay cinco hombres y dos mujeres esperando en el comedor. Decido comenzar las presentaciones para conocerlos mejor. Les hago una seña, sentándome en la mesa, degustando una fruta.
—Buenas tardes, mi nombre Albert Harding —Él es un hombre de mediana edad, de rostro serio y traje impecable. Se presenta con una formalidad que roza lo rígido.
—Buenas, señora, soy Thomas —Es un joven robusto y de aspecto campesino, con manos callosas y una sonrisa tímida. Parece ser trabajador, pero carece de sofisticación.
No parece el adecuado para el trabajo
—Señora, un placer mi nombre es Roger Abernathy —Un hombre mayor, con una mirada astuta y un aire de superioridad. Presume de sus años de experiencia en servicio doméstico.
—Soy Charles —Un joven de modales suaves y voz pausada, con un aire intelectual que lo distingue del resto.
—Un placer, me llamo Robert —Un hombre corpulento y de rostro amable, que irradia confianza y seguridad.
Entre las dos mujeres, una llama mi atención de inmediato, una de ellas es Seraphina, una joven pelirroja de ojos verdes y piel pálida, con un aura de misterio que la rodea. Su presentación es breve pero intensa, y su mirada transmite una necesidad urgente de obtener el trabajo. Y después está Agatha, mediana edad, de rostro amable y expresión tranquila. Se presenta como una persona práctica y eficiente, con experiencia en el cuidado del hogar.
La mirada de Seraphina me atrae como un imán. Hay algo en su vulnerabilidad y en su necesidad que me conmueve. Siento que podría confiar en ella, que podríamos entendernos. Estuve en su necesidad, en el punto más bajo.
Elias se inclina hacia mí y me susurra al oído.
—Señora Montclair, le recomiendo que elija a uno de los hombres. Tienen más experiencia y son más confiables. El señor Abernathy ha trabajado en casas importantes durante años.
Niego con la cabeza suavemente, sintiendo una conexión inexplicable con Seraphina.
—Agradezco tu consejo, Elias, pero he tomado mi decisión.
Me acerco a Seraphina y le ofrezco una sonrisa amable.
—Seraphina, estás contratada.
Los ojos de ella se iluminan con sorpresa y gratitud.
—¡Oh, señora Montclair, gracias! No la defraudaré.
Elias frunce el ceño y me mira con desaprobación, pero ignoro su reacción. He elegido a Seraphina, y confío en que mi intuición no me fallará
Sigue agradeciendo.
—Agradezco mucho esta oportunidad, señora Montclair. Haré todo lo posible para servirla bien.
—Tu deber será servirme día y noche. Ayudarás con las tareas del hogar, y también estarás a mi lado cuando lo necesite. Ayudarás a cuidar de mi bebé y, sobre todo, serás mi confidente.
Le hago una seña con mi mano para que se acerque.
—Entiendo —responde Seraphina. Su voz es suave.
Me gusta su actitud dispuesta.
—Además, me gustaría que me ayudaras a organizar actividades y tareas —continúo—. En todo lo que necesites, Elias te sabrá guiarte.
—Sí, señora.
Mientras hablamos, me doy cuenta de que, además podría encontrar en Seraphina algo más parecido a una amiga. Necesito esa conexión personal. Con una sonrisa en mi rostro, le ordeno.
—Podrías prepararme un baño mientras me acomodo en la habitación, por favor. Me vendría bien un momento de relajación.
Ella asiente de inmediato.
—Por supuesto, señora. En un momento lo tendré listo.
Mientras ella sale de la habitación, me siento en una silla junto al tocador, sintiéndome optimista acerca de mi nueva vida. Justo entonces, Elias entra en la habitación con una expresión que deja entrever su descontento.
—Señora Montclair —dice con tono serio—, necesito hablar contigo.
Bromeando para aligerar el ambiente.
—¿Estás celoso, Elias?
Él me mira con sorpresa durante un segundo, antes de recuperar la compostura.
—No es eso. Solo quiero recordarte que puedo hacer todo en esta casa. No necesitas a nadie más.
Sigo sonriendo, cruzando los brazos de manera desafiante.
—Ya hemos tenido esta charla, Elias. Seraphina es exactamente lo que necesito.
Su expresión se torna más grave.
—Pero la casa no la necesita a ella.
—Puede que no la necesite ahora, pero yo sí. Necesito a alguien de confianza, alguien con quien pueda contar en asunto de mujeres.
Elias frunce el ceño, claramente insatisfecho con mi elección.
—Señora, aprecio tu decisión, pero le recuerdo que deberá de tenerla muy de cerca. No quiero que surjan problemas innecesarios.
—Lo sé, Elias. —mi voz es firme— Pero confío en mi instinto, y tengo la corazonada de que Seraphina será una buena adición. La casa necesita un ambiente cálido y armonioso, y tenerla aquí puede ayudar a lograrlo.
Elias suspira, la frustración evidente en su rostro.
—Entiendo —dice al final—. Pero seguiré vigilando, señora. Asegúrese de que no haya malentendidos.
Murmurando una vez más que podía manejar cualquier cosa, Elias se retira, dejándome con una sensación de alivio. Estoy decidida a demostrarle que he tomado la decisión correcta al elegir a Seraphina.
Seraphina regresa con una sonrisa iluminando su rostro.
—El baño está listo, señora Montclair —anuncia con entusiasmo.
La sigo hasta el baño, donde el agua calienta el ambiente con su vapor suave y fragante. Me quito el vestido y, como una niña pequeña, me deslizo a la tina de barro. Comienzo para relajarme de inmediato, sintiendo el calor envolvente del agua.
Seraphina se arrodilla a mi lado, con su cabello rojizo brillando a la luz de las velas. Comienza a lavar mi cabello con un delicado toque, aplicando un champú perfumado que huele a flores frescas. No hablamos, pero en ese silencio compartido, siento una conexión profunda con ella. Su mano es firme y gentil al mismo tiempo, y me doy cuenta de que esto era exactamente lo que necesitaba: un momento de cuidado y calma, un respiro al caos que tengo en la cabeza.
—Señora —dice de repente, rompiendo el silencio—, después de esto debería preparar la cena.
El agua burbujeante me rodea mientras reflexiono sobre sus palabras. Estoy agradecida por su disposición. Justo cuando comienzo a pensar en lo que podría ser una tranquila cena, la puerta se abre de golpe, y Elias irrumpe en el baño.
—Seraphina, necesitas conocer la casa, termina y te haré un recorrido por la casa para que te familiarices con ella —dice, sin prestar atención a mi incomodidad por su presencia.
Al escuchar esto, me interrumpo de inmediato.
—Elias, espera. ¡Deberías presentarle al señor! Ya que ahora trabaja aquí.
Me lanza una mirada de sorpresa y leve confusión. Seraphina me mira con agradecimiento, y por un instante, siento que la tensión entre Elias crece, está incomodo.
Elias titubea, considerando mis palabras, y finalmente asiente con resignación.
—Está bien, lo haré. Pero recuerda que esta casa necesita orden y disciplina.
—Sé que se llevarán bien al final del día —le respondo con confianza—. Te agradezco por ser siempre protector, pero confía en mí. Esto es lo que necesito ahora.
Seraphina sonríe, y mi corazón se aligera. Juntas, podríamos hacer de esta casa un lugar lleno de vida y amor.
Una vez duchada, me siento renovada, pero el cansancio se apodera de mí. Decido ponerme un ligero vestido de algodón que me permite descansar sin molestar. Cierro los ojos y me dejo llevar por el sueño.
Despierto un rato después, sintiendo unos movimientos suaves en mi vientre. Mi bebé se mueve inquietamente, indicándome que es hora de comer. Frunzo el ceño al darme cuenta de que la habitación está oscura. Con cuidado, me levanto y enciendo los candelabros, dejando que la luz cálida llene el espacio.
Miro a mi alrededor, desorientada y confusa. Debo haber dormido más tiempo del previsto. La cena debería estar lista, y ya debería haberme despertado Seraphina. Con un leve sentimiento de enojo, decido bajar para enfrentar la situación.
Bajo hasta llegar a la cocina, me detengo en seco, completamente sorprendida al ver a Elias, frenético frente a la estufa, con el fuego ardiendo a su alrededor. El aroma de la comida se mezcla con el humo, y parece que está en medio de una lucha.
—¡Elias! —lo llamo con un tono de reproche.
Él se espanta, girándose hacia mí con una expresión de sorpresa en el rostro.
—Señora Montclair, ¡regrese a la habitación! Le llevaré la cena.
—¿Qué pasó con Seraphina? —pregunto, sintiendo la frustración burbujear en mi interior. —Ella es la encargada de hacer la cena.
Elias evita mirarme directamente, su nerviosismo es evidente.
—No hay tiempo para eso. La cena estará lista en un momento. Vaya a su habitación.
Al no obtener respuesta, la irritación crece en mí. Grito el nombre de Seraphina mientras me doy la vuelta, decidida a buscarla. Ella está aquí para cumplir esas tareas.
—¡Seraphina! —grito, sintiendo que mi voz resuena en las paredes de la casa. No puedo dejar pasar esto. Ella tiene un deber, y debe cumplirlo.
Mientras busco, escucho a Elias detrás de mí, su voz resonando con desesperación.
—Por favor, regrese a la habitación. Te llevaré la cena.
Lo ignoro. Mi inquietud por Seraphina supera mi deseo de escuchar lo que tiene que decir.
—Voy a buscarla —murmuro enfadada. —¿Dónde está?
Navego por los pasillos de la casa, todavía iluminados por las luces de los candelabros que antaño me brindaron una sensación de calma. Pero ahora solo hay un nudo en mi estómago. Estoy decidida a encontrarla. Me dirijo hacia su habitación, mis pasos decididos y cargados de enojo. Necesito respuestas y una buena excusa de porqué el descuido en su deber es su primera noche. Mientras busco a Seraphina, un ruido sutil me hace levantar la mirada. Escucho un murmullo que proviene de la biblioteca, al final del pasillo, y un escalofrío recorre mi espalda. Me acerco lentamente. Pero a unos pocos metros de la puerta, siento la mano de Elias detenerme, sujetándome el brazo.
Ambos quedamos estáticos a mitad del pasillo.
—Espera —susurra.
Por un instante, no comprendo su reacción, confundida frunzo el ceño, a medida que el sonido se intensifica, una serie de gemidos femeninos llega a mis oídos desde el interior de la biblioteca, y mi corazón comienza a latir con fuerza.
Algo dentro de mí salta, como un resorte. Confundida, intento pensar en otra cosa, buscar alguna lógica que explique la situación, pero es evidente lo que está sucediendo allí adentro.
¿Seraphina y el señor?
Me quedo muda, incapaz de procesar la realidad que se presenta ante mí. La traición y algo inexplicable se entrelazan en mi mente, como un torbellino de emociones que me deja aturdida.
Elias, sintiendo mi confusión me observa con una mueca de arrepentimiento.
—Le dije, señora, que no debería haber contratado a mujeres.
Sus palabras caen sobre mí como una losa. Mi cuerpo se tensa, con un nudo en el estómago, giro lentamente sobre mis talones y le doy la espalda a la escena. No puedo soportar imaginar lo que está sucediendo entre Seraphina y el señor, así que me dirijo al comedor, el corazón latiendo con fuerza.
Cuando me siento a la mesa, una vela solitaria brilla en el centro, proyectando sombras danzantes sobre el mantel que cubre la madera. La atmósfera es densa y siento la mirada de Elias en mi espalda mientras se mueve por la cocina. Nadie dice nada, y la tensión es palpable. En mi mente se acumulan pensamientos confusos, y me encuentro atrapada entre la indiferencia y la rabia.
Elias aparece con mi cena, sirviendo los platos. El aroma de la comida me envuelve, pero no puedo disfrutarlo. Levanto el tenedor y empiezo a comer en silencio, un acto mecánico sin placer. El tiempo parece estancarse, y lo único que me ocupa la mente es un vacío extraño.
La puerta del comedor se abre lentamente. Aparece Seraphina, pálida y despeinada, su expresión es de total vergüenza. Mi corazón se hunde al mirarla, pero no puedo enfrentarla. Mantengo la mirada distante, enfocada en mi comida.
—Lo siento mucho, señora —dice, su voz temblando con vulnerabilidad—. Pido perdón por mi descuido.
No le respondo. El silencio se hace más denso entre nosotros. Su presencia me resulta casi insoportable, así que sigo con la vista baja, inmutable.
Necesito que se vaya.
—Por favor, estoy muy arrepentida. Necesito este trabajo… —continúa, pero su súplica carece de efecto.
Debí de seguir las indicaciones de Elias, fui tan tonta.
Con un gesto de mi mano, le indico que se vaya.
—Échala a patas de mi casa, Elías y no le pagues el día —afirmo fría, sin levantar la mirada.
La observo arrodillarse ante mí, sus ojos brillan con desespero.
—Por favor, pido perdón. Solo necesito un poco de dinero o…
—Quítala de mi vista, ahora.
Mis pensamientos se congelan. La rabia y el desdén por su falta de profesionalismo me consumen, pero no le ofrezco ni una palabra de consuelo. Mi mente está cerrada a la posibilidad de comprender su situación.
No hay excusa para estar con el señor de la casa, ninguna.
Elias se acerca, cruza su mirada con la mía y, siguiendo instrucciones, la agarra del brazo y la lleva hacia la puerta. Ella intenta protestar, pero él la arrastra con firmeza y la empuja más allá del umbral, cerrando la puerta con un golpe resonante. En mi pecho, una mezcla de alivio y tristeza se agita, pero no tengo tiempo para procesar esos sentimientos.
Una vez que me quedo sola en la calma del comedor, limpio mi boca con una servilleta después de terminar mi cena. Mire a Elias, que se ha quedado de pie unos pasos atrás, expectante.
—La cena estuvo deliciosa —le digo, aunque mi voz es casi un susurro, como si todo lo que he experimentado esta noche me hubiera dejado sin aliento.
Me levanto y me preparo para irme a dormir, pero antes de retirarme, me doy la vuelta una vez más.
—Dile a tu señor que al menos tenga la cortesía de esperar a que me duerma, así no soy testigo de su indecencia.
Con esa frase, abandono el comedor para desaparecer en la cama amplia de mi habitación, entendiendo que ese señor misterioso solo me baja el cielo para su propio egoísmo.