La mañana es suave y mágica en el jardín, el sol filtrándose entre las hojas de los árboles y acariciando mi piel con sus cálidos rayos. Estoy sentada en un banco de madera, con un hermoso vestido que flota delicadamente a mi alrededor, mientras disfruto del ligero susurro de la brisa. Mis ojos están cerrados, y me dejo llevar por el sonido de la naturaleza, sintiendo cómo el estrés y las preocupaciones se disipan momentáneamente.
De repente, una sensación de presencia me hace abrir los ojos. La luz resplandece y, ante mí, se dibuja la figura del doctor del hospital. Lo reconozco al instante: es un hombre apuesto, con cabello oscuro y una sonrisa encantadora que ilumina su rostro.
—Buenos días —le saludo, sonriendo al sentir que la calidez de la mañana.
Se acerca con elegancia y, en un gesto inesperado pero encantador, toma mi mano y me da un suave beso en los nudillos. El toque de sus labios me sorprende agradablemente, y por un momento.
—¿Dónde está Elias? —pregunto con curiosidad, notando su ausencia.
—Fue a prepararme un café —responde. El doctor asiente, su mirada atenta y profesional. —Espero que te encuentres bien. Quería hacerte algunas preguntas sobre el bebé y como te encentras. ¿Has tenido algún sangrado o dolor inusual?
No puedo evitar recordar aquella noche, cuando la sangre chorreaba entre mis piernas.
—No, todo ha estado bien —miento.
Él sonríe, aliviado.
—Eso es bueno escuchar. Tengo que informarte que la partera te visitará dentro de poco para asegurarse de que todo esté en orden. Ahora deberíamos ir hacia adentro para que pueda chequearte. Te daré algunas vitaminas y hierro para fortalecer al bebé.
Asiento, sintiéndome un poco más tranquila ante la idea de que alguien tan profesional se preocupe por mi salud y la del pequeño. Pero, antes de que me levante, un mechón de cabello se escapa de mi peinado. El viento juega de forma traviesa. Con delicadeza, el doctor acerca su mano y, con suavidad, me coloca el mechón detrás de la oreja. Ese gesto tierno acaricia mi corazón, y no puedo evitar sonreír, sorprendida por la intimidad del momento.
De repente, un golpe sordo me sobresalta. Levanto la cabeza, y mis ojos se dirigen hacia la ventana del piso más alto de la casa. La ventana, que antes había estado cerrada, ahora está abierta y golpea contra el marco, moviéndose de un lado a otro con una ruidosa abrumador.
Ambos soltamos una risa nerviosa ante el susto repentino. La situación parece ridícula, y la risa rompe la tensión que había antes.
—Deberíamos de ingresar antes de que el viento nos lleve —bromea el doctor.
—Si, ingresemos.
Comenzamos a caminar hacia la casa, la luz del sol nos sigue mientras cruzamos el umbral. En el interior, el ambiente es cálido y acogedor, y la luz se filtra a través de las ventanas, el doctor se asegura de que todo esté en orden mientras avanzamos, y me siento un poco más ligera al dejar el jardín atrás.
Sentados en la sala, la luz del día nos golpea directamente, el doctor, Marquez, ajusta su estetoscopio, preparándose para revisar los latidos del bebé. Mientras lo hace, me hace una serie de preguntas sobre cómo me he sentido últimamente, si he experimentado náuseas o cansancio.
Mientras él se concentra en los sonidos de mi abdomen, un movimiento en el rabillo de mi ojo me llama la atención. En silencio, Elias aparece en la habitación, dejando un papel sobre la mesa antes de dirigirse hacia el doctor.
—Su café, doctor —su tono es serio mientras mira al doctor.
Marquez asiente, dándole una rápida mirada antes de regresar su enfoque a mí. Mientras ellos conversan en el fondo, tomo el papel que Elias dejó y empiezo a leerlo. La letra es desconocida, elegante y decidida, me sorprendo al leer.
"Recuerda, señora Montclair, debe de respetar el apellido. Ante otros, eres mi esposa."
Un estremecimiento me recorre, y mis labios se entreabren de sorpresa. ¿Qué está insinuando el señor? Su osadía me deja sin palabras. ¿Cómo se atreve a definir nuestra relación de esa manera, cuando el matrimonio en sí es una farsa? Es arrogante y modesto a la vez. ¡Me habla como si poseyera una autoridad sobre mí! ¡Descarado!
Sintiendo cómo la frustración hierve en mi interior, arrugo el papel y se lo paso a Elias de manera brusca. Los ojos de ambos hombres se posan en mí, en esa fracción de segunda en que las cosas se vuelven tensas de nuevo.
Con una seña rápida y decidida hacia Elias, le digo en un tono bajo pero firme
—Dile que, si quiere decirme algo, que baje personalmente.
Puedo notar la sorpresa en el rostro de Elias, pero también un ligero entendimiento. Parece dudar, pero finalmente asiente. Mientras tanto, el doctor Marquez sigue trabajando, ajeno al descaro del señor en creer que entre nosotros pasa algo.
Elias regresa a la sala pocos momentos después. El doctor Marquez, se acomoda para tomar la medida de mi vientre, observando con atención para asegurarse de que todo esté en orden. Mientras eso ocurre, Elias me entrega otro papel.
Mis ojos se centran en las palabras:
"Recuerda tu posición en esta casa, Evangelina."
La irritación brota en mí como un resorte, y sin pensarlo dos veces, le pido una pluma a Elias. Su expresión es neutral, pero siento la tensión en el aire.
Tomando la pluma, respondo detrás con molestia.
“Lo hago, no se preocupe, mi señor Montclair. Seré más discreta que usted”.
Dándole un último vistazo al papel arrugado, se lo devuelvo con un movimiento brusco. Elias parece sorprendido, pero no se atreve a replicar. Su mirada es de resignación mientras lo observa en su mano.
—No vuelvas a traerme más comunicados —le digo en un tono firme—. Me iré a descansar.
Sin más que decir, Elias se marcha, y la puerta se cierra tras él. Marquez se vuelve hacia mí, sus ojos cálidos. Comienza a darme una serie de indicaciones sobre cómo cuidar de mí misma y del bebé.
—El bebé está sano y por la forma de tu vientre, parece que será un varón, aunque eso se confirmará en el nacimiento —me informa sonriendo.
Asiento con entusiasmo, sintiendo un cosquilleo de alegría. Él me proporciona una fecha estimada de parto, y mi corazón se llena de esperanza al imaginar el futuro.
Al despedirse, me siento más ligera. Salgo de la sala con tranquilidad. Al llegar a mi habitación, me siento en el borde de la cama y bebo un poco de agua fresca. Luego, tomo las vitaminas que me recomendó el doctor.
Finalmente, me recuesto en la cama, permitiendo que mi cuerpo se relaje. Cierro los ojos y me dejo llevar por el suave vaivén de los pensamientos sobre mi bebé, mientras el sueño dulce comienza a envolverme.
Escucho un ruido sutil en la habitación y me siento en la cama de un salto, sintiendo un escalofrío recorrerme. En la esquina oscura, veo la figura de un hombre. No puedo distinguir su rostro, pero sus largas piernas se recortan contra la tenue luz que entra por la ventana. Mi corazón empieza a latir con fuerza, un ritmo acelerado que resuena en mis oídos. ¿Qué hace aquí? El pensamiento se desliza por mi mente, inquietante y confuso.
Un olor a humo se cuela en la habitación, aprieto los labios mientras intento calmar la ansiedad que se acumula en mi pecho. El señor está ahí, en silencio. La confusión me invade, y el aire se siente denso.
Es él, está frente a mí. La incomodidad se mezcla con un hilo de frustración, sabiendo que su presencia no es buen augurio. Nunca hemos tenido este tipo de encuentros.
Mi mente trabaja rápido, tratando de encontrar una respuesta adecuada. ¿Debería preguntarle qué quiere? Pero el temor a su respuesta me paraliza. Aún así, decido que no puedo quedarme en la cama con el corazón acelerado y la mente en caos.
—¿Qué deseas? —logro preguntar, tratando de hacer mi voz firme y controlada.
Las sombras parecen quedar en silencio por un instante, como si estuvieran deliberando. La incomodidad de la situación me hace desear una respuesta.
El silencio se alarga y el señor se mueve ligeramente. Su figura parece adoptar una postura más relajada, pero eso no me tranquiliza.
Mis pensamientos comienzan a divagar, imaginando lo peor. Quizás está allí para recordarme lo que me ha hecho. Cobro valor, enfocándome en mi respiración e intentando controlar el nerviosismo mientras lo observo. No puedo dejar que el miedo se adueñe de mí. Una parte de mí se pregunta si hay alguna forma de escapar de esta situación. Pero otra parte, más fuerte, sabe que debo enfrentar lo que sea que me espera en la penumbra de esa habitación.
—La cena está lista —anuncia él con voz serena desde la esquina—. Deberías bajar a comer algo.
Hace una pausa antes de continuar, su tono ligeramente desafiante.
—O, si prefieres, puedo llamar al doctor Marquez para que cene contigo.
Su insinuación me sorprende. ¿Qué pretende con eso? No tenemos ninguna relación que justifique su comentario, y el nudo en mi estómago se aprieta aún más.
¿Está reclamando algo?
Sin responder, cruzo los brazos y miro por la ventana. La luz de la noche apenas ilumina la habitación, pero no puedo evitar sentir que su presencia oscurece lo que hay a mi alrededor. ¿Acaso se cree con derecho a reclamarme de esta forma?
—Tu deber es permanecer en la habitación y ser mi esposa, como acordamos —declara él, su voz firme y directa.
Su afirmación me golpea con fuerza. Sé que me ha salvado, que ha arriesgado mucho por mí y por mi bebé, pero no puedo ignorar lo que él significa. Un nada. No es justo que haga esto.
—No estoy aquí solo para cumplir sus expectativas. No bajaré a cenar con usted ni con nadie.
Mis palabras salen cargadas de frustración, luchando contra el miedo que se alza en mí. El silencio se hace denso entre nosotros, una tensión palpable que llena el espacio. Siento su mirada sobre mí.
—Lo que tú quieras aquí no importa —replica él, con una voz que resuena con autoridad.
No soy una niña a la que se le pueda dictar lo que debe hacer.
—No soy un objeto que tú puedas manejar como desees. —respondo con firmeza.
—No se trata solo de ti, Evangelina —dice él, su mirada penetrante afilada como un cuchillo—. Se trata de lo que hemos pactado. Yo cuido de ti y del bebé, y tú eres mi esposa.
Su afirmación aumenta mi frustración. ¿Es eso lo que soy? ¿Solo una esposa que debe cumplir su rol sin cuestionar?
—Tiene que saber, señor que no me someteré a usted.
—No es el juego que quieres jugar, Evangelina —gruñe como una animal enjaulado—. He sido bondadoso contigo. No colmes mi paciencia.
Muevo la cabeza en su dirección, sintiendo la tensión en el aire. No puedo ver su rostro, pero puedo imaginar la dureza de su expresión. Su figura sigue oculta entre las sombras, como un demonio personal que succiona mis desgracias.
¿Qué es lo que realmente quiere de mí?
—Algo debo hacer, o me aburriré en esta jaula sin volar todo el día.
Soy más que un simple objeto para cumplir necesidades ajenas. La idea de estar atrapada en esta existencia, sin la libertad de tomar mis propias decisiones, es insostenible, no quería esto, es aún peor que la vida que tenía con Alejandro, ahí era libre de andar.
—Puedes atarme aquí, pero ten en consideración que tendrás que ampliar tu capacidad de tolerarme, porque no pienso quedarme a aguantar tus tonterías.
Él se ríe de forma fría ante mis declaraciones, como si mis sentimientos fueran un simple juego. Luego se levanta, noto su figura alta y ancha entre las sombras de la habitación.
—Es mi casa, puedo hacer lo que quiera...—escupe con frialdad.
Y en ese instante, al acercarse a la luz que entra por la ventana, veo su rostro parcialmente cubierto por una máscara negra que oculta una parte de su cara. La falta de vello en su mandíbula firme realza sus rasgos, dándole un aire de misterio y poder.
Es un hombre grande y alto, con una presencia dominante que llena cualquier espacio que ocupa. Viste ropa elegante; una camisa blanca apretada que delinean su torso musculoso, dejando entrever la fuerza que oculta debajo. Sus músculos están bien definidos, como si la tela luchara por contener su sólido físico.
Las mangas de su camisa se ajustan a sus brazos, llevan anillos gruesos, en sus dedos.
Y ahí estoy, enfrentando a un hombre cuyas intenciones son tan oscuras como su ropa. La combinación de su elegancia y su fuerza lo hace aún más aterrador. A pesar de su apariencia sofisticada, un escalofrío de horror me sacude.
—No se olvide, señor, que soy su esposa, y esta casa ahora también me pertenece. —Mis palabras salen de mi boca sin previo aviso.
Él me mira con una mezcla de sorpresa y burla, como si el ardor de mi desafío lo divirtiera. Su risa fría resuena en el aire, pero no puedo permitirme retroceder.
No soy una cobarde, no lo soy.
—¿Realmente crees que esto te da poder sobre mí? —pregunta sarcástico, su tono marcado por la burla.
Su rostro, medio cubierto por la máscara, solo aumenta el misterio y la tensión entre nosotros.
—El hecho de que me hayas salvado no te da derecho a tratarme como si fuera una servidumbre más —replico, sintiendo cómo la rabia y la determinación se funden en mí.— Esta casa es tan mía como tuya y si quieres que yo sea tu esposa como corresponde, entonces deberás respetar mis deseos.
La tensión en la habitación aumenta, no responde, solo camina hasta la puerta, no puedo evitar observar sus movimientos pesados, que suena contra el suelo.
—Baja a comer ahora —dice antes de irse cerrando la puerta tras él.
Dejo escapar el aire contenido de mis pulmones, cayendo hacía atrás. Dios, llevo mi mano al pecho, el corazón se me saldrá, todo esto, cada vez se vuelve más confuso.