Capítulo 12.

2030 Palabras
Bajo con él adelante, la tensión palpable entre nosotros mientras caminamos hacia el comedor. La casa, con su iluminación tenue, parece aún más silenciosa, al entrar al comedor, encuentro la mesa bien acomodada, con platos humeantes que evocan aromas deliciosos. Elías, con su aire cordial, se mueve ágilmente, sirviendo la comida. Su familiaridad contrasta con la fría del señor. Al sentarnos, me doy cuenta de que estoy en el extremo opuesto de la mesa, con el señor al otro lado, creando enorme vacío entre nosotros que no hace más que aumentar mi incomodidad. Mi mirada se dirige hacia él de reojo, y cada vez que lo hago, la sensación de intimidación aumenta. Elías atrapa mi atención. —Espero que disfruten de la cena —comenta, sonriendo mientras sirve un poco de guiso en mi plato. —Gracias, Elías —respondo rápidamente, intentando parecer tranquila, aunque la ansiedad se acumula en mi pecho. El señor, que guarda silencio, me observa con una expresión que apenas puedo descifrar. La mirada fija en mí genera un nudo en mi estómago. ¿Qué está pensando? La mesa parece un campo de batalla y aunque intento concentrarme en la comida, un bocado me sabe amargo. —La cena es excelente, Elías —digo, buscando desviar la conversación hacia un terreno más seguro. —Me alegra que te guste —responde Elías, apreciando mi intento de mantener la conversación—. He estado practicando algunas recetas nuevas. En medio de la charla, siento el peso de la mirada del señor. Aunque me esfuerzo por mantener la compostura, su presencia se siente como una sombra que me rodea. No quiero parecer indiscreta al mirarlo demasiado, pero también siento una extraña necesidad de hacerlo. Su mascara, su porte, tanto misterio, me atrae de alguna confusa manera. El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, interrumpido solo por el sonido de la comida sobre los platos. A cada momento que pasa, mi incomodidad aumenta; la tensión en el aire se hace casi tangible. —¿Te gustaría algo más, señor? —pregunta Elías, dirigiéndose a él. —No, gracias —responde él, con un tono que no ofrece opciones. La cena avanza, el señor no dice mucho; su mirada regresa a mí de vez en cuando, lo que me deja inquieta. Cada vez que nuestras miradas se cruzan, siento un escalofrío recorrerme. Quiero hacerle frente, pero también una parte de mí teme el alcance de su reacción. Finalmente, decido atreverme a interrumpir el silencio que nos rodea. —¿Tienes planes para mañana, Elías? —pregunto, buscando otra distracción. —Tal vez revisar algunas cosas en la casa —murmura él, animado—. Siempre hay algo que hacer por aquí. —Quizás podríamos ir a dar un paseo a algún lugar cercano —sugiero, tratando de mantenerme optimista, aunque siento que el señor me escucha con atención. La sonrisa de Elías se ensancha mientras asiente, claramente entusiasmado con la idea. —Eso suena bastante bien. Salir de estos muros un poco me vendrían muy bien. Intento sonreír y actuar con normalidad, pero la tensión entre él y yo sigue siendo palpable. Mientras la cena avanza, la atmósfera se vuelve más densa. De repente, la voz del señor resuena en el comedor, interrumpiendo mis pensamientos. —Evangelina, quiero que sepas que tienes prohibido salir más allá de los jardines de la casa —declara con formalidad, como si estuviera comunicando una regla inquebrantable. La sorpresa me golpea. —¿Quieres decir que tengo que quedarme aquí encerrada como en una prisionera? —pregunto, la incredulidad en mi voz evidente—. ¿Es esa tu intención, mantenerme en cautiverio? El silencio que sigue es tan abrumador que siento que el aire se espesa. El señor me estudia a través de su máscara, y por un momento, el tiempo parece detenerse. —No hay nada allá que necesites —responde él, su tono firme y frío. Sus palabras encienden una chispa de rabia en mí. ¿Qué sabe él de mí, de mi vida? Me inclino hacia adelante, sintiendo cómo cada palabra me pesa. —Tú no me conoces —le espeto, sin contenerme—. No sabes nada de mi vida ni de lo que he dejado atrás. La tensión entre nosotros se electrifica. Su mirada se intensifica, como si estuviera procesando mis palabras, midiendo la amenaza que represento. En cualquier otro contexto, esta sería una conversación diferente, pero aquí, en esta casa, me siento como una intrusa en mi propia vida. —Mis decisiones no se basan en tu historia —dice con desdén—. Aquí, en esta casa, las reglas son mías, y son para tu protección y bienestar. Ya lo hablamos, no volveré a repetirlo. —¿Protección? ¿O control? —replico, sintiendo cómo la frustración sube por mi pecho—. ¿Protegerme de qué? ¿De la vida que hay fuera de estos muros? La habitación parece temblar con la intensidad de nuestro intercambio. Elías se mantiene en su lugar, observando la disputa. —No puedes esperar que entienda tus necesidades si no comprendes la delicadeza de la situación —su tono es inquebrantable. —¡No hable de delicadeza! —exclamo, incapaz de contenerme—. Todo esto es un acto de tiranía disfrazado de cuidado. Mis palabras caen como un peso entre nosotros. La risa fría del señor se escapa de sus labios, y yo me pregunto cómo hemos llegado a este punto. La rabia recorre mi interior, pero también un tipo de miedo que apenas puedo nombrar. Miedo a él y lo que me trae consigo este absurdo matrimonio. —Quizás crees que puedes desafiarme, pero recuerda que las decisiones están en mis manos, Evangelina —dice, su voz grave y autoritaria. Aunque me encuentre atrapada aquí, no permitiré que se apropie de mi voluntad. La respuesta del señor resuena en mi mente. —Afuera lo único que lograste fue dolor. ¿Quieres regresar a eso? Las palabras se clavan en mí como mil dagas. La vida que dejé atrás, llena de cicatrices, me persigue y él es un recordatorio imborrable de mi pasado miserable y desgraciado, el odio empieza a emerger en mí. Me quedo en silencio, mi mente ardiendo con recuerdos y emociones reprimidas. La angustia y el resentimiento se entrelazan, y en mi pecho se forma un nudo. No puedo soportarlo más. Con un movimiento brusco, empujo la silla hacia atrás y me levanto. —Si para esto querías salvarme, me hubieras dejado morir en la tormenta —le lanzo, las palabras salen cargadas de rabia y dolor. Un instante de silencio pesado cuelga en el aire tras mis palabras. Siento que su mirada me atraviesa, pero ya no me importa. Sin mirar atrás, me doy la vuelta y me dirijo hacia mi habitación. El corazón me late con fuerza. Al llegar a la puerta de mi habitación, la abro de un golpe y la cierro tras de mí con un azote que resuena por toda la casa. Mi respiración es entrecortada, las lágrimas amenazan con salirse, pero no puedo permitirme. Estoy confundida, dolida y llena de furia. Todo lo que había intentado evitar parece atraparme de nuevo. De pie, en medio de la habitación, me aferro a la idea de que este no es el final de mi historia. Una parte de mí sabe que él tiene razón sobre una cosa: he luchado y perdido mucho antes de cruzar las puertas de esta casa. De repente, desplomo en la cama, cubriendo mi rostro con las manos. La rabia, el dolor y la impotencia se funden en un solo sentimiento abrumador. Ya estoy aquí. No puedo cambiar el pasado, pero tampoco puedo dejar que me controle. Tal vez no tenga el control total de mi vida en este momento, pero no permitiré que él y su autoridad puedan conmigo. La furia y la confusión todavía zumban en mi mente cuando escucho un golpe suave en la puerta. Antes de que pueda reaccionar, Elías la abre y aparece en el umbral, sosteniendo una bandeja repleta de comida y frutas frescas. Su expresión es de preocupación, y su mirada trata de transmitirme confort. —Traje algo de comer —dice suavemente, acercándose a mí. Observo la bandeja, mi estómago se revuelca ante la idea de comer. —No tengo hambre, Elías —respondo, tratando de ocultar mi frustración. —Lo sé, pero es importante que te alimentes —insiste, dejando la bandeja sobre la mesa. Luego se sienta al borde de la cama con una expresión seria—. No creas que el señor es malo, Evangelina. Su forma de protegerte puede parecer dura, pero no sabe cómo hacerlo de otra manera. Frunzo el ceño. No sé si quiero escuchar eso. Esas palabras parecen una forma de justificar lo injustificable. —¿Y eso lo convierte en un buen hombre? —pregunto, el escepticismo impregnando mi tono. Elías suspira, su mirada es suave. —Ha estado solo durante muchos años. No ha tenido a nadie a quien cuidar, ni a nadie que realmente le importe —explica él, y aunque su voz es suave, su mensaje es claro—. No sabe cómo manejarse con gente, no conoce otra forma de demostrar su afecto. Solo quiere que estés bien. Mis pensamientos giran en torno a sus palabras, pero aún me resisto a la idea de justificar el comportamiento del señor. Todo en mí, grita huye, control, un loco suelto. —¿Y eso debería hacerme sentir mejor? —pregunto, el temblor en mi voz traicionando mis emociones—. Está claro que su forma de "cuidarme" significa encerrarme. —Entiendo cómo te sientes, pero... —comienza Elías, buscando las palabras adecuadas—. Es complicado. No es sencillo para él abrirse, y eso lo hace parecer distante y autoritario. Pero no lo hace por maldad. Un silencio tenso se instala entre nosotros. —Yo soy una persona, no un objeto —digo con firmeza, aunque sus palabras resuenan en mi corazón. La idea de que el señor se comporte así pueda por la soledad me resulta triste, pero no excusa su comportamiento. —Come algo, por favor. —Voy a intentar... —susurro, no del todo convencida. Elías sonríe, tranquilo. —Solo recuerda que a veces las personas cambian, pero también necesitan tiempo —dice, y con una última mirada a la bandeja de frutas, se levanta y camina hacía la puerta—. Que tenga buenas noche ¿Si? Y si necesitas lo que quieras, avísame. Caminando hacia la bandeja, aún molesta, veo el cuerpo de Elías desaparecer. Mis ojos se fijan en un pequeño sobre que sobresale entre los platos. Con curiosidad, lo recojo y me siento nuevamente en la cama, sintiendo el corazón latir con más fuerza. Al abrir el sobre, me sorprendo, una pequeña flor se desliza hacia afuera, aplastada pero aún hermosa. La carta es sencilla, con una letra elegante que me resulta familiar. "Hoy te veías hermosa, señora Montclair. Me disculpo por mi poco tacto y por ser mal anfitrión. Obedece y prometo que tendrás más libertad." Mis ojos recorren las palabras una y otra vez, cada frase golpeando mi corazón con intensidad. La sinceridad detrás de sus palabras me desconcierta. Nunca había esperado que él, se disculpase de esta manera o que se tomara el tiempo de hacerlo. Me quedo callada, procesando la mezcla de emociones que surgen en mí. Una parte de mí se resiste a aceptar su intento de acercamiento, sabiendo que él espera de mí algo que me niego a darle. Pero hay una chispa de sorpresa en su gesto: una disculpa y la delicadeza de una flor. Pensé que no se fijaba en mí, ni en mi presencia, cierro los ojos por un momento, permitiendo que la rabia se desvanezca. Con la flor aún en la mano, me levanto de la cama y me acerco al espejo. Allí, mi propio reflejo me observa, estoy ruborizada. Coloco la flor a un lado y decido comer algo de la bandeja ¿Qué es lo que realmente quiere de mí, señor Montclair? ¿Qué oculta verdaderamente debajo de esa siniestra máscara?
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