La Maldición del Regreso

4164 Palabras
Sentía su cuerpo apuñalando el aire, con sus ojos cerrados para no dar la cara y sus extremidades extendidas ya que sentía como si volaba, embarcando un viaje hacía la libertad, lejos de este mundo y camino al otro donde podría sentirse mejor. Para ella, el suelo ahora no era concreto o pavimento, en esos momentos, no era otra cosa que un portal que la transportaría fuera de esta dimensión que tantas malas cosas le había hecho vivir, que la hizo atravesar tanto sufrimiento, y cuando esperaba el sol después de la tormenta, esta solo continuaba indiferente a su dolor, y al resguardarse de la lluvia, aún ingresaba a su casa, inundando todo solo para ahogarla. Y cansada de soportar la vida sobre sus hombros por tanto tiempo, de ser la guerrera más fuerte que enfrentaba las más terribles pruebas impuestas por, según ella, el más cruel de los seres, decidió adelantar su fin y buscar en persona a aquel de la muerte, para que la guíe hacía aquel lugar pacífico donde los muertos descansan sin tener que cargar más con su horrible vida. Naturalmente, nadie estaba enterado de este acontecimiento. No lo vio necesario, ya que o no la escuchaban, no le tomaban en serio o hasta se lo celebraban, argumentando que ya era hora de que asumiera la única decisión de valor que había hecho en su vida, sin saber lo que decían; o al menos, así pensó ella que sería en el mejor de los casos, ya que para ella, lo peor era que, como es costumbre en casos de suicidas, el egoísmo de la vida impide adelantar la muerte, ya que quiere retenerte con ella pues siempre hay otra solución. Así pues, ahorrándose todo ese asunto, decidió hacerlo sin comentarlo con nadie, para que la dejaran ir con la muerte en paz. Cuando puso un pie sobre la esquina de aquel alto edificio, el más alto de la ciudad, no lo meditó ni un minuto antes de tirarse, ya que no había nada que pudiera mantenerla con vida, o al menos, no lo suficiente que valiera la pena. Usualmente, muchas personas suelen tener a algo o alguien que les hace querer seguir viviendo, y así se evitan miles de tragedias cada día. Pero no es el caso aquí, pues aunque ella tenía amigos que la querían mucho y se lamentarán bastante al ver que acabó con su vida, a ella no les importaba tanto como para vivir por ellos; se le hacía muy banal para el precio tan caro que tenía que pagar por estar viva. Así, con tan solo 16 años de edad, viendo el mundo como una eterna cueva de lobos, donde el cielo se pinta en el techo y las paredes se camuflan del exterior, dando una falsa sensación de libertad donde nada puede pasarle, pero realmente, en aquellas cuevas, las bestias se disfrazan de buenas personas y en el peor momento sacan sus garras, rompen su disfraz y relevan el lado oscuro que les rige en nombre de un capricho. Descubrió que la única manera de salir de esa cueva, de detener su sufrimiento, de apagar al mundo era… apagarse ella misma. Pintar de n***o su mirada y que sea la oscuridad quien determine su último destino. Que solo puedan encontrarla estando incapaz de hacer algo que pueda molestarles como siempre, pues en vida eso, al parecer, nunca dejaría de pasar. En ningún momento abrió los ojos. Quería ir con la muerte, pero no quería verla a los ojos. No quería tener que decirle porqué se iba, solo deseaba eso, irse. Y así lo hizo, pues aunque no viera, aún caía de cara, con lo que el impacto fue letal. Quienes pasaron por la escena, percibieron el crujir de su cráneo y el golpe del cuerpo. Al asomarse, solo tuvieron la dantesca escena de una muchacha desfigurada y parte del pavimento quebrado. El escándalo que se armó tras esto llegó a las noticias y el caso estuvo dando vueltas en todos los medios de comunicación por más de unos días. Sus familiares armaron el drama y llanto del año, culpando a todo menos a ellos mismos, una de las principales causas, y sin comprender qué había provocado tal tragedia. En el colegio, todas las personas que fueron malas con ellas, ahora se sentían terrible y culpables; y con razón. Toda la ciudad quedó marcada con el s******o de Amanda, e incluso algunos sectores vistieron los colores de la muerte unos días. Esto ya que en esa ciudad era raro que algo así pasara, incluso no el último caso de s******o había sido hace más de algunas décadas. Y ahora, para evitar más casos, el alcalde inició programas anti-s******o y ordenó charlas sobre el bullying en los colegios y maltrato del hogar. Y ahí estaban los únicos amigos de Amanda, con personas invadiendo sus clases para hablarles sobre la importancia de ser bueno con tus amigos y no acosar a la gente. Ellos habían sido los más afectados tras su muerte, por lo que aquella charla particularmente les hacía sentir mal. Todos vestidos de n***o, al salir de clases, se pusieron a debatir acongojados el porqué Amanda no les había contado de lo que haría, por tercera vez en la semana. ―Se los digo, ella nos tendría que haber dicho ―remarcaba Anthony, mejor amigo de Amanda. ―¿Y por qué no lo hizo? ―preguntaba de nuevo Sara, amiga de años de Amanda. ―Si lo supiéramos, no estaríamos hablando de esto ―resaltaba Juan, novio de Sara. ―¡Oigan! ¿Están hablando del s******o de Amanda otra vez? ―les interrumpe Frank, uno de los bravucones que molestaba a Amanda, el más molesto de todos. ―No te incumbe, Frank, seguro que tú hiciste que se matara ―espeta Juan. ―¿Qué dijiste, estúpido? ―responde furioso, tomándolo de la camisa. ―No vayas a empezar, acabamos de tener una charla sobre no hacer bullying ―comenta Sara, temerosa de que Frank siguiera igual―, además, me duele que seas así luego de lo que hiciste. En ese momento, Frank soltó a Juan, mostrando señal de debilidad ya que le había llegado el comentario. Él mismo se sentía culpable de todo, y aunque no lo admitiría, sus ojos le delataban, pues estaban por quebrar. ―Solo… quería saber si… estaban hablando de ella y… yo… yo… ―tartamudeaba el pobre, afectado. ―Tranquilo, te entendemos ―comenzaba a consolar Sara, compasiva―. Sí, estábamos hablando de ella. Queremos entender por qué lo hizo. ―Todo es mi culpa. Fui un idiota, no me puedo controlar. Mi padre siempre está golpeándome y siempre me deja de mal humor. ―Igual ya es muy tarde. Se nos fue ―replicó Anthony. ―Ojalá estuviera aquí para decirle cuanto lo siento. ―¿Y si hubiera una forma de traerla de vuelta? ―soltó Juan, sin pensarlo. ―Pues seguramente hay rituales satánicos y brujería y esas cosas, no lo sé, pero no creo que- ―decía Sara. ―¿Y si buscamos? Tal vez si haya una manera y no estamos enterados ―sugirió Frank. ―Chicos, no creo que deberíamos… ―Hagámoslo ―sentenció Frank―. De todos modos no quiero ver a ese imbécil del profesor de matemáticas. Me repetirá de nuevo que todo es mi culpa y me pondrá tarea de más. Y así fue como los cuatro fueron a buscar alguna manera de traer de vuelta a Amanda de vuelta. Mientras que muchos guardaban su loto, ellos no podían superar su pérdida, bueno, no querían. Y allí iban, dispuestos a hacer lo que sea para regresarla, pues ellos pensaban que si podían hacer que volviera, el mundo sería diferente tras el trauma por su muerte. Los días fueron pasando. Los chicos faltaban a clases para dedicar su tiempo a encontrar información sobre como traer difuntos a la vida. Siempre que encontraban algo, acababan en un callejón sin salida. Llegaron a probar algunas cosas con decepcionantes resultados. Ya para cuando se estaban desesperando, de repente a Sara le llega un mensaje sospechoso. No tenía ningún nombre de usuario o foto de perfil, de hecho, en información aparecía que ese no era un usuario registrado o que no existía ya. Aún así, ahí estaba el mensaje que decía: “sé lo que buscas, pero donde lo buscas no encontrarás nada. Solo lo podrás encontrar conmigo. No respondas. Iré a buscarte”. Y justo después de eso, el mensaje se quitó, y al ella intentar abrirlo, descubrió que ya no había nada. Cuando le contó lo sucedido a sus compañeros, incluyendo a Frank que ahora se había unido al grupo, todos acordaron no dejarla sola en ningún momento. Para la caída de la tarde, cuando el sol aullaba por el horizonte sobre las colinas, los chicos se dirigían a la casa de Juan, ya que habían acordado reunirse para una “investigación de la escuela”. La calle estaba sola. Los chicos enfrascados en su conversación casual, no notaron que la soledad andaba con ellos. Al adentrarse por una avenida, cuando la noche se alzaba por el cielo, el frío empezó a soplar y las luces de los postes parpadeaban. Pero lo que les hizo frenarse, fue el suelo que se sacudía bajo sus pies y escalofríos involuntarios que les recorrieron. Confundidos y asustados, se fijaron en una niebla que nacía en los callejones y del suelo y se levantaba ante ellos hacía lo alto del cielo. Cuando no podían ver nada más que un par de edificios a sus lados y un par de postes, fue que la niebla se oscureció como gota de gasolina infectando la claridad del agua en cuestión de segundos. Pronto toda la neblina era más negra que la propia noche. Aterrados, quisieron correr pero una fuerza misteriosa les impidió todo avance. Cuando volvieron sus ojos a la masa negra que se había formado, vieron con horror como dos grandes ojos y seis más pequeños brotaron en lo alto de la figura negra, que brillaban con la intensidad de luces de neón, pudieron iluminar una mandíbula dentada, facciones definidas por un pelaje oscuro y un par de cuernos que dibujaban una forma curvada en la niebla. Para ese punto, la única fuente de luz eran aquellos ojos y un solo poste de luz que solo los alcanzaba a ellos y reflejaba el rostro del miedo mismo distribuido entre los cuatro. “Te dije que te buscaría” pronunció la gutural voz, retumbando en sus cabezas y recorriendo sus cuerpos cual escalofríos. ―¿Q-q-quién e-e-eres? ―apenas pudo preguntar Sara. ―¿En serio necesito presentación? ―dijo sarcástica―. Bien, te responderé ―chasqueó los dedos. Ante los chicos apareció su profesor de matemáticas ―¿lo conocen? Nadie respondió. ―Bien ―de la masa negra emergió lo que parecía un brazo grueso que se posó sobre el pecho del aterrado hombre, que no paraba de preguntar que qué era lo que sucedía, y tras eso, nadie pudo evitar gritar. El profesor fue jalado hacía abajo con gran fuerza, su cuerpo entero era jalado al suelo. Tanta fue la presión, que su piel empezó a despegarse siendo succionada por el pavimento cual potente aspiradora. Al quedar sus músculos, estos se desprendieron y flotaron en el charco de sangre que ya se había formado, y el esqueleto parecía a punto de deshacerse en polvo ―¿ahora saben quién soy? Los chicos pálidos de terror y con el terror reflejado en sus miradas, asintieron sin poder mover nada más. ―Perfecto ―retiró la mano y todo regresó a su lugar, chasqueó los dedos y el hombre fue devuelto a su hogar, ahora traumado, pensando que ya nunca sería malo con los estudiantes o con nadie más ―. Ahora, me di cuenta que ustedes querían hacer algo que no deberían. Quiero saber qué es. Nadie se atrevía a decir nada. ―Si no me dicen, tendré que hacer lo que vieron antes con cada uno de ustedes ―repuso en tono amenazante, provocando que se sacudieran cual aturdidos por campanas. ―B-b-bueno, nosotros queríamos… empezaba a decir Sara. ―¿Sí…? ―mostraba interés la figura. ―En revivir a nuestra amiga, Amanda. ―¿Revivir dices? ¿De verdad quieren eso? ―Pues sí… estamos dolidos por su partida, queremos traerla de vuelta. Estoy... ―sus amigos carraspearon― estamos dispuestos a dar lo que sea a cambio. ―No les pediré nada a cambio. Solo necesito saber si realmente están seguros ―decía en tono serio, pero había algo en su voz que hacía dudar a los chicos, sobre todo a Sara. ―Sí, estamos seguros ―dijeron todos menos Sara al unísono. ―Excelente. Esto es lo que haremos. Irán a dormirse fingiendo que es un día normal, como cuando Amanda estaba con ustedes. Yo la traeré de vuelta. Ustedes la encontrarán mañana. ¿Está bien? ―Sí, está bien, ¿está seguro que no quiere nada a cambio? ¿Como nuestras almas o un sacrificio o algo? ―todavía pregunta Juan, incrédulo por lo fácil que resultaba todo. ―Por supuesto que no. Ustedes solo quieren a su amiga de vuelta, ¿no? Estoy siendo compasivo. No hagan que cambie de opinión. Digamos que les estoy dando su milagro personalmente, ¿les parece? ―Por mí está bien ―exclamó Frank, satisfecho. ―Chicos, siento que… ―¿Cuál es el problema, niña? ¿No quieres ver a tu amiga de vuelta? Seguro extrañas mucho a tu amiguita. Estará tan feliz de verte, ¿no es así? ―S-supongo que tienes razón… ―Claro que la tengo. Ahora, una cosa, luego que se las devuelva, no la podrán regresar, no hasta que envejezca je je. ―Suena genial. ―Bien. Ahora. Fuera ―y sin más, la niebla se regresó rápidamente a los callejones y al suelo, y todo volvió a como estaba, solo que ahora había gente que veían a los chicos confundidos. Estos solo se apresuraron a irse, sin poder creer lo que había sucedido. Haciendo caso al ente, fueron a dormir esperando mañana poder ver a su amiga, al menos, no todos. Sara seguía teniendo dudas, ella sabía que no tendrían que haber hecho eso, y ahora presentía que algo pasaría. Se durmió preocupada. Al día siguiente, en la escuela, los chicos se reunieron. Sara llegó sin mencionar motivo respecto. Aunque poco le importaba a Frank, quien no podía esperar por ver a Amanda para decirle sus disculpas. Y no tuvo que esperar demasiado, pues Amanda finalmente apareció. Con su ropa de siempre, arreglada como ella lo habría hecho, andando por el pasillo de la escuela sin saludar a nadie. Todos en los pasillos, incluyendo los profesores la rodearon sin bloquearle el paso, sin poder creer lo que estaba ante ellos. Casi pensaron que era un fantasma, pero su piel estaba normal, y alguien intentó tocarla, pero ella no reaccionó, y su tacto era el de siempre. Alguien más se paró ante ella y consultó el latir de su corazón, comprobando que estaba como debía estar, aunque la chica pronto siguió de largo, camino a su aula. Ya en clases, Amanda se sentó en su lugar, alzó finalmente su rostro para ver el pizarrón, y solo así pudieron ver su cara. Estaba como siempre había estado, con sus ojeras, maquillaje sencillo y su palidez normal. Lo único, era que su mirada, por más que conservara su forma original, ya no albergaba el brillo que todos tenemos en los ojos, de hecho, se sentía vacía, como si algo no estuviera bien. Desde luego, la única en notarlo fue Sara, el rostro o estaba incrédulo de que Amanda hubiera vuelto, o estaban fascinados. Los chicos aún no podían creer lo bien que había resultado todo sin coste alguno. Frank era el primero que quería hablarle y decirle de todo, pero el profesor de matemáticas, le pidió amablemente que prestara atención, procurando ser muy respetuoso ahora y muy cuidadoso con sus palabras. La clase se dio, aunque ni el profesor estaba concentrado lo suficiente para darla bien ni los estudiantes le prestaban atención, todos veían a Amanda. Pero ella, sin reflejar ninguna emoción, observaba más allá del pizarrón, con una falsa expresión de interés. Todos se asustaron ante el sonido de la campana, que irrumpió en todos provocando los sobresaltos de sus vidas. Salvo Amanda, quien no había reaccionado más que levantarse, tomar sus cosas y salir al patio. Luego de ella y con algunos segundos de más, el resto de estudiantes también salieron del aula, aunque el profesor se sentó en su silla, sin decirle nada a nadie y reflexionando de la vida o de la muerte o ambas, ya que nada de lo que conocía parecía tener sentido ahora para él. ―No puedo creer que haya funcionado de verdad ―comentaba Juan, contento de los resultados. ―Yo no estoy segura de esto, chicos ―protestaba Sara, preocupada―, siento que no debimos haber hecho esto. ―Yo todo lo que sé es que está aquí y ahora puedo disculparme ―sentencia Frank, determinado dirigiéndose donde se había Amanda, con el resto de chicos siguiéndole. El grupo fue al patio, Sara no podía disimular su agobio, aunque los demás tenían la mente para otra cosa. Al llegar, observaron un corro de gente que rodeaban unas de las bancas del recreo, donde estaba Amanda. Nadie podía entender cómo era posible que la s*****a hubiera vuelto de las fauces de la muerte; mientras que la chica no hacía más que perder su mirada en el más allá. Los amigos de Amanda se hicieron pasar, con Frank delante, ansioso. Se puso frente a la chica, nervioso y sudoroso por, además de ser el primero que hablaría directamente con ella en toda la mañana, por la culpa que sentía de lo que había hecho. Sin más inició su perorata de disculpa, abordando un largo discurso, incluso más que el de la charla anti-bullying de antes, que explicaba y justificaba sus acciones. Pero, cómo era de esperarse, Amanda no hacía absoluto caso a lo que decía el chico arrepentido, de hecho, su expresión reflejaba la más grande indiferencia que se podría dibujar en una persona; hasta parecía no pertenecer a esta realidad. Esto, desde luego, no detuvo a Frank, al contrario, estiró su discurso junto a su nerviosismo. Y en ese momento, Sara empieza a sentirse mareada de pronto, algo por dentro se le había revuelto. Sin avisar a nadie, se retira camino al baño para mirarse y calmarse un poco. Una vez allí, procede a lavarse la cara y a darse palabras de consuelo: ―Venga, Sara, que no pasa nada. Es ella, aunque la vea distinta, es ella ―se le notaba insegura en su forma de hablar―. Supongo que es el trauma de volver de la muerte. Seguro se le pasará. Lo que importa es que ha vue- ―y allí es cuando se interrumpe, ya que unos gritos quiebran el aire, inyectando la confusión y miedo juntos. Los gritos se proyectan más alto conforme Sara se acerca la puerta temerosa. Al abrirla, tiene que apartarse porque un par de estudiantes casi la arrollan de lo rápido que iban, y estos le relevaban tres más. Sara alcanza a uno de ellos para preguntar: ―¿Qué? ¿Qué pasa? ―E-e-es A-A-m-manda ―y sin poder tartamudear otra cosa, tras voltear al patio fugazmente, solo sigue corriendo aterrado. ―Cómo que Aman- ―y al voltear, la ve, su amiga o eso creía, degollando con las manos al rojo vivo a Frank, cual si fuera gallina para cocinar, golpeando también a quien quisiera interponerse. El terror que viaja por su cuerpo en forma de escalofrío no se compara con lo mucho que le habría gustado estar equivocada. Ella lo sabía, sabía que algo andaba mal, y ahí lo tenía, su “amiga” abría el cuerpo agonizante de su compañero mientras sus amigos torpemente intentan detenerla. Desde luego era inútil frenarla, pues había algo en ella que no era suyo; la ira encarnada. Al terminar con Frank, con sus propias manos como una bestia sin garras o colmillos pero sí con su fuerza, se iba contra cualquier persona que quisiera inmovilizarla. No se le notaba con ningún atributo de otro mundo, solo era ella, desatada cual bestia atacando brutalmente a cualquiera. A Anthony lo tomó de la pierna y la retorció de tal modo que casi se sale la piel, a Juan casi le saca los ojos con los dedos a lo bruto, a un profesor casi le mete el brazo por la boca, a un estudiante le mordió de tal madera que el hueso quedó al descubierto con la marca, a una compañera le arrancó las uñas y raspó su piel hasta dejar expuesto los músculos...; y así hacía con cada quien que se hacía el valiente, mientras que el resto huía despavorido Allí no sabía si sumarse a ayudar o sí correr por su vida. Pero en eso, la niebla que antes había aparecido en la calle se forma ante ella. Era el diablo nuevamente, tal cual, quién no quería perderse el espectáculo. ―¿Y bien? Ahí la tienes, he traído a tu amiga de vuelta, ¿no era eso lo que querían? ―¿Qué? Pero sí está como animal acabando con todo. ―¿Y tú crees que eso es culpa mía? ―pregunta sereno. ―Pues de quién más si no tú ―no cabía más pánico en su hablar. ―Déjame decirte que esto no es obra mía, esto es lo que pasa cuando no respetan las decisiones de otras personas. ―Per- pero no entiendo-. ―Esta chica, ahí donde la ves, había decidido ir al infierno porque lo ha querido. Su vida en este mundo asqueroso la ha hecho querer irse, y sabiendo que no sería bienvenida con los ángeles, pues tiró hacía abajo. La muerte me la trajo desconcertada, había pasado mucho desde que pasaban cosas así, vamos, que ni siquiera quiso ver lo que había su vida, se lanzó de cara al abismo con los ojos cerrados. ―Yo sabía que sufría pero nunca pensé que tanto… ―aparte de terror, ahora sentía más culpa. ―Jamás lo iba a saber y ella no te lo iba a decir. ―… ―no sabía ni que decir. ―Ahora, espero no hayas olvidado lo que dije. Una vez aquí, solo se iría cuando se hiciera vieja. No la recibiré más en el infierno hasta que así sea. ―Pero- pero no puedes dejarla aquí, es un monstruo. ―Ustedes la volvieron ese monstruo. Ella lo que tiene es ira, ira de que se atrevieran a devolverla. ¿Sabes lo que he hecho para traerla? Solo le dije que sus amigos estaban dispuestos a dar sus vidas con tal de devolverla a ella, y que absolutamente todos quienes le hicieron daño querían disculparse; y así, ella sola salió, solo la escolté. Ahora es su problema. ―Esper- ―y se desvaneció, al tiempo que Sara veía como Amanda había acabado con todos sus compañeros, y que ahora la miraba a ella, en medio de una pila de c*******s todos heridos de formas diferente. Intentó calmarla, pero no había palabra que le ayudara, pues Amanda, con su mirada vacía, comenzó a acercarse a ella con obvias intenciones, pero Sara no corrió, sabía que no escaparía y prefirió dejar que su amiga acabara con ella. En su mente pensaba que en el infierno, cuando el tiempo vuele, se encontraría con ella y ya podría disculparse de todo. Hasta entonces, iba a cumplir con eso de dar su vida por su amiga, para así al menos dar a entender que sí había alguien que la quería hasta ese punto... El diablo, que no se había ido del todo, miraba como Amanda dedicaba especial empeño en asesinar a su amiga. No estaba complacido, solo veía curioso la escena, pensando en cómo sin siquiera otorgarle algún atributo de demonio o algo en particular, la chica pudiera ser tan sanguinaria y macabra, parecía una bestia terrible en verdad. Allí recordó el pecado de la ira y lo terrible que era, y pensó en que debería agraviar el castigo hacía los irascibles en su campo del inframundo; reservando primeras filas de antemano. Y de su amiga, lamentaba no poder dejarla en el infierno por su buen corazón, pero al menos le daría el lujo de disculparse en su momento. Por lo pronto, solo se quedó un poco más, observando uno de los casos más particulares que había visto al respecto, lo que él veía como la maldición del regreso…  La maldición del Regreso...
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