Capítulo 8

906 Palabras
El proceso de mudanza a Bath ; era una reconstrucción estructural de mi identidad. Durante días, el estudio del Soho se convirtió en un campo de batalla de cajas de cartón y cintas adhesivas. Sin embargo, a diferencia de la noche en que empaqué las cosas de Oliver, esta vez cada objeto que envolvía en papel de seda era una elección consciente. Estaba seleccionando qué partes de mi vida anterior merecían un lugar en mi futuro y cuáles eran simplemente un lastre emocional. Zoe apareció esa mañana con un café humeante y una energía que parecía capaz de mover montañas. Se quedó parada en el centro de la sala, observando mis avances con una sonrisa que no llegó a disimular una pizca de nostalgia. —Es extraño —dijo, dejando el café sobre una de las pocas superficies que aún no estaban cubiertas de plástico de burbujas—. Este apartamento solía sentirse lleno, casi rebosante. Ahora, parece que tiene espacio para respirar. —Es porque ahora lo estoy habitando yo, y no las expectativas de alguien más —respondí, mientras envolvía cuidadosamente una lámpara de mesa que siempre había odiado. La dejé a un lado, en el montón de las donaciones. —¿Estás segura de Bath? —preguntó Zoe, bajando la voz—. Es un cambio radical, Mila. Es dejar tu zona de confort, aunque esa zona de confort estuviera llena de espinas. Me quedé en silencio, sosteniendo un libro entre las manos. Bath no era solo un destino geográfico. Londres se sentía como una extensión de la casa de los Harrison, llena de lugares donde habíamos estado, cafés donde habíamos fingido una felicidad que no nos pertenecía y calles que ahora tenían el nombre de nuestra historia. Bath era, en cambio, una página en blanco, una ciudad de piedra caliza y aguas termales donde nadie conocía mi apellido, ni mi historial de prometida descalificada, ni los estándares de perfección que me habían asfixiado. —No es solo el cambio de ciudad, Zoe. Allí, voy a ser la editora que eligió su propia trayectoria. No voy a ser la "prometida de". No voy a ser la chica que intenta encajar. Voy a ser simplemente... yo. El teléfono, que había vuelto a encender en un acto de responsabilidad profesional —al fin y al cabo, debía gestionar mi traslado—, vibró sobre una pila de cajas. Mi corazón dio un vuelco momentáneo, un reflejo condicionado de espera ansiosa. Pero al ver la pantalla, era un correo de la oficina central de la editorial. “Estimada Mila: el director de proyectos arquitectónicos de la restauración de St. Jude ha solicitado formalmente tu colaboración como editora de campo para la documentación histórica. Dado que vas a estar en Bath, coincide perfectamente con el inicio de las obras de consolidación allí. Por favor, confirma si aceptas la asignación .” Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la corriente de aire que entraba por la ventana entreabierta. Dante. El arquitecto de manos ásperas y mirada inquisitiva. La idea de que el trabajo me obligara a mantener un contacto profesional con él era... ¿qué era? ¿Una coincidencia del destino o un peligroso terreno donde mi recién adquirida independencia podría ponerse a prueba? Recordé su voz barítono hablando de "permanencia" y cómo sus ojos habían escaneado mi rostro con una curiosidad que me hacía sentir rara. Había pasado los últimos días intentando convencerme de que mi prioridad era el silencio y la introspección, y de repente, la vida me estaba ofreciendo una puerta abierta hacia algo nuevo. —¿Qué pasa? —preguntó Zoe, acercándose—. Tienes cara de haber visto un fantasma, o algo mucho mejor. —Es el proyecto de restauración —dije, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba—. Dante, el arquitecto con el que hablé en el archivo... han solicitado mi colaboración técnica. Quieren que me traslade a Bath, pero también que participe activamente en el seguimiento de la obra. Zoe soltó una carcajada brillante, una que llenó el espacio vacío del apartamento con una alegría contagiosa. —¡Mila! ¡Esto no es una coincidencia! Es el universo dándote un empujón. ¿Vas a aceptarlo? Miré el correo en la pantalla del teléfono. Aceptarlo significaba salir de mi zona de confort de forma definitiva. Significaba trabajar codo a codo con un hombre que me despertaba sensaciones que aún no sabía nombrar. Significaba no tener excusas para esconderme en mi soledad. Pero, ¿no era precisamente eso lo que buscaba? ¿No era acaso mi propia libertad la que me exigía enfrentar el mundo con todas sus posibilidades, incluidas aquellas que me hacían sentir un poco menos segura, pero mucho más viva? —Lo voy a aceptar —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Pero no porque lo necesite. Lo voy a aceptar porque es el trabajo que quiero hacer. Y porque, si el universo quiere ponerme en el camino de alguien, no voy a ser yo quien bloquee esa puerta. Zoe me guiñó un ojo y volvió a su labor de empaquetar, pero yo me quedé un momento más frente a la ventana, observando el tráfico de Londres. Estaba dejando atrás una vida de espejos donde solo veía mis errores y me preparaba para caminar hacia un edificio donde, por primera vez, el diseño estaba hecho para durar.
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