El día de la partida amaneció con una luz pálida, esa clase de claridad que parece lavar los colores de la ciudad. Mientras cargaba las últimas cajas en el maletero del coche alquilado, no sentí el peso de la nostalgia que esperaba.
Londres, con sus avenidas anchas y sus rincones llenos de memorias, se veía diferente bajo la perspectiva de alguien que ya no tiene cuentas que rendir.
Cerré el maletero con un golpe seco.
El sonido resonó en la calle desierta, un eco solitario que me pareció la firma de una etapa terminada.
Zoe estaba a mi lado, apoyada en el marco de la puerta del copiloto, observándome con una sonrisa que no necesitaba palabras.
—¿Estás lista? —me preguntó.
—Más que lista —respondí, y me sorprendió comprobar que no era una respuesta diplomática, sino una verdad absoluta—.
Estoy deseando que el motor arranque.
Nos pusimos en marcha justo cuando la ciudad empezaba a despertar.
Atravesar los barrios que una vez fueron mi mapa de ruta personal —el restaurante donde Oliver solía pedir el vino que a su padre le gustaba, el parque donde caminábamos cuando él tenía que hacer llamadas de negocios— fue como ver pasar fotogramas de una película en la que yo era una actriz secundaria interpretando a alguien que no me gustaba.
Pasamos frente a la calle donde vivían los Harrison.
No giré la cabeza, ni sentí la necesidad de verificar si sus luces estaban encendidas.
Ese mundo ya no orbitaba en mi misma dirección.
En la autopista, el paisaje cambió.
Los bloques de hormigón dieron paso a colinas suaves y extensiones de un verde tan intenso que parecía pintado a mano.
Puse la radio, dejando que una melodía de piano llenará el habitáculo, un sonido limpio, sin las estridencias de mis antiguos días.
Me detuve a mitad de camino en un área de servicio de piedra antigua, un lugar perdido en mitad de ninguna parte.
Bajé a estirar las piernas.
El aire allí era distinto: fresco, con un aroma a tierra húmeda y hierba recién cortada.
Me acerqué a la balaustrada que separaba el estacionamiento de un pequeño valle.
Mientras observaba el horizonte, mi mente inevitablemente se deslizó hacia lo que venía en Bath.
El correo sobre el proyecto de St. Jude no era solo una nota de trabajo; era una confirmación. Tenía que volver a encontrarme con Dante, pero esta vez en un entorno de creación, no en el polvo de un archivo histórico.
Me pregunté qué encontraría allí.
No buscaba una salvación, ni alguien que me definiera, pero sí sentía una curiosidad genuina por ver cómo interactuaba ese hombre con el mundo, alguien cuya prioridad parecía ser construir algo que permaneciera en pie por mérito propio, sin necesidad de artificios.
Subí de nuevo al coche y conecté mi teléfono al sistema de audio.
La pantalla se iluminó con el GPS marcando la ruta directa a mi nueva vivienda en Bath.
El trayecto era largo, pero cada kilómetro me alejaba un poco más de las inercias del pasado. Durante meses, me había movido por inercia, dejando que otros marcaran el ritmo de mis pasos, de mis decisiones, incluso de mi forma de hablar.
Ahora, al agarrar el volante, sentí el control total.
Mis manos, firmes y relajadas, guiaban el coche por la carretera sin dudar.
Bath apareció ante nosotras como un dibujo de cuento: tejados de piedra dorada, calles onduladas y esa atmósfera sosegada que se respira en los lugares con historia propia.
Conduje hasta el pequeño apartamento que había alquilado.
Era un espacio sencillo, con ventanales altos que daban a un jardín compartido, lleno de luz natural.
Cuando abrí la puerta principal y entré, dejando mis pertenencias en el suelo, lo primero que noté no fue el vacío de los muebles, sino la amplitud del aire.
Era un lugar para pensar, para diseñar mi nueva rutina y, sobre todo, para trabajar en un proyecto que me entusiasmaba.
Me acerqué a la ventana y abrí los cierres.
El aire de Bath entró de golpe, renovando el ambiente.
Por primera vez, no estaba pensando en quién vendría a visitarme, ni en sí la decoración impresionaría a alguien.
Estaba pensando en que mañana por la mañana, cuando saliera a buscar mi primer café en esta nueva ciudad, nadie sabría mi nombre, y eso, al fin, me daba la posibilidad de elegir quién quería ser cada día.
Me senté en el suelo, frente al ventanal, y dejé que el sol de la tarde bañara la estancia.
La mudanza era solo el principio.
Había mucho por hacer, muchas decisiones técnicas por tomar en el proyecto de St. Jude y, sobre todo, mucho tiempo por delante para descubrir qué clase de vida podía construir alguien que no tiene miedo a los cambios.