La luz de la mañana en Bath tiene un matiz distinto a la de Londres; es más cálida, más penetrante, capaz de revelar hasta la más mínima textura en la piedra caliza de los edificios.
Me desperté temprano, con una sensación de lucidez que no recordaba haber tenido en años. Me preparé un café en la pequeña cocina de mi apartamento, observando cómo la ciudad despertaba al otro lado de los ventanales altos.
Era el primer día. El primer día de una rutina construida sobre mis propias preferencias.
Me vestí con ropa práctica: pantalones oscuros, botas resistentes y una camisa de lino que permitía el movimiento.
No busqué ninguna aprobación en el espejo. Simplemente me aseguré de estar lista para el trabajo de campo.
El camino hacia la biblioteca de St. Jude fue una caminata breve a través de calles serpenteantes y puentes antiguos.
La estructura, imponente y desafiante, se alzaba ante mí como un gigante de piedra esperando ser rescatado.
La restauración era un proceso complejo, y al llegar a la entrada principal, donde los andamios rodeaban la fachada como una red intrincada de acero y madera, me sentí pequeña, pero de una manera inspiradora.
No era una pequeñez que me hiciera sentir invisible, sino una que me recordaba la magnitud de lo que estábamos por emprender.
En el centro del patio principal, rodeado de planos desplegados sobre una mesa de caballete, estaba Dante.
Se veía distinto.
Llevaba un casco de obra y un chaleco de herramientas sobre una camiseta oscura que realzaba la solidez de sus hombros.
Estaba discutiendo algo con un capataz, señalando una g****a en un arco gótico.
Me detuve a unos metros, tomándome un segundo para observar.
Cuando levantó la vista y me vio, su expresión se suavizó.
Una sonrisa breve apareció en su rostro, una curva natural, sin pretensiones, que iluminó sus ojos color café.
—Mila —dijo, dejando los planos de lado para caminar hacia mí.
Su paso era seguro, firme sobre el suelo irregular del patio—.
Pensé que quizás te habrías arrepentido de cambiar la seguridad de tu despacho por el polvo de esta obra.
—A decir verdad, el polvo me parece un cambio refrescante —respondí, sintiendo cómo mi voz se estabilizaba—.
Además, creo que los planos que organizamos en el archivo me dieron una idea bastante clara de lo que nos espera.
Él se detuvo frente a mí, a una distancia que respetaba mi espacio pero que invitaba a la conversación.
—Me alegra que hayas venido.
Soy Dante Valenti, por cierto —añadió, extendiendo su mano con un gesto sencillo—.
Me temo que en el archivo fui tan poco formal que olvidé presentarme con mis apellidos.
—Dante Valenti —repetí—. Mila Torres.
Al estrechar su mano, la calidez fue inmediata.
—Bien, Mila Torres —dijo él, girándose hacia la mesa de planos—.
Valenti no es un apellido que necesites memorizar para trabajar aquí, pero supongo que es bueno saber quién tiene la responsabilidad si el techo decide que no le gusta nuestra presencia. Ven, déjame mostrarte el punto de inicio de la consolidación estructural.
Me guió hacia la mesa, donde los planos de la biblioteca se extendían como una geografía antigua.
Dante comenzó a explicarme las áreas críticas, su voz bajando de tono, volviéndose más apasionada conforme describía cómo los cimientos originales habían resistido el paso de los siglos a pesar de la humedad y el asentamiento del suelo.
Mientras escuchaba, noté algo en la forma en que explicaba los detalles: no miraba los planos con frialdad técnica. Los miraba con respeto. Valoraba la intención de los constructores originales. Y, por primera vez, me sentí parte de algo que no dependía de quién era yo, de cómo me veía, o de los círculos sociales que frecuentaba. Estaba allí por mi capacidad, por mí ojo para el detalle, y por la decisión consciente de querer ser parte de la reconstrucción de algo duradero.
El sol comenzó a filtrarse por entre los andamios, proyectando sombras alargadas sobre los planos.
Dante se detuvo, apoyando las manos en la mesa, y me miró directamente, sin desviar la vista, —Hay mucho trabajo por hacer, Mila.
¿Estás lista para ensuciarte un poco?
—Creo que ese es el plan —dije, sintiendo que la energía de aquel lugar, el peso de la piedra y la claridad de su mirada, estaban construyendo, literalmente, una base nueva sobre la que empezar mi vida en Bath.