Capítulo 11

1309 Palabras
La mañana en la biblioteca de St. Jude avanzaba, marcada por el ritmo metálico de las herramientas contra la piedra y el eco distante de las conversaciones de los obreros. A medida que el sol se elevaba, la temperatura en el patio principal empezaba a subir, y el aire, antes cargado de la frescura del rocío, se llenaba ahora de ese aroma particular a arenisca, cemento y metal oxidado. Me encontraba frente a un pliego de planos del ala norte, intentando comparar las anotaciones históricas con el estado actual de la estructura que Dante Valenti me había señalado. Era un trabajo metódico, casi hipnótico, que requería una atención absoluta. Dante se movía por la obra con una naturalidad que me resultaba fascinante. No era el tipo de profesional que se limitaba a observar desde lejos con los brazos cruzados; estaba constantemente en movimiento, probando la estabilidad de una viga, charlando con los albañiles o subiendo a los andamios para inspeccionar de primera mano una g****a. Cada vez que pasaba cerca de mi mesa, me lanzaba una mirada que me hacía sentir plena. —La piedra de esta época tiene una porosidad engañosa —comentó Dante, acercándose de nuevo tras haber estado media hora revisando la cúpula—. A simple vista parece eterna, pero si el agua encuentra una fisura, el daño es silencioso. Es como una historia mal editada, Mila: si no atrapas el error en el primer capítulo, el resto de la estructura se resiente. Me sorprendió esa comparación. Levanté la vista del plano y le sonreí, agradecida por el giro narrativo que le había dado a la conversación técnica. —Entonces, supongo que mi trabajo aquí no es solo documentar el pasado, sino asegurarme de que los cimientos sigan siendo lo suficientemente sólidos para sostener la narrativa de los próximos trescientos años —respondí, sintiendo cómo mis palabras se alineaban perfectamente con mi propia búsqueda personal. Dante soltó una carcajada sincera, una que hizo que el capataz que estaba a pocos metros se girara brevemente antes de seguir con lo suyo. —Exactamente. Y créeme, preferiría tener a una editora con ojo crítico vigilando mis vigas que a cualquier inspector de seguros con prisa por terminar su jornada. La dinámica entre nosotros empezaba a consolidarse. No había en sus gestos ni una pizca de esa superioridad técnica que a veces los hombres de obra proyectan hacia quienes venimos del mundo de las letras o los archivos. Al contrario, parecía disfrutar de que yo cuestionara ciertas decisiones o de que le recordara detalles del diseño original que él, en el frenesí de la restauración, podía pasar por alto. Pasamos cerca de dos horas revisando los sistemas de drenaje que los constructores medievales habían proyectado, maravillados por la intuición arquitectónica de quienes no tenían más herramientas que el compás y la piedra. Al mediodía, el cansancio empezó a hacerse notar, pero era un cansancio gratificante, el tipo de fatiga que deja la mente tranquila y los sentidos despiertos. Dante me hizo una seña para que hiciéramos una pausa. Nos sentamos sobre una viga de madera que descansaba cerca de una de las ventanas abiertas, desde donde podíamos ver el verde intenso de los jardines de la biblioteca. Él sacó un termo de café y un par de sándwiches envueltos en papel, ofreciéndome uno con naturalidad, como si fuera la cosa más normal del mundo compartir un almuerzo improvisado en medio de una obra en ruinas. —¿Por qué Bath, Mila? —me preguntó de repente, rompiendo el silencio tras haber dado un sorbo a su café. Sus ojos color café se clavaron en los míos, buscando una respuesta que fuera más allá de lo profesional—. Tuviste la oportunidad de seguir trabajando en Londres, en una editorial con más nombre y una estructura mucho más cómoda. ¿Qué te trajo a este desastre de polvo y andamios? Me tomé un momento para elegir las palabras. Durante años, mi vida había sido un guión que yo recitaba para complacer a los demás. En Londres, cada vez que alguien me preguntaba por mis planes, yo daba respuestas que encajaban en lo que se esperaba de mí. Pero ahora, frente a Dante Valenti, sentí que la mentira no tenía cabida en aquel aire puro. —Necesitaba desaprender cómo se vive cuando alguien más diseña tu realidad —dije, sintiendo cómo mi propia sinceridad me daba fuerzas—. Londres se había convertido en un conjunto de expectativas ajenas que me pesaban demasiado. Llegué a un punto en el que ya no sabía qué quería yo, porque siempre estaba ocupada intentando encajar en los esquemas de otros. Bath me pareció un buen lugar para empezar a dibujar mi propio plano. Un lugar donde nadie esperaría que fuera otra cosa que una editora haciendo su trabajo. Dante escuchó cada palabra con una atención que me resultó casi sobrecogedora. No interrumpió, no juzgó, ni hizo ninguna pregunta condescendiente. Simplemente asintió, como si comprendiera perfectamente lo que era sentir que el peso de un diseño mal planteado amenazaba con derrumbar tu propia estructura. —A veces, la única forma de restaurar una estructura que ha sufrido demasiadas modificaciones desafortunadas es llegar a los cimientos y ver qué es lo que realmente mantiene todo en pie —respondió, dejando el vaso de café a un lado—. Estoy convencido de que, si no limpiamos el exceso de ornamentación que no sirve para nada, nunca sabremos si la piedra debajo es capaz de aguantar el paso del tiempo. Me alegra que hayas decidido que tú también mereces esa clase de restauración. Sus palabras me dejaron sin aliento. Se quedó mirándome, y en ese instante, el murmullo de la ciudad y el ruido de la obra parecieron quedar en un segundo plano. Dante no era solo un arquitecto de piedra; era un hombre que entendía que las personas también necesitábamos una inspección técnica de vez en cuando para entender qué piezas estaban dañadas y cuáles debían ser reforzadas. El resto de la tarde fue una continuación de ese flujo de trabajo constante y fluido. Me encontré consultando con él cuestiones técnicas del proyecto con una confianza que jamás habría tenido en mis antiguos empleos. Descubrí que Valenti tenía un sentido del humor afilado y una paciencia infinita cuando se trataba de discutir la viabilidad de ciertos detalles arquitectónicos. No buscaba que yo le diera la razón, sino que participara activamente en la solución. Antes de terminar la jornada, nos reunimos frente a la fachada principal para evaluar el progreso. El andamio se veía más robusto bajo la luz dorada y, a pesar de que el día había sido largo, no me sentía agotada. Me sentía conectada. Con el entorno, con el trabajo y, sobre todo, con la persona que estaba empezando a habitar esta nueva versión de mi vida. —Mañana vamos a intervenir el arco de la entrada —me dijo, guardando su libreta en el bolsillo—. Necesitaré que revises los informes de carga de nuevo. ¿Crees que podrás estar aquí a las ocho? —A las ocho estaré aquí —aseguré, sintiendo una chispa de emoción por el reto del día siguiente. —Bien. Me gusta tu ética de trabajo, Mila. Creo que esta biblioteca no podría estar en mejores manos. Cuando me alejé de la obra, caminando por las calles de piedra hacia mi apartamento, me di cuenta de que no había pensado en Oliver ni una sola vez en toda la jornada. No había comparado mi cuerpo con ninguna norma estética, no me había preguntado si mi ropa era la adecuada, y sobre todo, no había sentido la necesidad de pedir disculpas por existir. La vida en Bath estaba comenzando, y por primera vez en mi historia personal, el diseño parecía, finalmente, haber sido hecho a mi medida.
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