Dejó de hablar. Estaba muy pálido. —¿Y cómo es ese hombre de Stacks Gate? —preguntó Connie. —Una especie de hombre grande muy infantil y muy mal hablado. Ella le pega y beben los dos. —¡Mala cosa si volviera! —¡Puedes decirlo! Yo me iría, desaparecería de nuevo. —Así que cuando encontraste una mujer que te deseaba —dijo Connie—, descubriste que era demasiado. —¡Sí! ¡Eso parece! Pero aun así la prefería a ella a aquellas otras de no me toques: el amor blanco de mi juventud, aquel lirio envenenado y las demás. —¿Qué demás? —dijo Connie. —¿Las demás? No hay más. Sólo que en mi experiencia la gran masa de las mujeres es así: la mayor parte de ellas quiere tener un hombre, pero no quieren el sexo, lo que pasa es que lo aceptan como parte del precio. Las más anticuadas se tumban por las

