No hay imposibles para mí

1683 Palabras
El vaso de café con leche era un símbolo de mal presagio a partir de este momento y de por vida. ¿En qué momento se me ocurrió beber café con leche en un vaso tan bajito? Y más cuando estaba moviéndome por toda la casa como loca porque, de nuevo me había levantado tarde. Abrí las cortinas del cuarto para tener mejor luz y ver el desastre de mancha que tenía sobre la camisa que había elegido para hoy. Era asqueroso. - Demonios...! - estaba horrible. Y era más notable que el desorden que tenía en la cabeza. Mental y físicamente. Después de haberme lavado los cabellos lo que más se notaba era el desastre que tenía en la cabeza. Aunque, mi cabello era lacio. Pero anoche de lo cansada que estaba había olvidado cepillarlo... - Azul no me veas así! - regañé, viendo como el ladeaba su cabeza y lo complementaba haciendo ruiditos extraños frente a mí. No sé veía feliz con lo que estaba pasando. Estaba estresado con todas las caras que hacía frente a él. Se paró y me dejó sola en el cuarto. - ¡Bien, vete! ¡Quien necesita un perro con dependencia hacia los juguetes! - grité en su dirección y recibí un ladrido como respuesta. Sí que me entendía perfectamente. Bufé quitándome la camisa por encima de la cabeza porque esta no tenía remedio. Tomé otra del armario, un color crema de botones y me la puse de inmediato. Me la abotone y metí dentro de la falda para que se viera más formal. Después de ver qué la ropa estaba puesta en su lugar sobre mi cuerpo, y ojear paga rectificar que no estaba echa un desorden, pasé a lo siguiente. Me hice una cebolla bien armada, tomé la cartera y salí del cuarto. Me despedí de azul, dejándolo en la recepción y le aseguré que en unos minutos llegarían por el para ir a su guardería. Tomé el taxi que había pedido y emprendió camino hacia la oficina. Era jueves. Me había podido desprender de Mónica, ayer con excusas baratas. Pero hoy, no me podía alejar de Eduardo. Tenía que verle su horrible cara de nuevo. Y lo que más me daba coraje es que no era horrible en realidad. Me agradaba su rostro. Era cálido, tosco, gruñón, piel fría, y esas cejas pobladas que ponían a todas a sus pies. Hipnotizante. Llegamos a la empresa y me baje del auto casi corriendo. No quería regaños y solo faltaba un poco para la hora de llegada. Me enderece antes de cruzar las puertas y peine mi cabello, quitando cualquier pelusa invisible que tuviera. - Hola buen día! - Patricia me saludo, una compañera en la universidad que hace mucho ya trabajaba aquí. Éramos buenas amigas y ella también pertenecía al club de salidas nocturnas los viernes. - Hola, buen día, ¿Cómo te encuentras hoy? -le devolví la cortesía siguiendo por mi camino subiendo el ascensor. Nada era diferente. Nadie cotilleaba o buscaba algún rincón para armar un chisme. Eso quería decir que nadie más se había enterado de lo que había sucedido ayer con Eduardo y Gen. Y tampoco le iba a dar más vueltas. Aunque seguramente Eduardo vendrá a mi pidiendo disculpas como cualquier político, haciéndose la oveja buena en toda esta historia. Subí hasta el piso dónde trabajábamos, mi corazón estaba acelerado a todo lo que podía. Pero tenía que contenerme y cerrar la boca. Callarme y oír lo que tenía para decir. Al menos esperaba una disculpa cordial, después de que anoche me había mandado esa caja con no sé qué, seguramente hoy iba a pedir disculpas formalmente. Esperaba que lo hiciera. Las puertas del elevador se abrieron mostrando mi escritorio perfectamente ordenado, y la puerta junto a él estaba cerrada. Como si Eduardo ya hubiese llegado. Que seguramente era así, acostumbra llegar mucho antes que todos. - Buen día señorita Ada. - su voz me hizo dar un saltito en el lugar donde me encontraba cerca del escritorio. Giré la mejilla viéndolo sentando en una de las sillas de espera frente a mí escritorio y casi escupo el corazón al verlo. Estaba sentado recto y con las piernas cruzadas, sosteniendo su teléfono en las manos. Los ojos azules como dos diamantes preciosos se posaron en mí. Y recorrieron como cada mañana todo mi cuerpo. Estremeciendo los nervios, poniendo como gelatinas ambas piernas de mi propiedad. Calmé los pensamientos incoherentes que empezaron a aparecer y los sacudí ofreciéndole mi mentón en alto. Viendo como él se levantaba rápidamente asintiendo en mi dirección. - Buenos días señor Polls. - contesté con monotonía. Esperando alguna reacción de vergüenza de su parte, pero nada llegó sorprendiéndome por dentro. - ¿Por qué se fue ayer? Me quedé esperando el contrato que le pedí. Señorita Ada, antes de retirarse al menos consulte conmigo si no necesito más su ayuda en la empresa. - soltó. Estaba haciendo como si nada hubiese pasado y para descaro me preguntaba por qué me había ido. Este hombre era desesperante. No sabía cómo había durado tanto siendo su asistente en esta empresa, recibiendo más regaños que otras cosas. - Ayer tuve que salir de emergencia por, ciertos... Inconvenientes. - dije subiendo una de mis cejas. Gesto que el atisbo y metió las manos en los bolsillos del traje que portaba. Se veía atractivo en toda la palabra. - Si, pero espero que, al repetirse esos inconvenientes, señorita Ada; usted venga hasta mí y me los haga saber. ¿Entendido? – preguntó mirándome fijamente. Si, si había hecho como si nada hubiese pasado. Él era un hombre sin escrúpulos ni vergüenza. - Lo entiendo - respondí endureciendo mis gestos. No iba a darle una cara de buenos amigos cuando en realidad lo estaba odiando con todo mi ser. Me sentía ridícula y entrometida. - Ahora, acompáñeme hasta la oficina, debo entregarle algo. - Dejaré mi bolso y encenderé el ordenador y voy con usted. Permítame unos segundos por favor. - pedí viendo como el empezaba a caminar hasta su oficina abriendo la puerta. Tanta formalidad me empalagaba, pero debía hacerlo. Era mi jefe. El mismo que vi.... haciendo eso. Eduardo fue hasta la puerta poniendo en el pomo esa mano varonil llena de venas, nublando algunos de mis pensamientos. Siempre acababa llevándome a otros lugares que no deseaba visitar. - Apresúrese. No tenemos tanto tiempo como para vagar. Hay que trabajar. Entró a la oficina cerrando la puerta detrás de sí mismo. Mi pobre pecho acelerado por su culpa se calmó un poco, bajando las contracciones que tenía sin detenerse. ¿Ahora que quería hablar conmigo? No lo tenía muy claro. Pero hoy debía adelantar todo el trabajo posible ya que, mañana empezará la elección de la nueva secretaria del inversionista, y yo no tenía tiempo para darme el lujo de tardarme en todo. Dejé el bolso encima del escritorio y encendí el computador. Acomodando, y en unos segundos caminando hacia la puerta de la oficina. Respiré hondo y me mentalicé que debía estar tranquila. Olvidando lo que ocurrió ayer. - Aquí estoy, que es lo que necesita de mí, señor Eduardo. - pregunté con las manos juntas en la espalda. El por su parte se dedicaba a observar la vista de la mañana a través de su gran ventanal. Los pantalones le apretaban en sus caderas y no tardó nada cuando se quitó el abrigo de los brazos, poniéndolo sobre una de las sillas. Me observó para después girar la vista y volver a posarla sobre el ventanal, era hermosa la imagen que ambos estábamos apreciando. - ¿Puedes acercarte un poco más? - preguntó confundiéndome, pero de todas formas me acerqué quedando justo frente su escritorio. Él lo rodeo después de mirarme y se paró frente a mí. Olía exquisito. Y su masculinidad no cabía dentro de la habitación. Eduardo estaba comportándose distinto. - Es perfecto - susurró dejando que su cuerpo se acercara al mío y flaquee. Se movió lentamente tomando mi rostro entre sus manos y poniendo un beso lento en mis labios. Esos que se movieron torpes y confundidos sobre los suyos, caí en cuenta mucho tiempo después, cuando ya estábamos disfrutando de una pasión desenfrenada. Jadee cuando soltó mi boca, deslizando sus manos de mi cuerpo, regresando a la facultad de decisión y me hirvió la sangre. - ¿Qué te pasa? ¿estás loco? - grité enojada hacia él, reaccionando de inmediato. ¿Qué era lo que había sucedido? El me miró en su lugar, relamiéndose los labios con una mueca que rosaba lo pícaro y descarado. - No pasó nada que no quisieras. - dijo y se alejó de mí, dándome la espalda cuando comenzó a rodear el escritorio para sentarse. Su cara ya había cambiado a una sin escrúpulos. Había endurecido los gestos con la única intención de no darme explicaciones. Pero se las iba a reclamar de todas formas. - ¿Quién consintió esto? Ni siquiera pude razonar cuando ya estabas sobre mí, besándome. - respondí molesta mientras Eduardo se sentaba e ignoraba mis palabras. - ¿Que sucede contigo? ¿Ayer estabas teniendo sexo con Gen y hoy me besas? No soy, ni seré una más en tu lista, Eduardo. Odio los hombres como tú. - ¿Como yo? - frunció el ceño. Se acomodó el traje y juntó las manos. Mirándome con atención. Estaba conteniendo las ganas de acercarme y darle una cachetada. Pero no me iba a rebajar a tanto. - Creen que por tener dinero y ser dueños de algo, pueden venir a hacer lo que les plazca con sus trabajadoras. Yo no seré una de ellas. - ¿Eso es lo que crees? - Estoy segura de que es así como lo digo, no puedes ir por la vida besando a toda la que se te dé la gana. - No te atrevas a decirme que es lo que puedo, y lo que no, hacer. Tu más que nadie, belleza, sabe quién soy y de lo que soy capaz. No hay imposibles para mí...
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