Beso prohibido

1914 Palabras
— Eduardo es mío, Ada. Y te estoy dejando claro quién es ahora la novia, así que no quiero verte a su lado. Lo distraes de los verdaderos intereses. — Soy su asistente, debo estar cerca de él. ¿De qué diablos estás hablando? ¿Alejarme? ¿Qué, Eduardo es tuyo? Nadie está diciendo lo contrario, ni siquiera me interesa a quien pertenezca ese hombre. — Claro que si te interesa. Se te nota lo mucho que te gusta, y yo a las arrastradas como tú las huelo de lejos. — ¿Qué? — pregunté desconcertada. Ella estaba llevando todo al máximo. Si supiera lo que ocurrió en esa oficina, no estaría tan preocupada por estar con él. — Ada, sé que te gusta Eduardo. Así que espero te apartes y no estés molestando. — Repito, soy su asistente y debo estar con él por cuestiones de trabajo. — estaba manteniendo la paciencia para no gritarle las verdades en la cara. Estaba siendo un dolor en el trasero y no iba a permitir ningún insulto más de su parte. — Si, eso lo sé. Y ni se te ocurra decir algo sobre esto porque vas a enfrentar las consecuencias. Asentí y ella alzó una ceja para luego chasquear la lengua en Victoria. Para después empezar a acomodarse el cabello, e ignorarme viéndose en el espejo. — No sé cómo lo vas a hacer, pero no te quiero cerca de Eduardo. — aseguró viendo sus ojos en el espejo. — Has lo que puedas, no interfieras en mi camino y yo no interferiré en el tuyo linda, eso es todo. Me amenazó con cinismo y salió del baño campante. Daba tropiezos como si su alma pesara más que los tacones que llevaba puestos. Me agarré las sienes. Tenía que mantener la paciencia y no rebajarme a su nivel. Gen era una mala copa y lo estaba demostrando, pero lo que acababa de pasar, necesitaba contexto y rápido. ¿Qué podía hacer con ella? Salí del baño después de respirar profundo y me dirigí a la mesa, dónde todos estaban comiendo y riendo como si nada. Eduardo veía hacia la nada, bebiendo algo que tenía en su copa, un poco de vino. Su traje estaba arremangado, con la camisa sin dos botones dejando ver su pecho perfectamente limpio. Ignore el hecho de tener que ir hacia la mesa y me desvíe pasando hacia los barandales dónde podíamos ver la hermosa vista que nos ofrecía este lugar. Todo estaba iluminado. Las voces de los comensales y la música me hicieron sentir pesada, estaba cansada de tanto papeleo en el trabajo. Quería descansar. Descansar un momento de todo. — ¿Te gusta? — una voz farfullo sobre mi hombro. Sentí los labios de Eduardo casi rozarse en mi piel. El estremecimiento se apoderó de mi cuerpo, y temblé un segundo para luego recuperar la compostura. — ¿La vista? — pregunté. — Si, la vista. ¿Te gusta? — se paró a mi lado sacando un cigarrillo de su pantalón. Lo prendió y se lo llevó a la boca con dos dedos. Lo miraba de reojo con la intención de que no se diera cuenta de mi curiosidad. — Es realmente hermosa, creo que no había visto una así en mucho tiempo. — confesé. — Las vistas de Kashda también son hermosas. — dijo mirando a la nada de nuevo sin darme contacto visual y lo acepte. Giré la cabeza viendo un momento hacia nuestra mesa y ya no veía a Williams ni a Gen. No estaba ninguno en la mesa. ¿A dónde habían ido? — No conozco Kashda. Apenas si he viajado a dos lugares distintos y es todo, pero también me encantaría conocerla de ser así. — sonreí para mis adentros. Quería viajar tanto, que al final, regresara a casa llena de obsequios de todos los lugares a lo que iría. — Podemos ir cuando quieras. Cuando tú lo desees, puedes decirme y te llevaré a conocerla — inhaló y exhaló humo suavemente. Para después lanzar a un lado el cigarrillo menos de la mitad. Se centró en mi cara, asentando lo que había dicho, dándole más seguridad a sus palabras y no supe que decir, ni cómo responderle en el momento. No estaba siendo un idiota, ni un maleducado. — ¿Por qué me besaste? — la pregunta resbaló de mi boca sin pensarlo y me la tapé con una mano. Era ridículo porque ya lo había dicho y ahora tenía que enfrentar todas esas consecuencias. Bien Ada, deberías de ganarte un premio a la reina de las que no se saben callar. — Eso no fue un beso — murmuró tan bajo que casi creí haberle imaginado. Me reía por dentro. Actuaba como si tuviera una roca sin sentimientos en todo su cuerpo. No se movía ni hacia algún gesto de que mis palabras le afectaran en algo. Me molestaba tanto que fuese así... Quería que se expresara. — Me besaste en tu oficina, ¿Por qué? ¿Por qué razón me besaste Eduardo? Estás con Gen. Y jamás nos hemos conocido como, ya sabes, la gente se conoce. — empecé a balbucear y maldije para mis adentros. Me estaba poniendo nerviosa y no era lo que quería. decís estupideces cuando me ponía nerviosa. Y no quería soltar algo de más... — No tengo respuestas a todas tus preguntas, ¿Eso te es suficiente? — enarco una ceja casi dando por cerrado el tema. Pretendía hacer como si nada. — No, no me es suficiente. Estás con Gen, yo por qué tengo que ser parte de lo que sea que tu estés... Cerró toda distancia que había entre nosotros y selló nuestros labios en una sinfonía que marcaba el tiempo perfecto entre los sonidos. Danzábamos escuchando el corazón del otro, embelesados por la proximidad. Mis brazos se aflojaron permitiéndole acercarse más, sus manos me tomaron pegando nuestros pechos haciendo que cada fibra de mi cuerpo se estremeciera con su contacto. Sentía mariposas en el estómago, no podía parar y separarnos. Me gustaba Eduardo. Me gustaba su salvajismo, y esa amargura que llevaba consigo, me estaba atrayendo demasiado. Y eso me aterraba porque no podía confiar en él. Nos separamos buscando aire. Ambos estábamos fatigados. Eduardo se separó de mí, dándome espacio. Me limpié la comisura de la boca y giré mi cuerpo hacia la vista buscando algo de cordura. Me gustaba. — ¿A dónde se fueron? — cambié el tema porque el ambiente se sentía tenso, ignorando el hecho de que nos habíamos besado hace unos segundos. Y de que no se había sentido como cualquier otro beso. Si, nos habíamos besado. Y nos habíamos besado mucho. — ¿Quienes? — preguntó. — Williams y Gen. No están en la mesa, ¿A dónde se fueron? — Seguramente Williams fué a llevar a Gen a su casa. Estaba prácticamente arrastrándose por el piso. — contestó desdeñoso de mala gana mientras suspiraba. — Creo que yo debo irme, entonces. — finalicé. No tenía más que hacer en este lugar. — También yo. — murmuró acomodándose empezando a caminar. Lo seguí, mientras pagaba la cuenta y después salimos del restaurante. — Te vas conmigo, no pidas ningún taxi. ¿Qué parte de llevarte sana y salva a tu casa no has entendido? — gruñó. — Si, pero puedo tomar un taxi también. No es necesario que me lleves siempre a casa, Eduardo. — Te llevaré las veces que sea necesari, Ada. No es lo que tú pienses, es lo correcto. Eres terca y necia, siempre estás diciendo que no. — No es eso, es solo que no quiero incomodarte. — contesté tímidamente. Se subió en el auto, yo atravesé la acera y subí en el asiento detrás del copiloto. Me daba algo de temor sentarme junto a él, en el asiento del copiloto. Acto que el notó y no arrancó el auto girándose en su puesto hasta verme. — Ada, ¿Qué haces ahí atrás? El asiento es aquí adelante. — regaño endureciendo sus gestos. — No soy tu chófer, súbete adelante. — Es que aquí no me pega tanto frío — mentí. — Estoy cómoda en este asiento. De verdad no necesito ir alla. — Deja de llevarme la contraria por una sola vez en tu vida. — pidió suspirando. Creo que lo iba a hacer morir antes de tiempo. — Empiezas a no agradarme. — dije cambiándome para el asiento del copiloto. Refunfuñando me senté y crucé los brazos. — Hace mucho que tú no me agradabas, que bueno que decidiste que yo tampoco a tí. Y así dejas de invitarme a tus cumpleaños. — podía ver la sonrisa en esos labios. — Oye, jamás te he invitado a mis cumpleaños— respondí. — Exactamente. Sé que tu cumpleaños se acerca y me encantaría ir. También para que esta vez, si aceptes mi regalo. ¿Cómo sabía que yo iba a cumplir años pronto? Y él estaba sacando lo del regalo que no acepté cuando lo vi en la oficina con Gen. Me estaba desviando demasiado y había olvidado que lo vi con ella... Mi molestia había vuelto. — No voy a aceptar treguas a cambio de mi silencio. Se mantener secretos, y el que tú y Gen se acostaran me da igual, Eduardo. — Si te envié algo era para que lo recibieras y era todo. No tenía nada que ver con lo que viste en la oficina. Además, lo que viste no es de tu incumbencia. — Jamás dudaré que puedes ser más descarado. — murmuré por lo bajo, pero me alcanzó a escuchar porque tosió en signo de que sí. — Entre Gen y yo no hay absolutamente nada, Ada. Deja de verme como el malo y mentiroso. — Por supuesto que tienen algo— me giré en mi puesto para observarlo y analizar sus gestos, que, aunque no eran más que arrugar el entrecejo, necesitaba verlo. — No tengo nada con ella. Sellé mis labios. El levantó su rostro. Tratando de escuchar algo que yo también intenté hacer, pero no llegaba nada a mí. Después, de un rato observando el auto mientras manejaba, levantó un poco su trasero y vio el celular vibrando debajo de él. Alguien lo estaba llamando y solo vibraba como un teléfono antiguo. Contestó y preguntó por algunos negocios, cosa que no me interesó Los borrachos no se quedaban atrás, saliendo de los bares y los muchachos con cigarros encendidos en la boca. — Ese contrato debe firmarse mañana a más tardar las ocho de la noche. No puedo seguir esperando por él. — discutió con altivez. Estaba molesto. Una luz de semáforo nos detuvo antes de llegar a la siguiente avenida con rumbo a mi edificio. Eduardo siguió distraído en su celular cosa que, me aterrorizaba. No quería que se molestara así y menos conmigo en el carro. El ambiente se volvería aún más tenso. El semáforo cambió a verde y adelantamos el auto porque otros ya estaban pitando detrás. Miré su rostro y el veía hacia delante. Cuando algo más nos atropelló, moviendo el carro y haciéndonos girar por el aire. No sentía mi cuerpo. Ni sabía que estaba sucediendo. Todo era confuso. Tanto que, no pude mantenerme despierta mientras que alguien gritaba mi nombre. Una sirena de ambulancia se escuchó a lo lejos, y más esa voz diciendo mi nombre repetidas veces para que yo despertara. Me dormí. Y era malo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR