Comienzo a darme cuenta del mayor fallo en mi nuevo plan, consecuencia de mi propia idea de primero actuar sin pensarlo. Por la tarde del día seis estamos en la mansión Mendoza, sentado en plena sala, mientras Carlos y yo vemos películas; a la vista de todos, sin ningún lugar para ocultarme, recuerdo que debo reportarme con el Señor Jefe y su gente. El teléfono rojo, que hace días que no toco; se mantiene bien guardado entre mis cosas en la habitación de arriba. Sé que no puedo pedirle abiertamente a Carlos que simplemente me lleve para luego encerrarme y actuar como si realmente tuviera privacidad dentro de una casa que no es mía. Tampoco es como si no disfrutara de la constante atención y compañía de Carlos; realmente la disfruto. Cada segundo de esta me llena de felicidad, pero sé q

