La primera noche con Simon fue distinta a lo que Evanya había imaginado. Había llevado la cama nueva del perro hasta su habitación, arrastrándola junto a la suya para tenerlo cerca. Pensaba que así podría vigilarlo si se sentía mal, o si tenía algún sobresalto durante la madrugada. Pero el pastor checo apenas se acomodó un momento sobre su propio colchón y, como si entendiera que la distancia no era opción, saltó con un movimiento lento y pesado hacia la cama de Evanya. Se tendió a los pies, ocupando más espacio del que parecía posible, y apoyó la cabeza sobre sus patas delanteras. Evanya lo miró sorprendida, esperando tener que empujarlo de vuelta. Pero verlo así, con la respiración acompasada, buscando calor y cercanía, le pareció tan tierno que no tuvo valor para moverlo. Sonrió en la

