Zoran se incorporó lentamente, con ese porte de depredador que nunca lo abandonaba, y la observó. Desnuda sobre su mesa, con el cabello desordenado, la piel húmeda y brillante bajo la luz tenue. Ella lo miró de vuelta, con los labios hinchados y los ojos ardiendo, sabiendo que, por mucho que lo negara, por mucho que cogiera con otros, siempre volvería a él. Y él siempre volvía a ella. Zoran no dijo nada. La levantó con facilidad, como si su cuerpo fuera una extensión natural del suyo. Aylin lo rodeó al instante, sus brazos aferrados a su cuello, y sus piernas ancladas a su cintura. Sentía el calor de su piel, el latido fuerte de su corazón golpeando contra su pecho, y el silencio cargado de algo que iba más allá del simple deseo. El camino hasta la habitación fue un laberinto de respira

