La besaba mientras la embestía, como si necesitara ambas cosas al mismo tiempo: devorar su boca y hundirse dentro de ella hasta perder la razón. Aylin lo sentía todo: la dureza de su pecho contra el suyo, la fuerza de sus manos sujetándola como si pudiera romperla, y la manera en que la llenaba con cada arremetida. —Eres mía, ¿lo entiendes? —susurró contra su oído, con la voz rota por la excitación y la rabia. Aylin asintió sin pensar, perdida en el torbellino que era él. Sus uñas se clavaron en los hombros de Zoran, arrastrando marcas en su piel mientras sus caderas respondían al ritmo que él imponía. El vaivén era salvaje, desesperado, como si quisiera dejar su huella marcada dentro de ella, como si cada embestida fuera una maldita declaración de propiedad. La respiración de los dos l

