—Dame tu camiseta —le dijo sin pensar. Zoran arqueó una ceja, mostrando un poco de emoción, y con la misma obediencia silenciosa con la que lo había reparado todo, se la quitó. El movimiento fue simple, pero Jenna entrecerró los ojos, y sus labios se apretaron apenas un segundo. El cuerpo de Zoran era una escultura tallada en fuego y acero. No perfecta. Pero sí letalmente atractiva. Evanya tomó la prenda con manos temblorosas y la metió en la secadora que, por fortuna, había comprado en esos días. —Va a estar seca en diez minutos —anunció. Y cuando el lapso se cumplió, entregó la camisa al romaní. Jenna se había colocado una camisa y pantalones de Evanya. —Me voy —anunció Zoran. —Yo también debería irme —dijo Jenna entonces, como si de pronto el aire se hubiera vuelto demasiado denso

