El fuego que no se apaga-4

1158 Palabras

Cuando por fin se vistió —ropa cómoda, pasaban de las cuatro de la mañana—, bajó a la cocina. El silencio de la madrugada le dio la bienvenida. Sólo Simon, echado cerca del ventanal, alzó la cabeza. Azran fue directo a la alacena y buscó la pequeña bolsa que le había dado el romaní. Esas hierbas extrañas, para apaciguar a sus demonios. No era un fiel creyente de eso. Aun así confiaba en la palabra de aquel hombre de piel bronceada, esa madrugada no se resistió. Puso el agua a hervir. Preparó la mezcla. La cocina se llenó de un aroma terroso y extraño. Se apoyó contra la barra mientras esperaba. En la ventana, su reflejo le devolvía la mirada. Ojos fríos. Mandíbula tensa. Pero en el fondo… aún estaba el chico que gritaba entre las llamas. Se quedó en silencio y mientras el vapor del t

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