El Combate Silencioso

1817 Palabras
Al anochecer, cuando el cielo se tiñó de violeta y el aire del campo se volvió más fresco, un ruido familiar rompió la relativa calma. El motor del auto de Samira. A través de los ventanales iluminados, distinguí su silueta. La fiesta seguía en la piscina, y ahí estaban las mismas chicas de la ciudad que habían llegado con Vladimir, enfundadas en bikinis diminutos, sus risas resonando en el aire. Como si un radar me alertara de su presencia, me levanté del borde de la piscina al verla bajar del auto. Mi figura alta y musculosa, mojada y brillante bajo la luz de las antorchas, se acercó a ella con la misma seguridad de un depredador que se aproxima a su presa. - ¿Quieres darte una zambullida, señorita Aldridge?"- , dije, mi voz grave y una sonrisa que era una clara provocación. Le guiñé el ojo, mis ojos azules brillando con un deseo apenas contenido. Samira, con una sonrisa sarcástica que ocultaba la punzada de irritación que sentí al verla, me respondió, su voz baja, cargada de veneno: - ¿Para qué, señor inglés? ¿Desea que sus amigos vean sus marcas? ¿Esas que sus manías dejan en la piel ajena? - Su mirada se detuvo, solo un segundo, en mi pecho desnudo y tatuado, y luego se dirigió a las chicas en bikini, como invitándolas a observar la evidencia de la noche anterior. Lejos de ofenderme, solté una carcajada que resonó en el patio, una risa profunda y ronca que, para su sorpresa, hasta la descolocó. La risa no era de burla, sino de diversión pura. Después, la miré a los ojos, con una intensidad que la dejó sin aliento, y señalé mi propio pecho, justo encima del corazón, en el punto donde mi clavícula se unía. - Aquí, Samira, - dije, mi voz bajando a un susurro que solo ella podía escuchar, un tono que la erizó. - En este punto exacto, estuvo la marca de tu tacón, casi dos semanas. Y yo no te reproché nada, ¿verdad? - Mis ojos brillaron con una astucia peligrosa. - Y tus uñas, esas deliciosas uñas que sabes usar tan bien, han dejado sus marcas en mi espalda y en mi pecho desde que te conozco. Y tampoco me he quejado. ¿Y ahora tú te quejas? ¿No aguantas nada, Samira? La sonrisa de Samira se borró. Se quedó sin palabras. Mis palabras la habían desarmado por completo. Había caído en su propia trampa. Yo le había devuelto la jugada con la misma moneda, y con creces. - Bueno,- dijo ella, con una ligereza forzada, intentando recuperar algo de control, aunque el ardor en sus mejillas la traicionaba, - entonces no nos quejaremos. Tienes razón, Grayson. Te la debías. Y te la he pagado. Estamos a mano. La observé, mi sonrisa ahora más enigmática, mis ojos evaluándola, midiendo cada una de sus palabras. - No lo sé, señorita Aldridge, - dije, mi voz cargada de subtexto. - Eso lo veremos. Mientras vayas reparando lo que tengas que reparar… Y así, la dejé ahí, de pie en la entrada, mientras me giraba para regresar a la piscina, donde Vladimir me llamaba entre carcajadas, y las chicas me esperaban, sus cuerpos jóvenes moviéndose al ritmo de la música. Samira nos vio alejarnos, yo riendo, envuelto en mi aura de triunfo. Y entonces, sentí algo. No era solo la humillación, ni la irritación. Era una punzada aguda, un retorcerse en el estómago, unos celos tan crudos y desconocidos que la guiaron directo a su habitación. Se que necesitaba su antídoto. Se encerró en su habitación, el seguro de la puerta corrediza con un click final. Y después su radio ruidosa, esa que siempre cargaba y que parecía su refugio, su arma contra el mundo, la encendió al máximo volumen. La música tropical y estridente, lo escuché el reguetón que yo odiaba, los sonidos fuertes que parecían querer reventar el muro entre las habitaciones, quizás era su manera de apagar sus propios pensamientos, su propia ira, su propio dolor incipiente. Intentando ignorar que yo estaba abajo, jugando con esas mujeres de la ciudad, en su paraíso invadido. Mientras Yo, mirando hacia su ventana junto al punzante recuerdo de mis labios en los suyos, un recuerdo una sensación que no me dejaba en paz. No comi más que una manzana, mi apetito eclipsado por la agitación. Yo como un adolescente pensaba en la ropa que ella querría ponerse y de seguro no podria usarla; mis marcas, pequeñas constelaciones de propiedad sobre su piel, se verían, y aunque una parte de ella seguro deseaba que yo las notara, también estoy seguro que su orgullo no le permitía la humillación. Porque si... Yo lo sabía lo sentía había algo en ella que la carcomía, una rabia sorda. Quizás ella quería un vestido sensual y despampanante, algo que acentuara sus curvas y su insolencia, y pasearse por el patio, por la piscina, para que ellos también la vieran, para que yo la viera. Para demostrarles que ella también era hermosa, quizás más que estas mujeres de ciudad de piel lechosa y sonrisas de plástico. Sonreí con malicia imaginando lo que Samira sentía pensaba. Era algo que le roía por dentro, algo que no la dejaba en paz. Porque yo la había dejado tatuada con pequeños signos de mi conquista, besos convertidos en huellas moradas que se asomaban como recuerdos indecentes. Pero también quise imaginar que una parte de ella quería sentirse halagada. Otra, más orgullosa, más salvaje, se sentía marcada como propiedad. Ése día entre tanto pensar e imaginar a Samira en todo su esplendor, bebí sin control. Me levanté para dejar la piscina y caminé hasta el salón, cruze el comedor sin tocar la cena, y me dispuse a subir. Por el pasillo, justo cuando. Estoy parado fuera de su puerta. Pensando si debía volver a tomar a Samira. Apareció Angie. - Donde vas quiero dormir contigo. - Dijo Angie mientras se acercó rápidamente, y ésa noche por primera vez el corazón latiéndome con una mezcla de temor por qué se abriera aquella puerta, fue como una extraña aprensión. - Que hacés aquí ve a dormir - contesté mientras intentaba liberarme de su agarre Pero entonces la puerta se abrió apenas, una rendija diminuta por la que podía ver sin ser vista. Y la vi. Samira y sus ojos aceitunas. - Quiero besarte ven. - Angie beso mi cuello invitando mis manos a tocarle. No me quité enseguida quería ver su reacción saber que tanto yo le gustaba. La rubia despampanante, con un bikini demasiado pequeño para la hora, invadía mi espacio, acorralándome contra el muro. - No quiero, Angie, - decía yo, mi voz más grave de lo normal, con un tono que sonaba a súplica, a cansancio. - No quiero. Me siento mal. Estoy ebrio. Solo quiero dormir. Pero ella, con su cuerpo divino, sus curvas insinuándose bajo el bikini de lycra, solo se me insinuaba. Las manos de Angie recorrían mi pecho, sus labios buscaban los míos con una persistencia casi desesperada. Pero la verdad era que, yo no quería. Y elegantemente, estaba rechazándola. Pero con la escena, tan íntima, tan ajena a Samira, está la encendió de una manera que me sorprendió. No eran solo celos. Era el desprecio por la forma en que Angie se rebajaba. Fue entonces cuando Samira decidió aparecer. Salió de su habitación como si nada, con una naturalidad estudiada, su voz cortando el aire como un cuchillo. La quedé mirando con sorpresa por unos segundos no le creí capaz de salir a interrumpir - Buenas noches, señor Johnson, - dijo, sus ojos fijos en mí, ignorando por completo la presencia de Angie. - ¿Se siente bien? Necesito tener una conversación con usted. Es urgente. Yo, atrapado entre Angie la pared y la presencia junto a la voz inesperada de Samira, terminé de levantar la vista. Mis ojos azules, un poco vidriosos por el alcohol, se encontraron frente a frente con los verdes de ella. Una sonrisa divertida, casi imperceptible, se dibujó en mis labios. Asentí con la cabeza, una aceptación.Yo si quería estar con ella, sólos en su habitación. Angie, al verse interrumpida y expuesta, se giró hacia Samira, su rostro contorsionado por la ira. - Niña, ¿no lo ves?, - soltó, su voz aguda y cargada de desprecio. - No está en condiciones. Ni siquiera puede mantenerse en pie. ¡Déjalo en paz! Samira levantó la cabeza, su mirada de hielo se clavó en Angie. Una sonrisa lenta y peligrosa apareció en sus labios. - Entonces, ¿piensas violarlo, Angie?, - dijo, su voz tranquila, cortante, pero con un veneno apenas disimulado. - ¿Violar a un hombre ebrio? Porque pareces tú la violadora aquí, y no él. El impacto fue inmediato. Angie retrocedió un paso, su mandíbula cayó. Yo apenas sonreí Samira y su lengua afilada. - ¿Qué dices?, - murmuró, sus ojos azules centelleando con furia. - ¿Te atreves a hablarme así, a mí? Samira sonrió, una sonrisa de depredador que había acorralado a su presa. Se cruzó de brazos, su postura desafiante, su cuerpo irradiando una confianza innata. - Te hablo como yo quiera, - respondió, su voz subiendo un tono, pero manteniendo un control escalofriante. - Porque si me levantas la voz, también sé hablar duro. Sé gritar. Arañar. Pregúntale al señor Johnson. Él sabe que soy una fiera. Y le encanta. Porque a mí no me arrincona ni la rubia más cara de Londres… Yo, que había estado observando la escena con una fascinación apenas disimulada, un brillo de diversión en mis ojos, intervine. No pude contener una pequeña risa. - ¡Ya basta!, - dije, mi voz firme, aunque un poco arrastrada por el cansancio y el alcohol. - Me voy a dormir. Mañana hablo con las dos. Estoy ebrio y exhausto. No se maten mientras estoy durmiendo. Me giré, dejando a ambas mujeres allí, congeladas en su confrontación. Pero en realidad, no estaba tan ebrio. Solo quería saber hasta qué punto llegaban aquellas mujeres por mí. La escena, el duelo entre Samira y Angie, había sido un espectáculo. Una prueba. Y Samira había brillado con una ferocidad que me excitaba. Samira no se movió de la puerta, la mirada clavada en mi espalda mientras me alejaba. Angie, al verse abandonada y humillada, fulminó a Samira con la mirada. Un momento de tensión silenciosa, un desafío no verbal. Luego, con un bufido de desprecio, se dio la vuelta y se fue, sus tacones resonando con rabia en el pasillo. Samira esperó a que el eco se desvaneciera. Cerró la puerta de su habitación, una sonrisa de victoria en mis labios. Mientras la observaba por la rendija de mi propia puerta. La primera batalla, la había ganado ella. Y podría yo, jurar que en su expresión vi qué se sentía... extrañamente satisfecha.
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