La madrugada tenía un silencio denso, quebrado solo por el rumor lejano del viento y el goteo constante del grifo de algún baño viejo. La casa dormía, o eso parecía. Pero Angie no.
Descalza, con una bata ligera que dejaba ver su desnudez sin recato, se escabulló por el pasillo hasta mi habitación. Empujó la puerta con suavidad y al encontrarme profundamente dormido, sonrió con una mezcla de picardía y nostalgia. Se deslizó en la cama como una sombra y se trepó sobre mí sin vacilar. Pegó sus labios a los míos y dejó que el peso de su cuerpo me envolviera.
Desperté de pronto, mi mente nublada por el alcohol, mi cuerpo reaccionando por puro instinto. Palpé el cuerpo femenino bajo mis manos, lo apreté contra sí y respondí el beso con una urgencia cruda, jurando en la nebulosa de mi mente que era Samira. Esa tormenta de mujer, esa fiera que me mantenía en un celo constante, la dueña de mis pensamientos más oscuros. Pero al dar vuelta a la mujer, y esta quedar bajo mi peso, un ligero sonido se le escapó.
Una risa. Una risa aguda y desafinada, totalmente ajena a Samira. Y con eso, y el aroma dulzón y empalagoso de su perfume, lo supe. No era Samira. Me senté bruscamente en la cama, la cabeza me daba vueltas. Encendí la luz de la mesita de noche con un golpe seco. Y ahí estaba Angie, desnuda, su cuerpo perfecto expuesto bajo la luz amarillenta. En otro momento, antes de Samira, antes de esta obsesión, no me hubiese importado. Hubiera tomado lo que se me ofrecía. Pero esta vez, me molestó. Conmigo mismo. Yo mismo me había engañado, traicionado mi propio deseo por Samira.
- ¿Por qué no me dejas dormir?- , solté, mi voz baja, apenas un murmullo, pero con una firmeza que Angie no había oído antes.
- "Quiero hacer el amor, Grayson",- murmuró ella, sus dedos trazando círculos en mi espalda, sobre los arañazos que Samira había dejado. - Mañana me voy. Solo una noche, como antes, en los viejos tiempos.
Sus labios húmedos besaron mi espalda, humedeciendo las dolorosas marcas que Samira había dejado horas antes, el recordatorio de un fuego distinto.
- No. El pasado es pasado, Angie. Ahora déjame dormir, - respondí, mi voz áspera, mientras me levantaba bruscamente de la cama, la desnudez de ambos expuesta, y abría la puerta de la habitación con un ademán tajante.
Angie se levantó de mala gana, un mohín de frustración en sus labios. Recogió su bata de seda del suelo con una lentitud casi aburrida, exasperante para mí, que no dejé de mirarla con el ceño fruncido, mis ojos clavados en ella hasta que se la puso. Pero cuando Angie, ya vestida, pasó por mi lado, se detuvo, me dio un beso corto en la mejilla y me dijo, con una voz cargada de un despecho disimulado.
- Duerme bien, mi bala perdida.
Y sin más, salió de la habitación.
No respondí. Pero cuando fui a cerrar la puerta, entonces la vi. Samira. Con su teléfono en la mano y un vaso de agua. Indudablemente, venía de la cocina. Nuestros ojos se encontraron, y en la mirada de Samira, vi una chispa. No logré identificar.
- ¡Feliz amanecer, querida!, - soltó Angie, su voz vibrante de malicia, al pasar por el lado de Samira en el pasillo, su mirada de triunfo dirigida directamente a ella.
Samira entró a su habitación sin responder una sola palabra, el rostro inexpresivo. Pero cuando estuvo dentro, al cerrar su puerta, el silencio me envolvió, y quise explotar. Romper todo a mí alrededor. Sólo quizás ella se enojo y lo creyó.
Yo me había acostado con Angie. Lo había conseguido.
- Maldito inglés, te rendiste a esa mujer plástica.
La escuché decir en el momento que me detuve desnudo frente a su puerta fue como un susurró, la furia vibrando en cada sílaba, imaginé sus dientes apretados. Apretando el vaso con una mano y el teléfono con la otra, el cristal y el metal rechinando bajo la presión, su cuerpo lleno de una rabia que apenas podía contener.
Dándolo por hecho. Yo había cubierto los besos de ella con los de Angie. Tal vez, pensó, con un nudo en el estómago, Angie también me había hecho gemir como a ella misma. Tal vez la lamí y la chupeteé, dejando marcas como yo las había dejado en ella. No podía detener su imaginación, que la torturaba con imágenes.
No me moví solo la escuché murmurar atravez de la puerta que por unos segundos quise derribar pero unos minutos después.
Se metió en la cama, talvez con el cuerpo aún tembloroso, quizás tomó una de las almohadas, esa que apenas conservaba mi olor, y se durmió, exhausta, sin saber cuándo ni cómo.
Por lo menos eso quise creer esa madrugada después de solo escuchar el silencio. Así que volví a mi habitación cerré la puerta con seguro y me quedé dormido.
Cuando llegó el amanecer, Y Samira bajó. Tampoco desayunó más que una barra de cereal, su garganta parecía estar cerrada. Ese día fue directo a su trabajo, al cuarto de antigüedades.
Yo, podía verla si quería tenía una habitación de seguridad donde las cámaras capturaban lo más mínimos movimientos de los pasillos de la mansión.
Estuvo en calma, absorbida en lo suyo, puede que intentando ahogar las imágenes de la madrugada, hasta que César se le acercó, su presencia reconfortante. No lo soporte ellos hablaban como en secreto así que fui directo a ella Samira mi samira. Y en unos segundos ya estaba hay cómo espía barato.
- Anoche quise invitarte a cenar, Samira, - dijo él, su voz suave, con la confianza que había entre ellos, construida quizás sobre encuentros carnales y fugaces, - Pero te fuiste a dormir temprano.
- Estoy ocupada, César. En cosas que no sé cómo reparar sin romperme yo, - contestó ella, su voz un murmullo cansado, su mirada perdida en un pergamino antiguo. La respuesta llevaba un peso que noté César comprendió.
Y él respondió, aparentemente conociendo bien el único deseo que asustaba a Samira, los anhelos de Don Fernando, y la única forma de ayudarla,
- No sé por qué le das tantas vueltas a eso. Si Don Fernando quiere un nieto, Samira, estoy dispuesto a ayudarte a dárselo. Yo no me voy a ir del pueblo huyendo si me escoges. Sabes que me quedaré.
Esas palabras fueron como un puñal para mí pecho. Él hablaba de un "medio". Un medio para un fin.
Pero ella no logró contestar. La voz pareció se le atascó en la garganta.
Yo, que había entrado sigilosamente a la habitación, y escuché todo. Carraspeé mi garganta, el sonido seco rompiendo el aire tenso.
- Perdón por interrumpir a los novios, - dije, con una ironía venenosa que destilaba celos.
Mi mirada se clavó en Samira, ignorando a César.
Pero ella me interrumpió enseguida, la furia de la madrugada volviendo con una fuerza renovada.
- No somos novios, señor Johnson. Somos amigos. Amigos.
César la volteó a mirar, una chispa de sorpresa y algo parecido a la decepción en sus ojos, pero no la corrigió. Se limitó a asentir.
- Permiso.
Fue lo único que dijo César, su voz baja, antes de irse y perder su mirada sobre un cuadro lejano, un escape.
- No son novios, ¿entonces qué son?, - continué, dando un paso más hacia Samira, mi voz un susurro que era una cuchilla letal.- "¿Amantes? ¿O no? ¿Seguro es un amigo que puede nadar entre tus piernas?
Cada palabra mía era un ataque, una provocación que buscaba el punto más vulnerable de Samira. Ella me miró directamente a los ojos, los suyos chispeando con un fuego indomable, y me respondió, sin pestañear.
- No es su problema, señor Johnson. Como tampoco es el mío verlo coger como un conejo en la madrugada.
No oculté mi asombro por las palabras que ella acababa de soltar. Una sonrisa, lenta y perversa, se extendió por mi rostro.
- Me llamas conejo fornicador, - solté, divertido por la lengua afilada de Samira, mi deseo de besarla y poseerla sobre la misma mesa que ahora estaba llena de reliquias, incontrolable.
- No estás muy lejos, - contestó ella, con una ironía mordaz, sin desviar la mirada.
Pero la conversación, afilada como una navaja, se interrumpió abruptamente. Una voz joven, algo titubeante, rompió el aire cargado de la sala.
- Señorita Samira, - Era el chico de las gafas, el mismo al que yo veía como un pollito sin gracia, un pajarito asustadizo en aquel nido de depredadores. Se acercó con la urgencia de quien ha encontrado un obstáculo insuperable. - Disculpe la interrupción, pero... tengo un problema con el marco de la miniatura de marfil. Es demasiado delicado, y el adhesivo no está… no estoy seguro de la dirección del grano. Necesito su consejo. Su guía.
Samira, que segundos antes había estado enredada en una guerra de miradas conmigo, su rostro una máscara de desafío, se giró para atenderlo con la naturalidad de quien cambia de un idioma a otro. La máscara de la profesionalidad cayó sobre ella como un velo.
- Claro, Favio. Muéstrame, - dijo, su voz volviendo a su tono habitual, calmado y autoritario a la vez. Me dio la espalda, su figura esbelta alejándose, mientras se inclinaba sobre la mesa donde el joven trabajaba, susurrándole instrucciones, señalando con un dedo experto.
Me dejó solo, en medio de la sala. La risa forzada se desvaneció de mis labios, reemplazada por una mezcla compleja y ardiente. Furia, por la interrupción. Admiración, por la facilidad con la que Samira pasaba de la fiera a la maestra, del fuego al hielo. Y un deseo incontrolable, casi una tortura, por la mujer que acababa de llamarme "conejo fornicador", que me había expuesto y humillado con tal audacia.
La imagen de ella, tan cerca y a la vez tan lejos, ocupada con ese "pollito", atizaba las brasas bajo mi piel. El eco de sus palabras, "conejo fornicador", resonaba en mi cabeza, una promesa y una burla. Y volvió ése instante que se había vuelto constante, deseé besarla, arrastrarla, silenciar su lengua filosa con la mía. Pero tampoco lo hice aunque quería. Pero entre mi propia convicción de tómala arrastrarla conmigo fuera, justo entonces, volvi a escuchar su nombre la joven restauradora —la chica delgadita— también llamó a Samira desde el otro extremo de la sala.
- Puedes ayudarme? Hay una grieta en esta urna… y no sé si deba intervenirla así.
Samira se volvió sin más.
- Voy. No la toques aún.
Y se alejó.
Me quedé ahí, unos minutos más viendo sus movimientos. Sin saber si deseaba poseerla… o pedirle perdón. Por algo que ni siquiera había hecho.