El sábado por la mañana, mientras ordenaba el departamento, sonó el timbre. Suspiré, dejando el trapo sobre la mesa. Ayer había tenido que soportar a Andrés y ahora, si mis sospechas eran correctas, tenía que lidiar con otro problema. Abrí la puerta y, como lo temía, allí estaba Elliot Morgan, sonriendo con esa seguridad exasperante. —Buenos días, preciosa —saludó, apoyándose contra el marco de la puerta, su mirada recorriendo descaradamente mis piernas. Rodeé los ojos y crucé los brazos. —¿Qué quieres, Elliot? —Vine a ver a Alex. —Su tono era despreocupado, pero había una firmeza en su mirada. En ese momento, Alex bajó corriendo las escaleras, emocionado. —¡Elliot! —gritó y se lanzó a sus brazos. Elliot lo cargó con facilidad y sonrió. —Hola, campeón. Escucha, hay algo que quiero dec

