Llevamos a Alex al parque y nos sentamos en una de las bancas mientras lo observábamos jugar con otros niños. De vez en cuando, nos saludaba con entusiasmo desde los columpios o mientras corría por el césped. —Supongo que tienes muchas cosas que hacer —le dije a Elliot, cruzándome de brazos. Él soltó una carcajada fuerte y se acomodó con confianza en el respaldo del asiento. —¿Te gusto tanto que no quieres que me quede cerca? —bromeó, con esa sonrisa arrogante que tanto me sacaba de quicio. Rodé los ojos. —Por Dios, Elliot, deja de decir tonterías. —No me mientas, Jen. Desde que me viste con el traje de Superman, no has dejado de mirarme —insistió, inclinándose un poco hacia mí. —Oh, sí, claro. No sé cómo he podido resistirme a tu... —hice una pausa fingiendo buscar las palabras— in

