Llegué a casa con Alex, y aunque intentaba aparentar que todo estaba bien, mi hijo no dejaba de estar tenso en el asiento del copiloto. Sus ojos, normalmente brillantes y curiosos, estaban nublados por algo que yo había creado sin darme cuenta. Había mentido. Y ahora me lo estaba reclamando. Alex salió primero del taxi y entró en la casa sin mirarme. Cada paso que daba sonaba más pesado que el anterior, y yo no podía seguirlo. Sabía que lo que había comenzado como un intento de protegerlo ahora se estaba volviendo en su contra. —Mamá... —dijo, su voz cortada. Me estremecí al escuchar el dolor en sus palabras. Me acerqué a él, pero no sabía cómo explicarle lo que había hecho. Había mentido, pero no por maldad. Solo lo había hecho para protegerlo. O al menos eso creía. —Cariño, yo... —em

