Después de terminar mi trabajo, me acerqué a Leo para avisarle que me iría. Él me observó con una expresión extraña, como si estuviera analizando cada uno de mis movimientos. Fruncí el ceño. —¿Qué pasa? —pregunté con cautela. Leo cruzó los brazos y soltó la pregunta sin rodeos: —¿Es cierto que tú y Elliot son pareja? Solté un suspiro, ya imaginando de dónde venía el rumor. —No, no te guíes por los chismes —respondí con firmeza. Pero su mirada seguía fija en mí, como si estuviera esperando que dijera otra cosa. —Es que Elliot me dijo que eres su mujer. Abrí los ojos con sorpresa, sin saber qué responder de inmediato. Un torbellino de emociones me invadió: incredulidad, enojo y algo más que no quería analizar en ese momento. Antes de que pudiera decir algo, el sonido de unos pasos f

