Capítulo 4

1498 Palabras
Narra Mark Desde hace mucho tiempo sabía que algunas cosas no estaban bien en mí, con no estar bien me refiero a fuera de lo normal; amo el sexo como muchas personas, pero encuentro el placer y excitación de una manera diferente. Mi primera novia, la chica con la que experimenté muchas sensaciones por primera vez no cedió a la idea de someterse a la forma en la que yo quería llevar la relación, mucho antes de empezar mi vida s****l en mi mente se reproducían escenas de como quería que pasaran, pero en mi mente eran más sencillas de asumir por la otra persona que lo que realmente fue en la vida real, cuando tenía casi los dieciséis años tuve sexo con una compañera de escuela, recuerdo que en su casa tenían un sótano y allí busqué la forma de amarrar sus piernas al extremo de unos cimientos y su brazos a otros, parecía un juego para ella, pero luego su cara se tornaba preocupada y asustada, la desnudé con algo de brusquedad, no sabía medir mi fuerza con ella y eso me gustaba, arranqué sus prendas dejando mis manos marcadas en su piel blanca,  me llenaba ver esas señas. Al día siguiente me terminó, desde allí me reprochaba que su primera vez fue tormentosa por mi culpa; situación que se repitió por mucho, no encontraba a una mujer que fuera capaz de vivir una noche conmigo y deseara continuar. Tuve que recurrir a esta forma, a esta manera de poder complacer mis deseos y no preocuparme por nada, aunque a pesar de ser un hombre admirado por las damas más influyentes y ser un adonis entre ellas, no cualquiera capta mi atención para tener sexo, hay pequeños detalles que marcan la diferencia; desde su color de cabello, de piel, estatura. Me gusta una mujer que sea de cabello rubio o castaño, el tono debe ser uniforme, su piel debe ser blanca, tan blanca como la leche, no me gustan las manchas grandes en la piel, esos lunares quitan lo bonito y estético, solo puedo tolerar esos pequeños puntos que parecen estrellas, pero deben ser pocos, la mujer no puede ser de mi altura, debe ser más bajita que yo, sentirme grande y sentirme mucho más fuerte me hace querer devorarla, su rostro debe ser tierno, adorable como el de una pequeña inocente, pero no me gustan las niñas o adolescente, me gusta cogerme con fuerza y de forma salvajada a una mujer, una mujer aguante. La primera vez que fui  a una subasta fue por un viejo amigo y socio llamado Nestor, fue quien me presentó a Miranda y cómo funcionaban las cosas en Botton house, la dama que compré en esa ocasión tenía en ese momento unos veintidós años, el nombre que le dieron en la casa de los botones fue el de Rosse, nunca supe el nombre real de las damas que vienen a mi casa de reposo, para esa ocasión ya había adecuado la cabaña para recibirla y tenía el encargado de sus cuidados, a Frizo. La cabaña tiene una habitación sin ventanas y con una puerta que solo se abre desde afuera, cuenta con una cama que es lo único que necesita, del resto se encarga su cuidador; de bañarlas, cambiarlas y alimentarlas. También, tiene mi habitación de la liberación, en ese espacio son llevadas y preparadas para ser cogidas por mí. Mi rostro nunca es mostrado y los nombres tampoco son mencionados, para ellas yo soy su amo y Frizo es el cuidador. Del resto de la cabaña no hay nada fuera de lo normal, del resto en su exterior es una simple casa de vacaciones, con animales y con mucha tranquilidad. - Ya la perla esta lista – menciona Frizo sacando de su bolsillo la barra de chocolate que le he dado. - Hiciste un buen trabajo, ahora ve a leer una historia, traje un libro de cuentos que te gustará – el hombre feliz corre hasta la sala y es mi momento para dejar salir las cargas que me pesan. Utilizo un pasa montañas de color n***o que solo permiten ver mis ojos, llevo unos jeans azul oscuro y mi pecho completamente desnudo. Entro a la habitación y veo a Perla, la nueva sumisa que adquirí en la subasta, se encontraba sentada en una silla atadas sus piernas en la parte inferior de su asiento y los brazos rodeaban el espaldar amarrados con una soga, en su boca llevaba una mordaza de cuero que lleva entre sus labios y dientes una borla roja, su vestido es un corto vestido de seda color blanco, luce tan limpio y provocativo, sus pezones resaltan a la vista y sus piernas desnudas me piden a gritos meterme entre ellas. La mujer me mira con algo de miedo, es la quinta vez que será sometida, cierro la puerta detrás de mí y camino hasta ella tomándola del cabello con fuerza, despejo su cuello y le doy besos fuertes en los que dejo un camino lleno de marcas rojas producidas por absorber su piel. Suelto los amarres de sus pies para que pueda moverse, la llevo hasta el borde de una cama de casi tres metros y la acuesto de tal manera que su pecho quede apoyado en las pieseras y la parte inferior de su cuerpo queda aún fuera de la cama, con las piernas abiertas. Tomo un látigo de cuero que tiene en la parte superior varias cintas del mismo material, me paro entre sus piernas y le doy varios latigazos en la espalda, arranco su vestido para poder ver las largas líneas rojas que también se pintan en sus brazos que están aún amarrados. Escucho un quejido que es música para mis oídos, así que repito lo mismo una y otra vez hasta que llego a sus nalgas, aquí dejo el látigo a un lado y con mis manos abiertas le doy una nalgada con fuerza que deja mis dedos perfectamente marcados; quito el botón de pantalón y bajo la cremallera ya que mi erección no cabe en ese espacio, le doy la vuelta para que quede apoyada su espalda sobre la cama y deje a las vista sus senos, por lo que subo sobre ella y me enfoco en los pezones, los lamo con delicadeza para que estén duros por mi estímulo y así poder tomarlos con mi dedo pulgar e índice como ganchos que aprietan tan delicada piel hasta el punto que su espalda se arquea mucho más, ignoro su dolor y aprieto un poco más para luego halarlo y soltarlo, lo mismos hago con el otro pezón hasta que se tornan hinchados. Quito la mordaza de su boca para que sus labios queden despejados, algo que no hago es besarlas, pero si meto en su boca otras partes de mi cuerpo, con la precaución de no ser mordido o maltratado, por eso siempre soy claro desde el primer día y si desobedecen las consecuencias serán graves. Saco mi pene de su boca y voy hasta su v****a, abro más sus piernas y meto todo mi m*****o en ella de un solo golpe haciendo que se estremezca para sacarlo pero las embestidas inician y no puedo parar por nada del mundo, llego hasta la parte más profunda de ella, tomo su cuello haciendo que su rostro se torne rojo y sigo una y otra vez hasta que termino en un orgasmo placentero y ella en un desmayo. Salgo de la habitación y voy directo al baño para lavar mi cuerpo, debo pedir que sea preparada para ida de la casa, luego de unos días pierdo el gusto por ellas y las emociones no son las mismas. Todas las mujeres que he comprado que en su total son catorce, las he liberado, sin dejar huellas, marcas, ni rastros; el tiempo máximo con el que he mantenido una sumisa en mi cabaña es de cuatro a cinco meses, todo depende de cuánto placer me produzca cada una de ellas y todas son diferentes. En el caso de Perla se la obsequiare a mi amigo y socio Nestor que la quería tener desde el día que fue subastada pero yo fui su amo, el día que supo que yo tenía a Perla me pidió que se la dejara por un día pero no accedí de esa manera, si ella era tocada por el ya no querría cogerla más por lo que se la daré ahora que ya no la necesito, estoy a esperas de la próxima huésped de mi cabaña. - Ya está lista señor – dice Frizo quitándose los guantes amarillos que siempre usa. - Espera a que vengan por ella, asegúrate de vendar sus ojos. - Si señor, ya lo hice – menciona sonriendo. - Gran trabajo muchacho, prometo darte otra barra de chocolate cuando termines todo. Frizo aplaude y va corriendo hasta la habitación para limpiarla. Ahora sí, creo que ya puedo dormir, mañana debo volver a mi vida normal.    
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