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Siempre fuiste mía

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Descripción

Darren es el chico del que todos tienen miedo. Alicia, la chica demasiado frágil para este mundo.

Cuando él entra en su vida por accidente, decide algo peligroso: protegerla cueste lo que cueste.

Ella se aferra a él. Él se vuelve su escudo.

Pero algunos amores no deberían existir… y aun así lo hacen.

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El mayor de los secretos
DARREN Ruedo los ojos en cuanto el profe deja la nota de castigo sobre mi pupitre, como si eso fuera a cambiar algo. —Más te vale enderezarte antes de que tenga que llamar a tu madre —dice, clavándome la mirada desde su escritorio. Sonrío de lado. No tiene idea de que ella ya no está. Claro, su nombre no es “cara de papa”. Así lo llamo yo. Sé perfectamente cómo se llama en realidad, pero ese apodo le queda mejor. Suena el timbre y me pongo de pie sin apuro. Agarro la nota solo para tirarla a la basura cuando salgo del aula. Igual no pensaba ir. Camino por los pasillos con la cara de siempre, sin mostrar nada. Es hora del almuerzo, lo que significa encontrarme con Trevor, mi mejor amigo y, siendo honestos, la única persona que realmente aguanto. —¿Qué te pasó? —dice cuando me siento frente a él. Asiento apenas. —Todo tranquilo. —Oye, ¿te quieres pasar mañana por mi casa? Hay algo que quiero mostrarte —propone, con una sonrisa medio tensa—. Y ya que estamos, por fin podrás ver los c4dáveres que tengo guardados. Se refiere a que jamás he ido a su casa. Siempre encuentra una excusa. Yo digo que esconde algo, y lo de los c4dáveres ya es broma fija entre nosotros. Me encojo de hombros. —Vale. A lo mejor descubro qué has estado ocultando estos cuatro años. Resopla. —Hay motivos. Mañana lo vas a entender. Cuatro años de amistad y ni una sola vez me dejó cruzar la puerta de su casa. Siempre venía a la mía. Cada vez que preguntaba, la misma respuesta: algún día lo sabrás. Supongo que ese día llegó. —Hablando de cosas interesantes —mete cuchara Javier, que técnicamente es nuestro amigo—. Ayer fui al cine y choqué con una chica guapísima. Literal, le tiré los nachos encima. Pero quedó enganchada conmigo. Lo pude observar. Se reclina en la silla, cruzado de brazos, convencido de su propia historia. Ray se ríe. —Te vació la bebida encima y te llenó de insultos. No sé qué parte te hizo pensar que le gustaste. Javier arquea una ceja. —Lo vi en su mirada. Me tenía ganas. Mi ojo nunca falla. Pienso lo mismo de siempre: pobre tipo. —Y tú, Darren —dice Gerald, con esa sonrisa que provoca ganas de romper cosas—, ¿para cuándo una novia? Muerdo una papa frita y lo miro, sin entender por qué le importa. —Ni idea. A Gerald le encanta provocar. Vive buscando que alguien lo ponga en su lugar. —Yo creo que sí lo sé —continúa—. Es porque no puedes. Eres demasiado amargado y simple para que alguien se fije en ti. Aprieto la mandíbula. —O tal vez —añade, disfrutándolo— es porque te da pena que sepan lo de tus padres, que están bien… No lo dejo terminar. Me levanto y le conecto un golpe seco en la mandíbula. Cae hacia atrás, quejándose. Me acerco, lo tomo del cuello y lo levanto apenas para quedar frente a frente. —Vuelves a mencionarlos y te aseguro que no sales caminando —digo, sin subir la voz—. ¿Estamos claros? Me mira con rabia. —¿A quiénes? ¿A tus padres muertos…? Ahí ya no paro. Le caen los golpes uno tras otro hasta que aparece la sangre. Cuando decido que basta, lo suelto y lo empujo al suelo. Agarro mi mochila y camino hacia la salida del comedor mientras todos se quedan mirando, mudos. Necesito un cigarro. Si me quedo, todo va a empeorar. Así que me voy a casa. Trevor entiende sin decir nada y me sigue. —Idiota —lo oigo murmurar a mi lado. Asiento una vez y empujo las puertas de la cafetería rumbo al estacionamiento. Mientras avanzo, saco el paquete de cigarros del bolsillo junto con el encendedor. Me llevo uno a la boca, lo prendo y dejo que el humo me llene los pulmones. El cuerpo afloja apenas exhalo. Llego al coche. Apago el cigarro contra el suelo y lo aplasto con la suela antes de subir. Trevor hace lo mismo en el suyo. Giro la llave y estoy por arrancar cuando caigo en cuenta. Las llaves. Las de casa. Suelto un gruñido, molesto conmigo mismo. Tendré que ir a la casa de Trevor. Los nudillos me están ardiendo y no se ven nada bien. Debí pasarme de la raya. Bajo del coche. Como estamos estacionados uno al lado del otro, rodeo el suyo y me planto junto a la puerta del conductor. Baja la ventanilla y apoyo los brazos sobre el marco. —Vamos a tener que ir a tu casa. Dejé las llaves y necesito limpiarme esto —le digo, mostrando mis manos. Pone los ojos en blanco. —Qué genio —responde. Lo miro mal. —Sígueme —agrega, ya serio. Asiento y regreso a mi coche. Unos diez minutos después, frenamos frente a una casa moderna, grande, de esas que no pasan desapercibidas. Bajo y la observo con calma. —Nada mal. Trevor sonríe, casi orgulloso. —Gracias. Lo poco que sé de su familia es que no están realmente presentes. Es una de las razones por las que nos llevamos tan bien. Hay silencios que se entienden sin explicarlos. Lo sigo hasta la entrada. Abre una cerradura. Luego otra. Y otra más. —¿Planeas encerrar un banco aquí dentro? —bromeo. —Algún día lo vas a entender —dice, empujando la puerta. El interior es justo como lo imaginaba, aunque mejor. Demasiado bien puesto para alguien como Trevor. Definitivamente, no vive solo. —Haz de cuenta que es tu casa. El baño está arriba, primera puerta a la derecha. Asiento y subo las escaleras, mirando todo de reojo. Arriba, abro la primera puerta. Y me quedo quieto. Carajo. Una chica, de unos dieciocho quizá, camina frente a la cama con un libro en las manos. Lleva un vestido blanco, sencillo, y el cabello oscuro recogido con una cinta clara. Hay algo en ella que no encaja con nada más. Demasiado… limpio. Me pregunto cómo es posible que nunca la haya visto. Cuatro años con Trevor y jamás oí hablar de una hermana. Entonces lo entiendo. Ese era el secreto. Las cerraduras. El misterio. Todo. Sigo mirándola sin querer. Tararea algo casi inaudible, concentrada en la lectura. Hasta que nota mis pasos. Levanta la vista y suelta un pequeño grito. Se sonroja al instante. —Hola —dice. Su voz me desarma más de lo que debería. Cuando respondo, bajo el tono sin pensarlo. —Hola. Inclina la cabeza, curiosa. Yo la observo con una nostalgia que no pedí. —¿Quién eres? —Darren —contesto, avanzando apenas hacia la habitación clara—. ¿Y tú? Sonríe. Le aparecen dos hoyuelos que no deberían existir. —Alicia.— pronunciar su nombre hizo que me mojara al instante. ¡No! ¡Quieto!

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