Capítulo 1
Un ruido lejano me va despertando poco a poco hasta que consigo distinguir los ladridos de mi perro Coco. Me estiro con cuidado sobre las sábanas blancas de satén y cojo la larga bata colgada sobre la silla. Camino hacia el salón donde se encuentra Coco ladrando sin cesar a la puerta y me estiro sobre la punta de mis pies para ver de quién se trata por la mirilla. El cartero. Genial.. Y yo con estos pelos de loca.
—Buenos días. —saludo cordialmente con la voz de camionero y los ojos achinados por el sueño.
—Buenos días, ¿Lucía López? —afirmo con la cabeza, aún atontada—.Le traigo un paquete a su nombre, firme aquí.
Firmo y me despido del cartero, quien por cierto es muy guapo, y voy a abrir el paquete. Frunzo el ceño al ver que no tiene remitente, ¿será algo de la empresa?. Lo abro con ansias y veo un pequeño ángel verde esmeralda junto a una cadena de plata. El colgante de mi hermano. Lo cojo con las manos temblorosas haciendo que una pequeña nota se mueva en el fondo del sobre, llamando mi atención.
Cuando te llegue mi collar ya no estaré, espero que te de fuerza todos los días. Estoy orgulloso de ti y te quiero, pequeña.
Álex.
Yo también te quiero, respondo en mi cabeza. Me llevo la nota al pecho y lo único que puedo hacer es suspirar, no quiero que me vea llorar esté donde esté.
Después de ducharme y de sacar a Coco, voy derecha a la oficina. Me encanta mi trabajo aunque odio a mi jefe, es un viejo verde exigente que no me deja tranquila ni cinco minutos mientras que mis compañeros no mueven ni un dedo. Lucía esto, Lucía aquello, Lucía un café, Lucía.. Más de una vez he tenido que contenerme para no gritarle que se metiera la lengua donde cupiera, pero claro, seguía teniendo algo de sentido común y respeto por mi trabajo, no estaban las cosas como para quedarse en paro.. Cuando llego a las puertas, suspiro angustiada. ¿Qué aventura me esperará hoy?
—Buenos días compis. —saludo con alegría mientras cruzo el holding con celeridad. Sus sonrisas algo tildadas de preocupación no tardan en llegarme.
—Buenos días, Lucía. Pase a mi despacho en cuanto suelte sus pertenencias. —y aquí estaba el petulante de mi jefe: el señor Marco Hernández.
Voy directa a mi pequeño pero cómodo despacho tras poner los ojos en blanco, cuelgo mi bolso en el respaldo de la silla y ando lo más rápido que puedo hasta el suyo. ¿Qué querrá hoy? ¿que le bese los pies?
—Dígame señor Hernández. —digo con educación aunque mentalmente me estoy cagando en sus antepasados.
—Quiero que traduzcas estos cinco capítulos para hoy, tienen que estar listos a las tres de la tarde y.. Después de comer me harás un informe, ya te diré de qué.
—De acuerdo, ¿algo más?
—Nada más. —sentenció. Suspiro interiormente, viendo como su mente trama algún plan maléfico para joderme el día—. Por ahora.
Cuando salgo de la oficina, me voy un rato al gimnasio. La clase de zumba se me hace más corta de lo normal y como aún sigo estresada gracias a mi querido jefe, decido meterme en una clase de spinning tras una hora de máquinas. Acabo tan cansada que al llegar a casa, apenas tengo fuerzas para sacar a Coco, pero aun así, como mujer independiente y responsable, le doy una vuelta larga. Ya podría tener un pez, pero no, tenía que tener un perro. A la vuelta me quedo dormida delante de la televisión, cansada y relajada.
Los dos siguientes días se me hacen eternos, hasta que por fin llega mi querido y deseado viernes. ¡Gracias a dios! me levanto con más energía que toda la semana anterior y mientras saco a Coco, busco mi teléfono para llamar a María, mi mejor amiga de Madrid. Tras tres tonos, contesta.
—¡Hola chochoooo! —grita con su vocecita de p**o.
—¡Hola nenaaa! ¿Hoy vamos a ir al fifty?
—¡No me digas que sólo me llamas para ver si salimos de fiesta! ¡puedo estar muriéndome y a ti te da igual! —incluso tras el teléfono, noto como pone los ojos en blanco—. No tienes remedio Lucía..
—No pongas los ojos en blanco boba, claro que me importa pero como sé que estás bien… —intento poner la cara más adorable del mundo, aunque se que no me ve—. ¿Vamos a ir al fifty?
—¡Que sí pesada! —suelta unas risotadas—. ¡Vamos a ir a bailar y a beber!
—Y con suerte pescaremos algo.. —nos echamos a reír al unísono.
—Seguro que pescamos a algún moreno guapo, ¡capitana pescanova!
—Bueno Mar, me voy a trabajar, que acabo de llegar a casa y ya sabes como es mi jefe si llego tarde.
—Oh si, ¡don gruñón! —se ríe—. Suerte nena, ¿te recojo a las seis?
—Si, ¡nos vemos pescanova!
Colgamos entre risas y tras quitarle la correa a mi pequeño, me voy a trabajar.
Nada más abrirse las puertas del ascensor lo primero que veo es un grupo de policías. ¿Pero qué cojones..? busco con la mirada a mi jefe y no lo encuentro entre la multitud. Los compañeros se mueven en torno a los policías, fingiendo trabajar. Tras un gran escrutinio veo a José hablando con un policía alto y moreno. Me acerco a ellos y pregunto qué ha pasado.
—Han atracado y apuñalado a Marco Hernández. —responde el policía sin mirarme. Al principio me quedo bloqueada, pero respondo enseguida.
—Perdone pero no le he.. —J o d e r. Qué guapo es. Parpadeo y me obligo a continuar—. No le he preguntado a usted.
—Creo que no debería hablarle así a una autoridad.
—Me importa cuatro pepinos lo que sea. —respondo con el cable cruzado. ¿Por qué no me han avisado por teléfono? ¿Cómo está el petardo de mi jefe?
—¿Voy a tener que llevarle conmigo, señorita? —el policía buenorro me mira frunciendo el ceño y pienso en responder que me iría con él a donde quiera. Al final opto por negar con la cabeza y disculparme.
Me voy a mi pequeño despacho antes de que el morenazo me arreste, aunque tampoco voy muy convencida. No sé si hoy habrá trabajo ni cómo estará mi jefe y la curiosidad me mata. Vale que Marco no sea santo de mi devoción, pero no quiero que le pase nada malo aunque.. Pensándolo bien.. Si se da de baja un tiempo no seré yo quien se queje. Unos golpes en la puerta interrumpen mis pensamientos.
—Lucía, tenemos reunión en la sala cuatro. —comenta Martina de recepción, asomando la cabeza por el quicio de la puerta.
Cojo mi móvil del bolso y tras meterlo en el bolsillo de mis vaqueros me dirijo hacia la sala cuatro. Nada más entrar veo que hay tres compañeras llorando y todos los demás miran hacia el suelo con el rostro serio. Me empiezo a preocupar de inmediato. Quizá Marco sí que ha fallecido.. ¿Qué será de la editorial ahora?
—Bueno.. —el vicedirector carraspea y hace un repaso por la sala con la mirada—. Tengo que comunicaros que nuestro director Marco Hernández ha fallecido. —la sala se enciende en murmullos—. Seré el director en funciones hasta que decida quién puede ser el próximo director o la próxima directora de Ediciones S.A Madrid.