Capítulo 2

1630 Palabras
No sé cuánto tiempo permanecí en esa habitación privada. Solo sé que cuando finalmente regresé a la villa de los Olson, el lugar estaba igual de animado que el banquete del hotel. Mucha risa, muchas voces… demasiada gente. Y entre ellos, seguramente, estaba Enzo. El corazón me pesó tanto que apenas pude caminar. Traté de volverme invisible y dirigirme rápido hacia las escaleras. Pero justo cuando puse un pie en el primer escalón, una voz demasiado familiar me detuvo: —Ya estás aquí. ¡Qué bueno! Estábamos preocupados porque no te encontrábamos. Me giré despacio. Sin expresión. Mi prima Sofía Olson caminó hacia mí, preciosa, radiante, con su vestido impecable. Qué irónico. Yo parecía una mendiga, y ella, la protagonista del cuento. Se acercó y me tomó de las manos, como si fuésemos íntimas. Sus ojos recorrieron mi vestido manchado con un brillo despectivo que trató de disfrazar bajo una expresión “inocente”. —Lo siento —dijo con falsa pena—. Tomé la copa y te la tiré encima impulsivamente para que entraras en razón. Seguro que lo entiendes… ¿verdad? —No —respondí tajante, apartando sus manos con asco. El enojo me quemaba por dentro. —Sofía, ¿qué demonios hiciste? Sabías que yo estaba enamorada de Enzo. Tú lo sabías. ¿Por qué dijiste delante de todos que tenía hipocondriasis por estar obsesionada con él? Ella fue la primera persona en quien confié. La primera en saber de mis sentimientos. La primera en prometer que guardaría silencio. Y fue la primera en traicionarme. La señora Miranda apareció de inmediato, alarmada por el tono de nuestra discusión. —¿Qué pasa, Sofía? —preguntó, aunque sus ojos ya me juzgaban antes de escuchar la respuesta. Cuando me vio entrar así: desordenada, manchada, ridícula… su expresión se tensó aún más. —¿Por qué no te has cambiado esa ropa sucia? —me reprendió sin esconder el desprecio—. El prometido de Sofía y los familiares Muriel están aquí. ¡Sube a tu habitación ahora mismo! ¿No fue suficiente vergüenza la que pasaste hoy en el banquete? Desvió la mirada como si yo fuera una plaga. Desde que mis padres se separaron, cuando yo tenia 5 años, había vivido en su casa. Una desgracia para la familia Olson. Estoy segura de que eso pensaba. Siempre lo había pensado. —¿Qué pasa? —se escuchó entonces una voz femenina desde la sala, suave, dulce… y demasiado familiar. Apenas escuché a la señora Miranda cambiar el tono —como si alguien hubiera encendido un interruptor dentro de ella— supe que la escena no era para mí, sino para los invitados. —Nada. Nada, Valeria regresó —dijo con esa voz falsa que siempre usaba cuando necesitaba verse “correcta”. Me dedicó una mirada afilada, casi cortante, antes de inclinarse hacia mí y murmurar: —Vuelve a tu habitación rápidamente. Si vuelves a causar problemas, no te perdonaré. Sentí cómo mis manos, colgando a los lados, se tensaban para que no se me escapara la rabia por la garganta. Apreté los dedos y me obligué a dar la vuelta. No dije nada. Ya no valía la pena. Mientras me alejaba, escuché cómo sus pasos se juntaban con los de Sofía. Pude imaginar sus sonrisas hipócritas mientras volvían al salón. —Lo sentimos —dirían—, Valeria volvió. Debemos preocuparnos por su estado de ánimo como familiares… Pero ya se calmó. Qué conveniente resultaba siempre convertirme en su excusa perfecta. Una mujer distinguida, sentada con la elegancia de quien cree tener la autoridad moral del mundo, dejó su taza y dijo: —No es gran cosa. Ella es bastante lamentable. “Lamentable”. La palabra me golpeó aunque ya estuviera fuera de su vista. Sofía, por supuesto, no perdió oportunidad de lucirse. La escuché desde el pasillo, con esa voz dulce y venenosa que me provocaba arcadas. —Enzo es tan encantador —dijo— que hizo que mi prima lo obsesionara tanto. Obsesión… si supieran la verdad, si supieran lo que realmente pasó… pero claro, era más fácil hacer de mí un espectáculo. No escuché más. Enzo no dijo nada; nunca lo hacía. Solo guardaba silencio. Un silencio que a veces dolía más que sus palabras. La noche cayó, pero para mí no significaba descanso. Pov Erick El olor a tabaco, alcohol y perfume barato me golpeó apenas crucé la puerta del sitio de entretenimiento. La música retumbaba como si alguien intentara perforar mis oídos. Antonio siempre elegía los lugares más ruidosos y más innecesariamente ostentosos. Aun así, la gente se abrió para dejarme pasar. La costumbre de muchos años: donde yo entraba, otros se movían. En una habitación privada, decorada con más gusto del que esperaba para un lugar así, vi a un tipo apagando su cigarrillo y levantándose al verme. —Por fin —dijo. Yo me detuve en seco. Mis ojos recorrieron a las jóvenes con vestidos ceñidos que tenían a mi alrededor. Todas miraban con una mezcla de interés y cálculo. No me gustó. —¿Qué pasa exactamente? —pregunté, dejando claro que no tenía paciencia para juegos. Antonio se acercó como si nada. —Conozco tu reciente crisis. Así que quiero ayudarte. Antes de responder, me tomó por los hombros —como si yo fuera un amigo de bar, no el heredero del Grupo Satman— y me guio al sofá. Chasqueó los dedos. —Pónganse todas delante del señor Erick. A un metro de él. Que las vea. Las mujeres obedecieron de inmediato. Una fila de diez. Algunas me miraban con timidez, como si eso pudiera despertar algo en mí. Otras exageraban al caminar, sacando el pecho, arqueando la espalda… intentando mostrarse irresistibles. Pero yo solo sentí fastidio. Miré al frente, impaciente, con ese peso desagradable en el estómago que me da cuando alguien “decide” por mí. Antonio, sentado a mi lado, sonrió satisfecho con su obra. —¿Qué tal ellas? Excelentes, ¿verdad? Me tomó mucho tiempo elegir estas diez mujeres increíbles. ¿Cuál te gusta? Puedo aconsejarte. Suspiré, hice una mueca y levanté ligeramente el mentón. La postura de siempre. La que intimidaba a mitad del mundo sin esfuerzo. Recorrí a las mujeres de arriba abajo, sin ningún interés real, y dije con frialdad: —Antonio, ¿de verdad crees que me pueden gustar mujeres que se han sometido a cirugía estética? Él arqueó las cejas y me extendió un vaso de whisky. —Al menos cumplen con los requisitos visuales. Solo necesitas una esposa para casarte. Elige una que te resuelva el trámite. No vas a vivir con ella toda la vida. Tomé el vaso, dejé que el alcohol me quemara un segundo en la garganta… y me reí. Apenas un soplo de desdén. —¿Sabes? Estas diez mujeres no son, en un aspecto, tan buenas como la que conocí este día. Antonio frunció el ceño. —¿Qué aspecto? —No son tan estúpidas como ella. Sí, lo dije. Y lo pensé. Al menos, Valeria no ocultaba sus intenciones bajo capas de maquillaje y cirugía. No se disfrazaba para obtener mi apellido. No sabía quién era yo cuando abrió la boca para hablar de un matrimonio falso. Ella… simplemente era ridícula. Ridículamente honesta. Ridículamente directa. Ridículamente desordenada. Y eso, de alguna manera, resultaba menos repulsivo que toda esta escena cuidadosamente montada por Antonio. Él parpadeó, sorprendido. Creo que en ese instante entendió que había perdido su tiempo. Terminé el whisky, me puse de pie y me dirigí a la puerta sin mirar atrás. —Encontraré la manera de resolver mis cosas. No hagas estas cosas inútiles. No necesitaba un catálogo humano. No necesitaba su tipo de ayuda. Salí de la habitación, ignorando las miradas decepcionadas de las mujeres y la confusión de Antonio. Mis asistentes y guardaespaldas me siguieron de inmediato, como sombra entrenada. Apenas me acomodé en el asiento trasero del Maybach n***o, escuché el sonido del móvil de mi asistente vibrando desde el asiento del copiloto. El tipo casi saltó para sacarlo del bolsillo, como si su vida dependiera de ello. —Señor Erick, el señor Louis está llamando. Fruncí el ceño de inmediato. —¿Está llamando? —respondí, molesto, como si la sola idea de esa llamada me diera dolor de cabeza. —Conduce y ya. —D-de acuerdo. El coche arrancó y yo cerré los ojos, intentando ganar un segundo de silencio. La presión que sentía últimamente se acumulaba en mi cabeza como un peso insoportable. Si no encontraba una mujer “adecuada” en poco tiempo, toda esa gente que me rodeaba —mi familia, los accionistas, los malditos oportunistas— usarían eso como excusa para quitarme el puesto. Y el abuelo… El señor Louis haría lo que fuera para obligarme a casarme. Le importaba más un matrimonio conveniente que mi vida real. Pero encontrar una mujer “cualificada”… ¿qué demonios significaba eso siquiera? Todas las que me presentaban eran copias unas de otras: labios artificiales, intenciones calculadas, sonrisas entrenadas. Y entonces, sin quererlo, una imagen se coló en mi mente. Una cara delicada. Ojos nerviosos. Un vestido desordenado. Una voz temblorosa hablando de matrimonio falso como si fuera una negociación cualquiera. Valeria. Abrí los ojos bruscamente y maldije por lo bajo. —¡Maldita sea! ¿Por qué pensé en ella? Solo había sido mencionada por encima. Solo la vi una vez. Solo dijo una estupidez monumental. Y aun así, ahí estaba su cara, metida en mi cabeza como si quisiera permanecer. Negué con la cabeza, irritado conmigo mismo. No podía darme el lujo de distraerme. No ahora. No por una mujer que claramente no sabía en qué mundo vivía. Pero aun así… Seguía recordándola.
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