—No, está bien escogerlos aquí mismo. No quiero perder demasiado tiempo —respondió Erick con frialdad—. Y por cierto, solo llámame Erick. Así evitaremos llamar la atención. —¡Entendido! —Como desee —respondió el gerente, inclinándose antes de ordenar al vendedor que sacara cinco anillos de boda reservados específicamente para ellos. Uno tras otro, los anillos fueron colocados sobre el mostrador. Valeria quedó deslumbrada al ver los enormes diamantes de corte impecable. Eran demasiado lujosos, demasiado llamativos, demasiado… pesados para sus delicados dedos. Erick la observó de reojo y preguntó: —¿Qué te parecen estos anillos? ¿Te gusta alguno? Valeria forzó una sonrisa. —Todos son… muy hermosos. En realidad, pensaba: Con un diamante tan grande, ¿no se me romperá el dedo? Si fuer

