Capítulo 2: Solo es un juego.

1653 Palabras
Un beso acuoso se posó en los labios de Valeria, robándole el aire por unos instantes, empujándola a devolver el beso con la misma intensidad. —Ven, vamos a mi auto —sugirió Mateo, ansioso por liberar la erección que el roce con el cuerpo de Valeria le había generado, pero no consiguió soportarlo y en medio camino, la sujetó por el rostro, besándola una nueva vez. A pasos torpes, ambos llegaron hacia el auto de Mateo, ella lo observó con detenimiento, deduciendo que era un auto lo suficiente costoso, luego miró a Mateo, preguntándose si el hombre con el que estaba a punto de acostarse era una especie de adinerado mujeriego, ni siquiera le importaba de ser así, lo único que buscaba aquel día era que el placer disipara sus malas memorias. Él la introdujo en el auto, arrancándolo con una prisa que revelaba su desesperada condición. No les costó demasiado tiempo llegar, de hecho, en unos diez minutos, ambos se encontraban frente a la vivienda de Mateo, quien no soportaba más, menos con las coquetas caricias que recibía por parte de Valeria, que se divertía con su sufrimiento. —Vamos —le indicó con voz ronca una vez ambos llegaron, la ayudó a salir y la sujetó por el brazo izquierdo, incitándola a caminar hacia la casa; una enorme y solitaria. —¿Vives aquí solo? —se vio ella en casi obligación de preguntar, lo que menos quería era que alguien se apareciera allí en medio del acto. —Sí —respondió Mateo, con la voz áspera de la excitación, en su rostro se podía ver lo poco que soportaría, ella lo confirmó cuando fue tomada por el cuello con suavidad, siendo arrojada hacia el sofá, en donde él la empezó a besar, introduciendo su lengua en la boca de Valeria, quien jadeó del placer. La lengua de Mateo recorrió todos los márgenes de la boca de Valeria, el beso se prolongó hasta que ambos quedaron sin aliento. Luego, él empezó a succionar el cuello de la mujer, dejando pequeñas, pero visibles marcas en este. Con apresuramiento, mientras se frotaba contra ella, fue deshaciéndose de su pantalón, liberando aquello que había estado comprimiendo por más de quince minutos. La sujetó por el cuello con debilidad, pero firmeza, indicándole que se colocara sobre el suelo. Una mirada coqueta se le escapó a Valeria de los labios, de manera lenta se colocó de rodillas sobre el suelo, recibiendo aquello que él tenía para darle. Al instante, se sintió llena de él, sus movimientos se convirtieron en rápidas succiones que ocasionaron bruscos jadeos en Mateo. Ella fue sostenida por el cabello, sintió como los largos dedos de él se enredaban en su oscura melena y la impulsaban a succionar con más rapidez, con mucha más profundidad, cuando menos lo imaginó, se encontraba asfixiada por la inmensidad de un excitado Mateo, quien meneaba sus caderas con apresuramiento. La lengua de Valeria iba desde el g lande hasta cerca de los t estículos, succionándolos también, transportándolo a un mundo de placer en el que jamás se había podido concebir. Solo cuando sintió aquel líquido blanco escurrirse fuera de su boca repleta, se detuvo y le observó directo a aquellos ojos hambrientos, aquellos ojos que claramente quería más de ella, mucho más de un placer que ella estaba dispuesta a darle. Con ayuda de la mano de Mateo, ella se paró del suelo, un jadeo de sorpresa se escapó cuando fue alzada por él y conducida hasta la habitación del hombre, fue arrojada sobre la cama con las piernas entreabiertas, de inmediato, sintió como él se acomodaba sobre ella y volvía a unir sus labios en lo que era tal vez el beso más placentero que alguna vez ella había sentido. La lengua de él se escurría de maneras inimaginables por su boca, luego, salió de allí y fue descendiendo por todo el abdomen de Valeria, quien de manera agitada, solo observó como él empezaba a desnudarle y arrancarle la ropa interior. Un fuerte gemido se escapó de sus labios trémulos del placer cuando sintió como la lengua de Mateo jugaba en el interior de ella, intercalando la profundidad, haciéndola jadear entre temblores que era incapaz de soportar, sus ojos se transformaron en dos círculos blancos, poseídos por el placer que los movimientos de Mateo le provocaban. El hombre alzó las piernas de Valeria, llevando sus movimientos hasta el límite en el que solo jadeos de placer podían ser escuchados en aquel cuarto. Ella gimió de manera estremecida cuando él empezó de nuevo a subir hacia su cuello. Se estremeció cuando sintió como los dedos del hombre se introducían poco a poco en ella, entre movimientos que terminarían enloqueciéndola del placer. Débiles mordidas se iban aferrando al cuello de la mujer a medida que esta se desvanecía de placer por aquellos dedos que pronto salieron de ella. Las manos de Mateo se aferraron a la cintura de Valeria, quien le observó a los ojos cuando una profunda embestida se apoderó de ella, de su cuerpo, de sus sentidos. De inmediato, una lluvia de embestidas le siguió a la primera, tan fuertes y profundas, eran una combinación de placer y dolor que convertía aquel instante en el más placentero de toda su existencia. La sujetó por la espalda, sentándola sobre él, y hundiéndola mucho más. Sabía que era demasiado grande para ella, pero no decía nada, siempre había tenido la idea de que había un enorme placer en el dolor físico, justo como en aquel instante en el que sus energías se desvanecían mientras era profundamente penetrada por un completo desconocido. Él apretó ambos pechos de la mujer, con fuerza, luego se aferró de nuevo a la cintura de Valeria, meneando sus caderas con tanta rapidez que solo los gemidos sofocados e intermitentes de ella podían ser escuchados. De pronto, él la giró, dejándola en una posición en donde ella le diera la espalda. La mano de Mateo viajó hasta el cuello de Valeria, apretando con poca fuerza, el gesto que apenas vio, le indicó a Mateo que apretara, y así él lo hizo, un corto gemido se escapó de los labios de Valeria, y una sonrisa se escapó de los labios de Mateo. —Así que te gusta el dolor —le murmuró, ocasionando que un placentero escalofrío se apoderara de todo el cuerpo de Valeria—. Si te gusta el dolor, yo estoy dispuesto a dártelo. —Ella, fue sostenida por la cintura, arrinconada contra la pared, sintió como el m*****o de Mateo, tomó otra vía mucho más estrecha, una que nunca había sido visitada por nadie—. ¿Te gusta esta clase de dolor? —le preguntó él, con la voz rasposa del placer. —Nunca lo he experimentado —admitió, con sus energías casi extenuadas. —¿Quieres experimentarlo? —le preguntó él, apretándola cada vez más de la cintura, ella guardó silencio por unos instantes, parecía analizárselo, jamás lo había hecho por detrás, de hecho, lo evitaba siempre con su antigua pareja, no tenía ninguna experiencia por aquella zona, solo había escuchado que dolía enormemente, pero, equilibrar el dolor de algo nuevo, con el placer de los movimientos sorprendentes de aquel desconocido, le parecía algo demasiado atractivo para hacer. —Sí, hazme sentir el dolor —pidió, entre placenteros nervios. Él dejó que una sonrisa se trazara en su rostro cubierto por el sudor del placer y la fue poco a poco posicionando. Nunca había conocido un placer como aquel, él de sentir como poco a poco, su cuerpo se hundía en el dolor más intenso pero delicioso que había experimentado jamás. Ella apretó sus puños, las venas de su cuello parecían reventar, sus ojos se cerraron con fuerza, sudor se empezaba a escurrir por su frente, solo tenía una parte adentro, sentía que no podía soportarlo, pero al mismo, quería sentirlo completo, no era capaz de comprenderse. Un profundo y ronco jadeo se escapó de los labios de Valeria cuando la mitad se encontró dentro de ella, dejó su caer su cabeza sobre el hombro de Mateo, quien sonreía al ver las expresiones de la mujer, poco a poco, él empezó a moverse dentro de ella, Valeria se aferró al brazo de Mateo al sentir aquello, mordió sus labios con tanta fuerza que se lastimó. ¿Cómo algo tan doloroso y placentero podía existir? Él siguió introduciéndolo, esta vez, dispuesto a introducirlo completo. La sujetó con fuerza por el estómago, lamió su oreja y empezó a respirar de manera ruidosa, observando la expresión que se apoderaba de Valeria cuando lo tenía casi completo en ella. —No sé a ti —le murmuró Mateo, con la voz tan ronca del placer que apenas fue capaz de ser entendido—… pero a mí me gustan las cosas rápido. —Un fuerte jadeo se escapó de los labios de Valeria cuando de una sola estocada, lo tuvo todo dentro de ella, fue sostenida por el cabello y embestida con tanta rapidez que su cuerpo empezó a temblar del placer, era incapaz de pensar, era incapaz de hablar, solo podía sentir el dolor más placentero que alguna vez un hombre la hubiese hecho sentir. Sus glúteos colisionaron contra la cadera de Mateo, ella intentaba buscar algo en donde sostenerse, los movimientos iban tan profundos en su interior que tenía el presentimiento de que no se le haría demasiado fácil caminar luego de aquello, rió pensando en eso. —¿De qué ríes? —preguntó Mateo, embistiéndola más fuerte, una sonrisa perversa también se deslizó por sus labios masculinos—. ¿Tanto te gusta el dolor? —Sí, d-demasiado —apenas pudo ella decir, la presión que sentía en su cuerpo era demasiada como para poder hablar—. Pero recuerda que… recuerda que esto es solo un juego entre ambos… … un juego en el que pierde quien se enamora.
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