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Desde el día en el que la había tocado por primera vez, no había podido sacársela de la cabeza, se habían encontrado una infinidad de veces desde ese entonces, recordándose siempre al terminar, que aquello solo era un juego en donde sus cuerpos estaba involucrados, no tenían que tratarse como una pareja, pues no lo eran, ambos tenía la libertad de hacer lo que quisieran una vez estuvieran el uno lejos del otro, tampoco tenían que asistir a citas juntos, ni hacer nada de lo que se supone que se requería para enamorarse de alguien, pero, para la desgracia de Mateo, en esas últimas semanas no había podido sacársela de la cabeza, no era capaz de explicarlo adecuadamente, pero no había podido sacarse de la cabeza, no solo el toque del cuerpo de Valeria, si no su voz, su risa, sus ocasionales bromas, su manera de ser… sabía que aquello era algo malo, sabía que era probable que ella estuviese acostándose con otro hombre mientras él se encontraba allí, guardándole una estúpida fidelidad.
A nadie le había hablado sobre sus encuentros ocasionales con ella, pues una de las reglas del juego era aquella: nadie tenía que saber lo que ambos hacían, pues al final, ninguno de los dos guardaba un compromiso con el otro. Entonces, si sabía aquello ¿por qué diablos sentía lo que sentía cada vez que la recordaba? No eran solo ganas de poseer su cuerpo, eran ganas de que ella lo mirase como algo más que su simple compañero s exual.
—Eres un estúpido, Mateo —se dijo a sí mismo, arrojando su cabeza hacia atrás—. Un completo estúpido —murmuró acariciando su sien con arrepentimiento.
Terminó de organizar unos cuantos papeles que habían dispersos en su escritorio y se preparó para irse de allí. Tenía ganas de muchas cosas, pero las energías para casi nada, así que elegía mejor ir a su casa a dormir, o tal vez ir a beber un poco, no era alguien demasiado bebedor a decir verdad, pero en esos últimos cuatro meses, solía ir al bar en donde la había conocido, especialmente en las últimas semanas, pues cada vez que iba, la encontraba hablando con un hombre, aquello, lo hacía enloquecer de celos, pero se decía a sí mismo que tenía que tranquilizarse, pues una vez más: ellos no eran nada. Solo compartían cuerpos, él no tenía algún derecho sobre ella.
«¿Y por qué diablos no puedo dejar de pensar en ella todo el tiempo?», se cuestionó, abrumado.
—Creo que tal vez estoy perdiendo el juego —se murmuró, sabía que si perdía aquel juego y ella se daba cuenta, no solo todo se terminaría, sino que ella se iría con otro, y él no quería que ella se fuera con otro, porque él…
Porque él la quería… la quería de verdad.
Cuatro meses habían sido suficientes para darse cuenta de que no solo se trataba de un deseo carnal el cual sentía sobre ella. Y sabía que tarde o temprano, haber roto las juegas del juego, le lastimaría.
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Como siempre, ella se encontraba allí, en una esquina del bar, con una botella en la mano, le daba la espalda, él no iba allí para llamar su atención, iba solo a relajarse un poco, pero no podía evitar sentir unos profundos celos cada vez que un hombre se le acercaba.
—Dame un vaso simple —pidió, y pronto le fue entregado.
—Hoy estás más preciosa que nunca. —La cabeza de Mateo se giró con brusquedad cuando escuchó cuando un sujeto se le acercó a Valeria y le dijo aquello, de manera disimulada, se aproximó a ambos, con intenciones de escuchar sus palabras.
—Ni siquiera sé quien eres. —Mateo no pudo negar la relajación profunda que sintió al escucharla decir aquello.
—Yo tampoco —había dicho el tipo, que, por su manera de hablar, era evidente se encontraba ebrio—. Pero, ¿a quién le importa? ¿Quieres ir a dar una vuelta conmigo?
Ella guardó silencio, parecía pensarlo.
—Tal vez —dijo ella, ocasionando que el estómago de Mateo se retorciera de los celos, le dio un trago profundo a su bebida y continuó escuchando lo que ella decía—. ¿Qué tienes para ofrecerme?
—Muchas cosas, guapa. —El ebrio se aproximó más a Valeria, quien no se movió ni siquiera un poco, él parecía que en cualquier instante la besaría, y a ella no parecía molestarle. Mateo estiró un poco su cabeza, intentando ver quien era el sujeto que coqueteaba con Valeria, dándose cuenta de que se había equivocado en su primer juicio, pues había supuesto que se trataba de un viejo ebrio de esos asquerosos que abundaban en el bar, sin embargo, se trataba de un hombre joven, incluso más joven que él, de aspecto atractivo, mucho más atractivo que él. Las inseguridades de Mateo se despertaron luego de un largo letargo, no recordaba la última vez en la que se había sentido celoso en su vida, había aprendido a desconfiar de las mujeres una vez que descubrió que a quien consideró el amor de su vida le era infiel con otro.
—¿Cosas como qué?
—¿Quieres verlas? Vamos, eres demasiado atractiva, alquilemos un cuarto en el motel que está a cinco minutos de aquí.
—No —se negó ella, tranquilizando a Mateo—. No hasta que me digas que puedes ofrecerme. —Una sonrisa coqueta se esculpió en el rostro de la mujer.
—¿Qué puedo ofrecerte? Cariño, además de la mejor noche de tu vida, puedo ofrecerte dinero, joyas, ropas, lo que sea, solo vamos, estoy perdiendo la paciencia.
Mateo bufó con pesadez, diciéndose mentalmente que él podía ofrecerle eso y mucho más a Valeria, diciéndose que él podía ofrecerle amor, algo que ella, por lo visto, no buscaba ni un poco.
—¿Eres adinerado? —preguntó ella, jugando con su bebida.
—Sí, querida, vamos, te lo mostraré.
Ella guardó silencio, terminando su bebida.
—Mejor no —pronunció Valeria, antes de ponerse de pie y retirarse, no sin antes ofrecerle una burlona mirada a Mateo, quien en aquel instante se sintió atrapado—. Deberías aprender a espiar mejor —le dijo, antes de retirarse contoneando su cuerpo.
Él le dio un trago más a su vaso casi vacío, luego suspiró, afligido, sería difícil sacarse a esa mujer de la cabeza si ella elegía irse con otro.
Y lo peor, era que en cualquier momento algo así podría ocurrir.