Caminó fuera de aquel bar, y no tomó mucho tiempo para sentir los pasos de alguien cerca de los de ella, por un segundo, creyó que se trataba de Mateo, pero luego enarcó una ceja al darse cuenta de que se trataba del mismo sujeto que le había propuesto acostarse con él.
—¡Ven aquí, no he terminado de hablar contigo!
Ella apretó el paso, sin mirar atrás, y solo giró cuando sintió como una mano del hombre se posaba sobre su hombro.
—¡No me toques! —le chilló, alejándolo de un manotazo.
—Estás perdiendo la oportunidad de tener la mejor noche de tu vida, ¿qué no te das cuentas? —Sus intentos de seducción, hacían demasiado contraste con su voz tan arrastrada por la ebriedad—. Vamos, como sea que te llames, ven conmigo…
—Ella dijo que la sueltes. —La voz de Mateo emergió del fondo, y poco a poco fue acercándose a ambos.
—¿Y tú quién diablos eres? Ay, ¿saben que? Váyanse al infierno ambos —insultó el sujeto, alejándose a paso arrastrado de la escena.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —respondió ella—. Ni siquiera me tocó.
—Tienes que tener más cuidado con los lugares que frecuentas a estas horas tan altas de la noche, Valeria, podría ocurrirte algo.
Ella lo miró, enarcando una ceja.
—Y si me ocurriera algo, ¿qué harías?
Él no comprendió su pregunta, o, dicho de otra manera, la había entendido, solo que no contaba con una respuesta para darle; ¿qué haría? Probablemente se asfixiaría en un profundo sentimiento de devastación e impotencia.
—¿Qué se supone que debo de hacer? —contraatacó con otra pregunta.
Ella sonrió.
—No sé, eso te pregunto, Mateo. ¿Qué haces en un bar a esta hora?
—Nada que te incumba.
—Seguro viéndote con otra —masculló Valeria sin ninguna expresión, él sonrió.
—Y de ser así, ¿qué? ¿Acaso sientes celos?
Ella rió con doblez, apretando el paso; el frío era infernal e insoportable.
—No tendría por qué —le escupió—. Así como tú no tendrías que preocuparte por los lugares que frecuento.
—Acabo de salvarte de ser víctima de un posible pervertido, ¿y así me lo agradeces?
—¿Me vas a echar en cara que me salvaste?
—No, elijo echarte otra cosa en la cara.
Una sonrisa involuntaria se escapó de los labios de Valeria, aunque pronto la desapareció, permitiendo que su rostro adquiriera la misma seriedad que siempre parecía tener.
—Eres un pervertido.
—¿Yo soy el pervertido?
—¿Estás seguro de que no vienes aquí a verte con otras? —preguntó Valeria, re direccionando el rumbo de la conversación.
—¿Y qué si lo hago? ¿Hay algún problema con ella, Valeria? —La sonrisa que había en el rostro de Mateo revelaba lo mucho que parecía divertirse en aquella situación.
—No quiero que me contagies algo —explicó—. Es solo eso, ¿acaso crees que me importas más allá de la cama? ¿Acaso crees que no me follo con diez tipos más como tú?
La sonrisa se desplomó del rostro de Mateo, ella sonrió con triunfo, en realidad, él era el único con quien mantenía esos encuentros tan frecuentes, pero le gustaba jugar con sus emociones, más ahora que tenía una minúscula suposición.
La suposición de que él empezaba a perder el juego.
Analizándolo con más detenimiento, no era gracioso, era preocupante, porque ella sentía que ella también estaba empezando a perderlo.
—Si sigues acostándote con tantos hombres, quien tendrá cuidado seré yo y buscaré a otra.
—¿Estás amenazándome acaso, Mateo? —preguntó ella con un deje de furia, frenando en seco y dedicándola una mirada indescifrable.
—¿Por qué habría de amenazarte? ¿No se supone que esto es un simple juego?
Ella tragó saliva.
—Lo es —respondió, acercándose a él de manera lenta—. Y esta conversación me ha dado ganas de jugarlo esta noche.
**
Fue arrojada sobre la cama, su vestido estaba alzado, y su ropa interior, a medio bajar. Un beso apasionado se incrustó en sus labios rojos y mordidos.
Él la sujetó por el cabello con suavidad y empezó a penetrarla con tanta fuerza y profundidad que, una vez más, como cada vez que se juntaban, las piernas de Valeria empezaron a temblar del placer, apenas era capaz de formular palabra alguna. Disfrutaba tanto estar con él…
Tanto que la hacía reflexionar sobre el hecho de estar perdiendo el juego que ella misma había creado.
El débil agarre en el cuello por parte de Mateo, era, sin duda, una de las partes que más le excitaba. Una mordida suave se aferró a su cuello, las embestidas tan fuertes la enloquecieron por un instante, el sudor de ambas pieles colisionaba, creando un ambiente todavía más excitante.
La mirada perversa masculina que de vez en cuando caía sobre ella, la llenaba de una excitación tan profunda, que, junto a las profundas embestidas que por un segundo no se detenían, la sumergían en un apasionado y ajeno mundo de placer, uno del cual no quería regresar.
**
—¿Desde cuándo fumas? —cuestionó Mateo, viendo con detenimiento la espalda desnuda de la mujer, quien sacaba un cigarrillo de su bolso.
—Desde hoy —respondió ella, desinteresada, tenía cosas más importantes en las que pensar, como en por qué no quería irse, como en por qué quería quedarse a hablar con Mateo, de lo que sea en realidad, solo quedarse allí—. ¿Algún problema con ello?
—No es bueno para tu salud.
—¿Ahora eres doctor?
Él sonrió, levantándose y arrebatándole el cigarrillo de la boca antes de que ella fuese capaz de inhalar un poco de su humo.
—¡Dame el cigarro!
—Lo estabas inhalando mal de todas formas —rió él.
—¿De verdad?
—No mentías cuando dijiste que hoy es tu primer día fumando. —Él se colocó de pie y desechó el cigarrillo por la ventana—. Espero que sea el último.
—No me digas que hacer o que no hacer —le escupió Valeria, poniéndose de pie, permitiendo que Mateo inspeccionara su cuerpo desnudo, que, cada día estaba un poco más grueso, lo cual, en el fondo, le alegraba, pues cuando la había conocido, ella era tan delgada, que, luego, al ver la manera obsesiva en la que se preocupaba por la comida, no fue muy difícil deducir que algo estaba mal, él nunca había preguntado, tampoco había comentado nada al respecto, pero creía que ella parecía de una especie de anorexia, o algo similar.
—¿Quieres ir a comer algo, Valeria? —cuestionó Mateo, acercándose a la mujer quien negó con lentitud—. Vamos, por favor…
—No puedo hoy.
—¿Por qué no?
—Saldré con alguien.
Él tragó saliva con amargura, alejándose de la ventana.
—¿Puedo saber con quien?
—No —respondió ella, a medida que empezaba a vestirse—. No puedes saberlo.