Habían transcurrido tres días desde que se encontraba en la casa de Mateo, seguía sin sentirse demasiado cómoda; era una sensación difícil de describir, como si quería huir del propio enamoramiento al que tanto se negaba, el miedo a salir herida, seguía vivo, demasiado vivo como para ser ignorado. Había una voz en su cabeza que le decía que lo intentara, que nada perdía en admitirle que estaba enamorada de él, pero había otra que le impedía ejecutar, diciéndole que se ahorrara la humillación de ser rechazada por un hombre que solo quería su cuerpo, mas sentía un desinterés completo por su alma. No había segundo que no se atormentara por haber roto su promesa. Sudor se deslizaba por la piel de la mujer, quien apenas tenía voz. —Este solo será un juego, Mateo —le había advertido—. No quier

