Una punzada le llegó al estómago. Esperaba que la herida no estuviera sangrando de nuevo. Estar sentada solo había empeorado la incomodidad y si no encontraba una cama en la que acostarse, moriría de dolor próximamente. Era casi milagroso que no hubiera dado más que punzadas en la noche, tal vez porque se dopó con analgésicos. —¡Sila! —gritó la amable señora que estaba preparando los kebabs cuando entre la multitud del mercado pareció divisar a alguien conocido—¡Sila! ¡No pensé que vendrías el día de hoy! —Jiyan, no tienes que hacer tanto ruido—pidió en una voz un poco más calmada que su emocionada conocida. Elif disfrutó de su té mientras de manera inconsciente escuchaba la conversación. —Perdóname. Tenía semanas que no te veía. ¿Y las compras? Suspiró con un poco de agobió como si

