Estoy en el despacho de Lucas, esperando a que termine de revisar unos documentos sobre lo que sucedió recientemente. La tensión es palpable en el aire, y yo solo puedo concentrarme en la cadena que llevo en el cuello, mis dedos apretando con fuerza el amuleto. Siento cómo la ansiedad recorre mi cuerpo, como una corriente constante que no me deja en paz. La puerta se abre, y al instante me levanto de la silla con rapidez, como si el asiento estuviera quemando mi piel. Lucas entra al despacho con paso firme, pero su mirada está cargada de algo que no consigo descifrar. La atmósfera se vuelve pesada, llena de una tensión incómoda entre nosotros. Por un momento, no sé qué decir, no sé cómo comenzar a explicar lo que siento, lo que he descubierto, lo que ya no puedo callar más. Finalmente, de

