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Yvonne y El Amor Trascendental

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Descripción

Yvonne Clarke es una joven estudiante de Literatura de 24 años, aun no sabe muy bien lo que quiere hacer con sus estudios universitarios, pero está muy segura de conseguir una cosa: Un amor trascendental que rompa todas las barreras, incluyendo, irónicamente, las del sonido y el espacio-tiempo... ¿Podrá Yvonne Clarke cumplir su meta? ¿O quedará pendiendo de un hilo emocional?

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El Primer Encuentro
El aire de la tarde estaba cargado con ese silencio que antecede a algo importante. Caminaba por la avenida, distraída entre pensamientos, cuando lo vi. No había nada extraordinario en ese momento: un bar común, mesas en la vereda, gente yendo y viniendo. Pero cuando mis ojos se cruzaron con los suyos, sentí como si el mundo se hubiera detenido. —¿Yvonne? —preguntó con voz firme, como si supiera que yo iba a pasar por ahí. Me quedé helada, sorprendida de que supiera mi nombre. —¿Nos conocemos? —pregunté, tratando de mantener la calma aunque por dentro una corriente eléctrica me recorrió de pies a cabeza. Él sonrió con un gesto casi desafiante. —Todavía no. Pero lo haremos. Me reí nerviosa. No solía responder a extraños, y mucho menos detenerme, pero algo en su manera de mirarme me empujó a quedarme. Había una intensidad difícil de describir, como si sus ojos buscaran no solo mi rostro, sino algo más profundo, como si intentara leer mi alma. Nos sentamos en una de esas mesas del bar, casi sin darme cuenta. El mozo se acercó, tomó el pedido, y quedamos frente a frente. —¿Y bien? —pregunté—. ¿Quién sos realmente? Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. —Soy alguien que no cree en las casualidades. Y estoy seguro de que hoy no nos encontramos por azar. Sus palabras me hicieron sonreír, aunque también levantar una ceja. —Eso suena a frase ensayada. —No —dijo sin vacilar—. Es una certeza. Lo miré en silencio unos segundos. Había algo inquietante en su seguridad, pero al mismo tiempo me atraía. —Bueno… —suspiré—. Si no es casualidad, ¿qué significa entonces? —Que había algo en vos que yo tenía que conocer. Y algo en mí que vos necesitás ver. Me mordí el labio, intentando no mostrar cuánto me intrigaba. —¿Y cómo podés estar tan seguro? Él sonrió, esa sonrisa mezcla de misterio y ternura que pronto descubriría era su sello personal. —Porque cuando uno siente, no duda. Y yo lo sentí en el instante en que apareciste. Me quedé mirándolo, sin saber qué responder. En mi interior había una batalla: una parte de mí quería reírse, sacudirse la incomodidad y marcharse; pero otra parte, más profunda, quería quedarse y escuchar más, como si su voz fuera un imán. La charla fluyó sin que me diera cuenta. Pasamos de anécdotas triviales a confesiones inesperadas. Descubrí que tenía una manera muy particular de hablar: sus frases podían sonar simples, pero escondían un trasfondo que me hacía repensarlas una y otra vez. En un momento, noté que el café se había enfriado y que el sol ya estaba cayendo. Habíamos hablado por horas. —Se me pasó el tiempo volando —dije sorprendida. Él me miró intensamente. —Eso pasa cuando el alma reconoce a alguien. El tiempo deja de ser un obstáculo. Sentí un cosquilleo extraño en el pecho. —Sos intenso, ¿sabías? —le dije, tratando de romper la tensión con humor. Él rió, esa risa grave que parecía retumbar más de lo normal. —Y vos sos más valiente de lo que pensás. —¿Valiente? ¿Por qué? —Porque te quedaste. Pocas personas se animan a seguir a su intuición en lugar de salir corriendo. Me quedé callada, jugando con la cucharita del café. Tenía razón. Algo en mí me decía que debía estar ahí, aunque no entendiera por qué. Finalmente, él se levantó. —Ya es tarde. Pero esto recién empieza. —¿Y cómo estás tan seguro de que habrá un "después"? Él inclinó la cabeza, mirándome con una calma que me desarmó. —Porque vos también lo sentiste. No tuve fuerzas para negarlo. Y mientras lo veía alejarse por la vereda, supe que ese día marcaría el inicio de algo que iba a cambiar mi vida. La noche cubría el barrio con su silencio cuando lo volví a ver. Él chico estaba en la plaza, sentado bajo un farol, con un cuaderno en las rodillas y la mirada perdida en las páginas. No parecía escribir solamente; era como si hablara en secreto con algo que yo no podía ver. Me acerqué sin pensarlo demasiado y solté, casi como un juego: —¿Escribes sobre mí? Él levantó la vista y sonrió, con esa calma que siempre me descolocaba. —Quizás sí. Quizás todavía no lo sé. Sentí que el aire se aflojaba entre nosotros, como si hubiéramos encontrado un hilo invisible que nos unía. Me senté a su lado sin pedir permiso, segura de que pertenecía a ese lugar. —Creo que vine a buscar algo —confesé después de un silencio—. Aunque todavía no sé qué es. Él me miró con una seriedad suave, casi luminosa. —Tal vez lo encontraste. Su respuesta me atravesó más de lo que quise admitir. El silencio que siguió estaba lleno de sentido; no era incómodo, era un puente que se tejía entre los dos. Seguimos hablando de todo y de nada: de los sueños que me perseguían, de las señales que encontraba en las horas espejo, de sus miedos y de cómo convertía el dolor en palabras. Todo fluía con una naturalidad extraña, como si retomáramos una conversación interrumpida mucho tiempo atrás. En un momento, jugué con una hoja que recogí del suelo y le pregunté: —¿Creés en las casualidades? Él sostuvo mi mirada con una calma que me desarmó. —No. Creo en las sincronías. En que las cosas llegan cuando estamos listos para verlas. Sentí un escalofrío. —¿Entonces… vos y yo? —Vos y yo —repitió, como si fuera una verdad evidente. La medianoche nos encontró todavía ahí, hablando entre risas y silencios cargados de algo nuevo. Cuando me levanté para irme, él me detuvo con una frase que quedó grabada en mi pecho: —Nos volveremos a ver. No porque lo quiera, sino porque así tiene que ser. Me marché con una sonrisa que no pude contener. En lo más profundo de mí, supe que esa noche había marcado un comienzo.

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