Vivía en un lugar apartado de la ciudad, en un bloque de edificios nuevos, en el último piso de uno de los edificios más grandes. Bien aislada.
El apartamento era lujoso, moderno, elegante y amplio. Muy, muy amplio. Pero prefería eso, a estar encerrada en una cajita de fósforos en el centro de la ciudad. Tenía un living con sillones cuadrados, una mesa de centro de vidrio, cocina americana con los utensilios más modernos de acero inoxidable que podían existir, con muebles de madera y puertas de vidrio. El comedor era una mesa larga también de vidrio adornado con un florero n***o con flores blancas, que quedaba al lado del balcón, un balcón grande y con sillas de mimbre. De las paredes colgaban cuadros de pintores para nada conocidos, pero que a mi me gustaban.
Nada de fotos personales.
Pero lo que más me gustaba, no eran las vistas impresionantes del balcón, era que al lado del gran ventanal, justo en la esquina, tenía un mini bar. Uno para mi solita.
Y no, no es que fuera una alcohólica, pero nuca estaba de más para el estrés o cuando me bajaba la menstruación. Nada de analgésicos. Una copita de tinto era la solución.
Colgué las llaves y dejé la cartera en el primer sillón que encontré a mi paso. Con la intención de ponerme algo más cómodo que mi falda de tubo blanca, fui a mi habitación.
Entrar allí, era entrar a un mundo paralelo, pues, mientras afuera todo era blanco/gris/n***o, adentro era de color verde, en distintas tonalidades. Hasta las cortinas eran de ese color. Además, tenía cuadros con fotografías mías y junto a mi hermana colgadas en las paredes, y sólo una con mis padres, la cual estaba sobre el tocador en una esquina de mi habitación.
La relación con mis padres estaba deteriorada desde hace ya mucho tiempo, más o menos de cuando era una adolescente con aires de grandeza, debido a los constantes problemas a los cuales siempre entraba. Y nuestra relación terminó por romperse cuando les dije a lo que me quería dedicar: Policía de investigaciones. Para ellos fue como una ofensa, pues eran muy conservadores y según ellos, éste era un trabajo de hombres. Con el tiempo he ido demostrando que no es así, mediante mis constantes logros y ascensos, cosa que a ellos cabrea más.
No obstante, para celebraciones como cumpleaños o navidad, es inevitable reunirnos en la casa de mi hermana, Emma, quien seguía manteniendo una buena comunicación con mis progenitores, dado que ella sí eligió una carrera para señoritas. No la culpaba, claro. Si a ella le gustaba secretariado, no era mi problema.
Abrí la puerta de mi armario, el cual era una habitación entera y tenía acceso sólo desde el baño de mi pieza. Era gigante y en él, guardaba toda la ropa, no solo la de temporada. Busqué la vestimenta deportiva, dando con unas calzas y una amplia sudadera blanca. En cuanto estuve vestida con ello, fui hasta el living y con la música a volumen máximo, comencé a limpiar el lugar.
Moví los sillones, limpié mesas, ventanales, muebles y cambié sábanas. También cociné para el resto de la semana, guardando mi almuerzo en cinco pocillos impermeables listos para llevar junto a la ensalada.
Sí, era bastante organizada.
Y la verdad, lo prefería así. Prefería mil veces tener todo bajo mi control e ir a la segura, que depender de los planes de otra persona y quedar a la deriva sin saber qué hacer y sin poder manejar mis acciones.
Casi a media noche estaba rendida, pero estaba todo listo, tenía un fin de semana que disfrutar, en el cual también pensaría la propuesta de trabajo.
El rostro de Camilo apareció en mi mente junto a su recomendación de que me pensara bien las cosas.
Sacudí mi cabeza y volví a lo que hacía.
El sábado me desperté cerca del medio día, almorcé con calma y por la tarde vi una película. A las siete decidí comenzar a arreglarme para la salida de Christopher. Me esperaba una elegante cena y posteriormente una larga noche en mi departamento o en el suyo. Si era en el mío, toda la 'magia' ocurría en la habitación de invitados, y si era en el suyo, apenas terminaba todo, y sin importarme la hora, pedía un taxi o en mi mismo coche volvía a mi hogar. No me gustaba despertar sudada y con el pelo revuelto en la cama de alguien más. Por suerte, a Christopher le parecía bien.
El sonido de mi celular llamó mi atención, por lo que lo cogí y antes de contestar miré la pantalla: Emma.
-Hola, hermanita.
-Hola Emma. ¿Cómo estás?- Contesté sonriente. Mi hermana mayor era mi cómplice, sabía mucho de mí y viceversa, pues había aprendido a no confiar en alguien que no fuera ella, y aunque Christopher se acercaba a tener un poco de mi confianza, no la tenía, debido a que era mi jefe. De todas formas, era mejor así, ya que no me apetecía gritar mis cosas a los cuatro vientos y que luego todos tuvieran que opinar de mi vida. Ni de coña.
En resumen, Emma era la única persona que lograba sacarme más de unas cuantas palabras. Además, pese a las claras preferencias que hacían nuestros padres entre nosotras, no habían logrado que nos distanciáramos, al contrario, nos unió el doble. Mi hermana era mi única debilidad, mi única persona de confianza.
-Bien, bueno, no. Tuve un problema con Raúl, nos peleamos y ya te imaginas el resto.- Raúl era el marido de Emma, y pese a que la unión civil de ése tipo me era irrelevante, el tipo me caía bien.
-Algo. ¿Quieres dormir acá?
-¿Sería mucha molestia? Puedo dormir en el sofá.
-No seas boba. Te quedas en mi habitación. De todas formas, no estaré en casa esta noche, pero te prometo que lo estaré para el desayuno.
-Perfecto, porque estoy justo afuera.- Colgué y fui corriendo a abrir la puerta. Allí estaba mi hermana con un bolso de mano. Automáticamente la atraje a mis brazos.
Emma y yo nos parecíamos, ambas éramos rubias, sólo que yo me había aclarado el pelo artificialmente, ambas teníamos los ojos claros, yo verde y ella de un castaño claro, como los de papá.
-Tanto tiempo sin vernos.- Dije.- ¿Una semana, dos?
-Tres.
-Muchísimo.- Entró y dejó sus cosas en el sofá, luego se introdujo en mi habitación sin una pisca de vergüenza. Así era ella, le dabas la mano y se tomaba el codo . Con una sonrisa la seguí.
-Por mi no te preocupes, prepárate y toma una ducha, yo me quedaré viendo la televisión.- Sacó sus zapatos y se acostó de un salto sobre mi cama.
Veinte minutos después, salí envuelta en una toalla. Mi hermana veía una película romántica, muy clásico en ella, y tomaba helado de mi nevera.
-Adelante, puedes sacar helado de mi nevera.- Me burlé.
-Gracias, pero ya sabía que me dirías eso. Ah, y me he tomado las molestias de escoger tu ropa.- Señaló prendas a los pies de la cama y sin mirarla, me la puse. Por lo general, Emma, tenía muy buen gusto cuando de ropa se trataba. Y no me había equivocado, el vestidito n***o me quedaba como un guante.
-Me marcho ya.- Dije cuando media hora después tocaron el timbre. Mi hermana se levantó y me abrazó en despedida.- Supongo que Raúl sabe que estás aquí, así que si viene y se reconcilian, no hagan nada en mi habitación. Y en el velador de la pieza de invitados hay tres cajas de preservativos. No quiero ser tía aún.
Esquivé con éxito el cojín que me lanzó, a la vez que salía de la habitación escuchando su carcajada.
Cuando llegué a la puerta, me alisé el vestido y abrí.
Christopher llevaba traje n***o y corbata roja. Todo un galán. Los primeros botones de su camisa estaba desabrochados, dándole un aire despreocupado. Sonreí con picardía cuando él recorrió mi cuerpo con la mirada. Cuando volvió a mis ojos, mostraba una mueca de satisfacción.
-Sólo belleza, igual que siempre.
-Todo un galán, es raro vete así.- Le di un rápido beso antes de que Emma saliera a husmear, y cerré la puerta a mi espalda.
Christopher condujo hasta llegar a un lujoso restaurante en el centro de la ciudad, aparcó en el sector VIP y me llevó agarrada de la cintura al segundo piso, donde una mesa nos esperaba en la terraza.
Así era él, no escatimaba en gastos.
La cena transcurrió normal, comenzó igual que siempre, pidiendo los platos, y finalizó como todas las veces, desvistiéndonos en su departamento.
La pasaba realmente bien con mi jefe.
Quince minutos después de acabar todo, abroché mi sujetador y terminé de vestirme con calma. Calcé mis zapatos de tacón, tomé mi cartera, y con un simple 'Adiós', salí del lugar.
A pesar de ser verano, a las dos de la madrugada, corría una fresca brisa en la calle, por lo que apresuré el paso hacia el taxi que había llamado en el ascensor. Me subí y cerré la puerta.
-Buenas noches, preciosa.- Rodé los ojos y busqué mi cartera.
-Limítate a conducir. Ésta es la dirección.- Le entregué un papel con mi domicilio.
Cuando llegué a casa, esperé encontrarme a Emma durmiendo o con su esposo. Pero ni uno ni lo otro. Estaba despierta, con el televisor del living encendido y cocinando quizás qué cosa en la sartén.
-Llegas tarde.- Fue su bienvenida.
-¿Sí recuerdas que soy mayor, verdad?- Me reí y dejé la cartera en el sofá. Me acerqué a la cocina e intenté ver qué hacía.- ¿Patatas fritas? ¿Dónde quedó la dieta a base de ensalada?
-En mi casa, con mi marido.
-Hmmm, pues bien. Sírveme un plato.- No escuché su respuesta, pues fui a mi pieza, la cual era un completo desastre, y me puse mi pijama. Un corto camisón de seda negra con tirantes y encaje, y una bata gris del mismo género. Como no me gustaban las pantuflas ni los calcetines, anduve descalza hasta llegar a donde se encontraba mi hermana mayor.
-¿Sabes? Creo que te odio, nunca pierdes la belleza y elegancia que te caracterizan. Mírate,- Comentó sirviendo ambos platos.- estás hecha un asco y aún así luces bien.
-Gran paradoja, hermanita.- Me moví a los cajones hasta encontrar el servicio y llevarlo a la mesa, donde los platos estaban servidos. Atacamos la montaña de patatas fritas que sirvió Emma.- Oye...- Llamé su atención. Me miró.-... te... te tengo que contar algo. O mejor dicho, pedirte un par de consejos.- Soltó el servicio de golpe, apartó su plato y me miró. Vale, casi nunca le pedía consejos, pero igual...
-Dime Melany. ¿Se trata de un chico? ¡Es de Christopher!- Alcé una ceja.
-No. Definitivamente no es de esa babosada. Es de trabajo.- Su rostro pasó de emocionada a confundida. Casi me reí.
-Emm... Claro.- Comprendía su confusión, pues nunca le había pedido consejos de trabajo, ya que nuestros campos laborales era totalmente opuestos, pero esta vez, en serio necesitaba un consejo de alguien ajeno a esto. De alguien que no pusiera el grito en el cielo cuando le contara lo que tenía que hacer, y de alguien en quien confiara. Apostaba mi Mercedes a que esa persona era Emma.
-Pues... no sé si aceptar un caso, digo, que al comienzo estaba segura de tomarlo, pero luego Christopher me dijo el 'nuevo enfoque', y ahí es cuando entro a dudar.
-¿Y en qué consiste el nuevo enfoque?- Dejé el tenedor en la mesa y la miré.
-Tengo que... me tengo que hacer pasar por prostituta. Frente a un grupo peligroso. Ese es mi problema.
Tal y como pensaba, Emma no se alteró, más bien pensó cómo ayudarme.
-Es complicado.- Dijo tras unos segundos.- Por un lado, es un caso importante, o al menos eso creo debido a que estás dudando si aceptar o no.- Asentí.- Y por otro lado... creo que como mujer no te sentirás muy cómoda. Ya sé que no te gustan los compromisos y disfrutas de encuentros casuales, pero eso es distinto a tener que estar... con un grupo peligroso.
-Narcotraficantes.- Aclaré. Abrió sus ojos un poco más de lo normal, pero sabiamente no dijo nada.
-Narcotraficantes.- Dijo al fin.
-¿Y tu veredicto?
-Se nota que quieres aceptar, así que hazlo, pero marca tus límites. Quiero decir... que actúes como una furcia, pero que dado el momento, no te comportes como tal.- Decir que estaba confundida era quedarse cortos.- ¿Me entiendes?
-La verdad llegué a la parte de aceptar el caso.
-En escencia, lo captaste todo.
-Muy bien, gracias.- Di el tema por zanjado y no volví a hablar con mi hermana. No de eso al menos.
El resto de la noche la pasamos bomba, hasta que mi hermana decidió perdonar a mi cuñado y volver a casa.
El lunes, me vestí más formal de lo necesario. Unos pantalones de género ajustados negros y una blusa transparente más unos tacones negros de punta fina. Conduje hasta llegar al cuartel y luego caminé directo a la oficina de Christopher, quien alzó la mirada cuando entré. Su sonrisa de medio lado me confirmó que sabía mi respuesta. Me paré al frente de su escritorio sin decir palabra.
-Dime donde firmo y acabemos con esto.- Al grano, sin rodeos. Su sonrisa de medio lado se profundizó, alargó su brazo y sacó una hoja sin apartar su mirada de la mía. Cogí un bolígrafo y sin pensarlo dos veces, garabateé mi firma en el papel.
-Buenos días, Melany.- Dijo mi jefe en tono burlón. No le contesté y salí del lugar.
Ya estaba hecho.
Ya había firmado, y no sólo un papel, también mi futuro.