Mi propio grito me despierta e instintivamente salto de la cama. Estoy mareada, confundida y aterrada a medida que las imágenes de mi nueva pesadilla me golpean la mente: el lobo, el mismo lobo de siempre mataba a mi familia a mis amigos a cualquier cosa que tenga sangre circulando en su interior. El hambre era tan voraz e incontrolable, estaba atrapada en un infierno de ojos azules y pelaje blanco.
Las sensaciones no se calman a medida que despierto, sino que empeoran. Algo malo me está pasando. El malestar se convierte en miles de dolores punzantes y tormentosos que recorren cada parte de mi cuerpo, como si algo se propagara dentro de mí. Algo que comienza a quemarme.
Me seco el sudor de la cara y al levantarme mis piernas pierden el soporte y debo apoyarme de cualquier superficie para no caer. Mi visión es borrosa y en mis oídos solo puedo escuchar un irritante pitido.
Me sujeto de las paredes como un intento de seguir en pie, de seguir viva. Es la única forma en la que puedo buscar ayuda.
Rasguño las paredes por las ondas de dolor agonizante que recorren cada centímetro de mí cuerpo. De pronto respirar se me hace imposible, me estoy asfixiando, como si mi habitación se estuviera quedando sin aire.
Bajar las escaleras es un desafío y resbalo cuando estoy a pocas gradas del suelo. Mi cuerpo comienza a moverse como si tuviera arcadas, me levanto con dificultad y me acerco hacia un teléfono, al tomarlo mis manos tiemblan con violencia y termino botándolo al suelo.
Doy un fuerte grito y al no tener respuesta alguna de mi familia noto mi soledad en casa.
La angustia y el dolor son tan fuertes que me veo obligada a salir de mi hogar, sé que la casa más cercana está a varios kilómetros y las probabilidades de que llegue están completamente en mi contra, pero debo buscar ayuda. Tal vez lo mejor sea ir hacia la carretera y que un automóvil me encuentre.
Al abrir la puerta el viento me golpea con fuerza y la sensación de que me estoy quemando se hace más fuerte. Por unos segundos me convenzo de que estoy en llamas y soy víctima de la combustión espontánea.
Al intentar soportar el dolor y mantenerme de pie me sujeto con fuerza de la puerta y la termino rompiendo. Todo esto es muy extraño ya que nunca he tenido la fuerza suficiente para hacerlo. Una vez que la puerta se suelta de sus sueldas caigo bruscamente hacia la nieve.
El frío no logra aliviar mi dolor. Más bien lo empeora, el ardor es mortal. Doy gritos desesperantes, pero sé que es inútil. Nadie me escuchará.
Mi cuerpo se mueve bruscamente, como si estuviera convulsionado. Ruedo por la nieve golpeándome con rocas y arbustos, siento la sangre resbalar por mi frente y su olor a hierro invade mi nariz.
Estoy segura de que moriré. Pero una parte de mí no está lista para darse por vencida y como un último intento de levantarme me incorporo con brusquedad, usando la poca fuerza que me queda para hacerlo. En los cortos segundos que me toma siento como se rompe la tela de la ropa que llevo encima y de nuevo vuelvo a caer de cara al suelo. Me quedo atónita cuando no al volver a tener contacto con el suelo no vuelvo a sentir el frío del exterior, como si una barrera cubriera mi cuerpo evitando que la nieve y el viento me congelen.
Veo a mi alrededor y me aterrorizo al estar rodeada de enormes y monstruosos árboles ocultos por la oscuridad de la noche, los veo muchos más claros, aún en la oscuridad, se me hace fácil diferenciar sus detalles. Comienzo a olfatear millones de olores que nunca había percibido. Mi vista, mi olfato, las sensaciones en mi cuerpo son exactamente iguales a las que tengo en mis sueños, lo cual me convence de que seguramente estoy atrapada en una de mis pesadillas.
Intento correr como lo he hecho en mis anteriores sueños, pero mi cuerpo responde de forma distinta volviendo mi s patas torpes y caigo al suelo, la sensación de quemarme cada minuto se vuelve menos intensa, o hay muchas otras sensaciones que me obligan a pasarla por alto. Disfruto de mis sentidos mejorados que solamente tengo en este tipo de sueños, mis ojos enfocan con precisión cada cosa aún cuando se encuentran a varios metros de mí, puedo percibir hasta los detalles más diminutos, como los pequeños rasguños escondidos en los troncos de los pinos. El viento trae infinitos aromas frescos que estoy segura las personas nunca podrán percibir en toda su vida, ni lo que tienen el sentido del olfato más afinado.
Me sacudo la nieve que queda atrapada en mi pelaje e intento “correr” hacia el denso bosque, pero mis patas vuelven a enredarse entre sí varias veces, haciéndome imposible el moverme con agilidad. Las ramas de los árboles que cayeron son los peores obstáculos, no dejo de tropezar y golpearme con todo lo que encuentro.
Intento encontrarle un ritmo a la forma en la que debo mover mis patas y después de unos minutos y muchas caídas más lo encuentro. Es algo torpe, pero por el momento es útil.
Corro unos minutos hasta salir del bosque y llegar a un pequeño valle, igualmente cubierto de nieve pero sin tantos árboles.
Me tumbo en la nieve para pensar en lo que me está pasando y siento como los olores de la zona llegan a mi nariz, puedo oler los pinos: sus troncos y sus hojas mandan olores increíbles. Me concentro un poco más y me llega un olor extraño «agua» me dice mi mente. No sabía que el agua tenía olor, pero éste es un olor único y delicioso.
Decido seguir a mi olfato hacia el agua, pero apenas me levanto del suelo un nuevo olor llega. Es un olor fuerte a pelo, sangre, animal, carne...
Mi estómago cruje y levanto el hocico obteniendo más información del aroma. El olor es delicioso y adictivo, me vuelve loca.
Un extraño instinto me empuja a perseguir ese olor y me sorprendo al notar que mis patas lo siguen por sí solas, como si en este momento yo no tomara el control de mi cuerpo
Mientras más me acerco más fuerte es, hasta que lo veo. Una liebre vaga por el bosque sin darse cuenta de que la estoy cazando.
Me acerco más y más. Hasta que logro escuchar los latidos de su pequeño corazón, siento la energía y el calor que su cuerpo manda y choca con el mío.
Por un momento no veo nada más que a la liebre.
Instintivamente me lanzo y corro tras él. Es muy ágil y rápida pero no es fuerte. La persigo y hago lo posible por desviarla del bosque para evitar que se esconda entre la maleza.
Mis patas se mueven y estiran a la perfección, como si en todo este tiempo sabía cómo usarlas, como si todo este tiempo existió un lobo cautivado dentro de mí.
En un intento desesperado por esquivarme, la liebre da una curva pero afortunadamente yo lo advertí antes y la use en mi ventaja acortando rápidamente la distancia entre nosotros , lo atrapé.