Por ahora, no siento asco al tener un animal muerto en mi hocico. Mi instinto me hace desear comerlo, es como si en este momento estuviera totalmente fuera de control de mi propio cuerpo y de mi mente, es como estar poseída por un estado más salvaje.
La pequeña parte racional que queda de mí no ve la hora de despertar gritando por la pesadilla, lo anhela con todas sus fuerzas y no deja de repetir por favor despierta, por favor despierta. Pero esa voz es tan pequeña que no logra causar cambio alguno en mis acciones.
¿Y si de verdad no estoy soñando?
No, esto no puede ser real, es solo un estúpido sueño más, a penas logre despertar de esto buscaré un psicólogo que me ayude a desaparecerlo, o lo que sea necesario, no me importaría pasar el resto de mi vida tomando pastillas con tal de no volver a sufrir esto.
Pero por ahora estoy forzada a continuar en esta extraña realidad digna de historias de ficción, y a seguir con lo que mi instinto me dice, por lo que me dirijo hacia la parte más recóndita y oculta del bosque donde pueda comer tranquila y sin ser vista.
Mi olfato y mis patas me llevan hacia un enorme pino el cual es lo suficiente frondoso como para crear un buen escondite junto a su tronco.
Al estar oculta entre sus ramas, suelto el cuerpo de la liebre y me recuesto frente a él. Lo muerdo estirando su piel lo más que pueda y escupo el pelo que queda atrapado en mi boca, formando una esponjosa almohada de pelaje a mi alrededor. Mientras más lo muerdo más fuerte es el hambre que tengo, tanto que mi cuerpo vibra de la emoción y eso me aterroriza.
Cuando lo saboreo por primera vez me estremezco, el salado sabor de su carne explota en mi boca. Es delicioso y adictivo, tanto, que temo que esta liebre no será suficiente para satisfacerme.
A medida que se queda sin carne me siento más desesperada y muevo el despellejado cuerpo bruscamente de un lado al otro arrancándole la poca carne que queda en los huesos.
Hasta que, repentinamente, comienzo a sentirme demasiado incómoda lo cual me hace detenerme. Un mal presentimiento me hace distraerme de mi comida y a lentamente incorporarme. Sé qué hay otro animal cerca mío, todos los sentidos de mi cuerpo me lo avisan. Pero esta vez no es una liebre, su aroma es completamente diferente, similar al de un perro, sólo que más intenso y salvaje al estar mezclado con el olor de la tierra y de las plantas del bosque.
Oculta entre las ramas miro sigilosamente a mi alrededor en busca del intruso. Noto una sombra a unos cuantos metros de mí, la cual igualmente no deja de ver a su alrededor y de olfatear el aire.
¿Estará buscándome?
Instintivamente bajo las orejas y mi cuerpo toma una posición de defensa al erguir el lomo y bajar levemente la cabeza, lista para cualquier ataque.
Sé que el olor del pino ayudará a confundir mi aroma y el de mi alimento, pero no estoy segura de sí será suficiente.
Después de pasar unos segundos olfateando el aire la sombra se abre rumbo entre algunos pinos y llego a perderla de vista. Suspiro con alivio y regreso mi concentración al cuerpo de la liebre, lamiendo los pequeños restos que quedan para disfrutar por última vez su embriagante sabor.
No sé si el intruso sigue cerca y eso me hace sentir insegura por lo que prosigo a salir de mi escondite en busca de un nuevo lugar donde descansar.
-«¿Qué crees que estás haciendo?»- suena una voz en mi mente, una vez que salgo de entre las ramas.
Sé que ese pensamiento no fue mío. Me siento confundida, ¿cómo llegó eso a mi cabeza?
Cuando veo a mi alrededor encuentro a un lobo a pocos metros de mí, con su vista fija en mí lo cual llega a sentirse amenazante.
Él lobo se acerca a mí con lentitud, pero sin dejar su pose intimidante. Mi cuerpo toma una posición agresiva alertándolo de que no debe acercarse mucho a mí.
Es alto y robusto, más de lo que yo soy. Su color es dorado parecido al de los pétalos de un girasol, con una desprevenida mancha marrón oscura en su espalda, sus ojos también son dorado tan intensos como el color de su pelaje. De inmediato reconozco su aroma al haberlo sentido hace pocos minutos, solo que al estar más cerca mío es mucho más fuerte e intenso, tanto que por el momento es lo único que mi nariz logra olfatear.
Las orejas del lobo están completamente abajo y me muestra un poco sus afilados colmillos, listo para atracarme si hago algo desprevenido.
No sé cómo hablarle, por lo que me quedo quieta, mirándole fijamente a sus ojos dorados. Cerca de él me siento tan pequeña y escuálida que temo verme vulnerable por lo que me estiro lo más que puedo para aparentar una estatura más alta.
Él camina alrededor mío en círculos inspeccionándome de pies a cabeza con una mirada curiosa. Aun estando tan cerca mío no llego a sentir miedo, algo dentro de mí me dice que ese lobo no me lastimará o eso prefiero creer.
-«Debes ser nueva, te... » -vuelvo a escuchar esa voz en mi cabeza dejándome aturdida hasta que me doy cuenta de que es él quien habla a mi mente ¿Cómo hace eso?
El lobo da una larga pausa dejando su voz suspendida como un eco en mi mente, levanta su nariz y olfatea el aire con nerviosismo.
En su intimidante mirada veo un poco de preocupación. -«Quédate detrás mío »- me ordena mirando a nuestro alrededor con atención.
Me da la espalda y gruñe, mostrando sus colmillos a lo profundo del bosque. Segundos después me llega el aroma salvaje de otro lobo y luego el de otro y el de otro.
Tienen un olor muy similar entre ellos, incluyendo al del lobo dorado.
Escucho varias pisadas correr entre la maleza, quebrando las muertas ramas en el suelo y abriéndose paso entre los arbustos. El sonido de sus jadeos llega a mis oídos y a medida que se acercan se convierten en temibles gruñidos, haciéndome sentir vulnerable. Bajo las orejas con preocupación de lo que pueda pasar y mi cuerpo se encoge intentado pasar desapercibido.
En pocos minutos emergen de la oscuridad del bosque tres lobos, enormes y corpulentos como el lobo dorado que está a pocos metros de mí. De inmediato sé que apenas un lobo de ellos basta para acabarme, mi corazón se acelera al sentir que mi vida corre peligro.