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Unido a ti

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de amigos a amantes
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Oficina/lugar de trabajo
mundo de alta tecnología
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Descripción

En un mundo donde la biotecnología ha borrado las fronteras entre lo humano y lo artificial, Eris Hayes y Niven Lennox son dos mentes brillantes destinadas a unirse… aunque no por elección propia. Sus padres, aliados de toda la vida, sellaron un contrato que los obliga a casarse, un pacto que oculta secretos más profundos que los apellidos que pretende unir.Quince años después de su última mirada, Niven regresa: frío, lógico, incapaz de comprender el lenguaje del amor. Pero el reencuentro con Eris —la niña que lo perseguia en el jardín — despierta algo que ni sus algoritmos emocionales pueden controlar.Entre laboratorios, conspiraciones familiares y un accidente que amenaza con destruir su confianza, Eris lucha por proteger el amor que floreció en medio de la manipulación. Niven, dividido entre la razón y el sentimiento, deberá decidir si el vínculo que los une es solo un experimento… o el destino que ambos estaban programados para desafiar.

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CAPÍTULO 1. LA LLEGADA DE LOS HEREDEROS.
Un avión privado se preparaba para aterrizar en el aeropuerto de Jacksonville. En la cola del fuselaje se leían las iniciales LB, correspondientes a Lennox Baker, una de las familias más prestigiosas del continente americano.En el interior, el perfil de un hombre de casi treinta años lucía tenso. Era la primera vez en quince años que regresaba a la ciudad donde nació; quince largos años viviendo en otro continente, bajo otra cultura, preparándose para el futuro que sus propios progenitores habían trazado para él. —Niven —se escuchó una voz a su lado— no me digas que los nervios se apoderaron de ti. Enzo Hayes, un joven castaño, sonreía con burla al ver a su mejor amigo enfrascado en una batalla mental consigo mismo. Conocía a Niven Lennox desde que estaban en pañales; cada gesto, cada microexpresión. Él, a diferencia de su amigo pelinegro, viajaba constantemente a Jacksonville para visitar a su familia, coordinando su vida entre dos países. Pero semanas atrás, su padre, Oliver Hayes, le había pedido que acompañara a Niven en este viaje. No dio explicaciones, aunque Enzo intuía que tenía que ver con el futuro que sus padres habían escrito para ambos desde hacía décadas. —Enzo —habló Niven con parsimonia— no hagas cuestionamientos sin sustento. No tengo por qué estar nervioso. Solo estoy cumpliendo un capricho de nuestros padres. Seguramente un formalismo con el contrato. Aunque admito que esperar seis meses más no habría hecho diferencia. —Amigo, yo no estaría tan tranquilo. En quince años nunca te habían hecho venir. —De lo único que no estoy tranquilo es del horrendo clima. Enzo rió entre dientes mientras descendían del avión. El sol estaba en su punto más alto, y el calor comenzaba a hacer mella en ambos, acostumbrados al clima frío de los últimos meses. Niven frunció el ceño mientras se deshacía de su gabardina, entregándola al asistente enviado por su padre. Aunque no lo admitiría frente a Enzo, había una preocupación instalada: ¿Por qué razón su padre y Oliver Hayes lo habían hecho volver con tanta anticipación? —Enzo, ¿por qué tu padre ha solicitado mi presencia?. El castaño lo miró con interés. —Entonces sí estás nervioso —rió, ganándose una mirada de reprobación— Aún no sabemos si adelantaron tu regreso por eso. —¿Por qué otra cosa sería? —Quizá porque tus padres celebrarán treinta años de casados. Niven hizo una mueca. —Eso fue hace un mes. —Hace un mes no quisiste venir. —Tenía asuntos importantes que resolver, más importantes que ver a mis padres contraer nupcias nuevamente. —No creo que ir a Rumania a ver la nueva nanotecnología sea más importante que tus padres. Niven sonrió de lado. Dudaba que sus padres se hubieran ofendido por su ausencia. Su padre, Alphonse Lennox, incluso le había dicho que la celebración principal sería después. Ambos compartían la misma pasión por los avances tecnológicos, especialmente si el apellido Lennox estaba involucrado. Aquella presentación en Rumania era algo que ninguno de los dos se habría perdido. —La verdad, Enzo —dijo mientras subían al vehículo que los llevaría a su destino— Espero que mi llegada sea por algo realmente importante, no una simple renovación de votos. Enzo negó con la cabeza. Su amigo parecía un ser sin sentimientos la mayor parte del tiempo, guiándose siempre por la lógica. Era una pena que fuera precisamente él quien tuviera que cumplir el trato que uniría a las dos familias. La residencia Hayes se encontraba cerca de South Beach, un territorio lo bastante extenso para evitar miradas curiosas. La casa, de dos pisos, estaba rodeada por hectáreas de jardines, suficientes para albergar a dos equipos de fútbol americano.En una de las áreas verdes, junto a la enorme piscina con acceso directo a la playa, dos hombres conversaban mientras esperaban la llegada de sus hijos. —Espero que Enzo sepa persuadir al testarudo de tu hijo —dijo Oliver Hayes. Alphonse Lennox soltó una carcajada. Ambos habían visto crecer a Niven y sabían que su comportamiento había cambiado con los años: más hermético, más rígido, más difícil de leer. Aun así, Alphonse estaba orgulloso de él. Lo había criado para ser un líder nato, y lo era. Enzo también estaba preparado, pero Niven siempre iba un paso adelante.Por ahora, lo importante era unir los apellidos, como habían acordado décadas atrás. Cuando la nueva tecnología Lennox Hayes saliera a la luz, nadie en el continente podría competir con ellos. —Querido amigo —dijo Alphonse, bebiendo un sorbo de whisky— Mejor preocúpate por cómo explicar que le diste a tu hija unas vacaciones sin límites. Oliver frunció el ceño. Años atrás había hecho un trato con Eris, sin imaginar que ella tomaría tanta libertad. Aun así, confiaba en que cumpliría su palabra cuando llegara el momento. —Eris es un ave libre, pero sabe cuándo volver a casa, lo preocupante —suspiró Oliver— Es que llevan quince años sin verse. —Tuvieron una niñez muy unida. Solo deben reconectar. La conversación se interrumpió cuando los recién llegados aparecieron. —Papá —saludó Enzo, abrazando a Oliver. —Mi muchacho, ¿qué tal el viaje? —Estupendo, aunque se me pegó un chicle en el camino —dijo señalando a Niven. —Niven, muchacho, es agradable verte por fin. —Oliver lo abrazó con entusiasmo. —Lo mismo digo, señor Oliver —respondió Niven antes de acercarse a su padre— Papá, me alegra verte. —Hijo —Alphonse lo abrazó— tu madre se volverá loca cuando te vea. Pero antes de que lleguen, tomen asiento. Niven se desabrochó el saco, sofocado por el calor. —Agradezco ir directo al punto. Quisiera hablar del motivo por el que he llegado meses antes. Deseo volver a Zúrich lo antes posible. Estamos implementando una nueva tecnología que beneficiará… —Niven, hijo, tranquilo —interrumpió Alphonse, nervioso. Niven frunció el ceño. No le gustaba el rumbo de la conversación. —Padre, no puedo mover mi calendario. Accedí a venir por insistencia, pero creí que Enzo les había dicho. Enzo carraspeó, divertido por la incomodidad de los adultos. —Imaginaba que la celebración de sus treinta años de casados era solo un extra —continuó Niven— Intuí que la urgencia tenía que ver con el contrato de matrimonio con su hija, señor Oliver. ¿O estoy equivocado? Oliver se aclaró la garganta. —No es un ajuste para Eris, sino para ti. Niven y Enzo fruncieron el ceño. —Niven —habló Alphonse—, antes de que contraigas matrimonio, creemos necesario que tú y Eris convivan más. Han pasado quince años. Tendrán que vivir juntos el resto de sus vidas. —No comprendo, padre —la molestia se filtraba en su voz— El matrimonio es un formalismo. Eris Hayes será mi esposa, me dará el hijo que el contrato exige y continuaremos con nuestras vidas. Ella se mudará a Zúrich conmigo. Oliver intercambió una mirada preocupada con Alphonse. —Niven, no todo tiene que ser tan recto. Debes combinar tu felicidad con lo profesional. —¿Quién dice que no soy feliz? —respondió a la defensiva— Me hace feliz lo que hago. Y ustedes hicieron ese pacto antes de que naciéramos. No seré infeliz, me case o no con Eris Hayes. Enzo comenzaba a entender el plan de sus padres: querían que Niven recuperara humanidad. Y para eso usarían a su hermana. Buena suerte con eso. De pronto, algo le hizo ruido. —¿Dónde está Eris? —interrumpió. —Es de mala educación interrumpir, Enzo —dijo Niven, molesto. — Debe estar con nuestras madres. Pero Oliver desvió la mirada. —¿Es verdad, papá? — Enzo miraba interrogante a su padre. —Bueno… ya vendrá. Niven captó el nerviosismo. Nunca había tenido contacto con su prometida; se fue cuando ella tenía cinco años. Pero ¿qué tan diferente podía ser? —¿Dónde está mi prometida? —preguntó de golpe. Los dos hombres mayores suspiraron. Quizá era momento de dejar que las cosas siguieran su curso. Después de todo, ¿qué tanto daño podía haber hecho el tiempo?.

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