Reencuentros y Sombras
El sonido de los disparos aún resonaba en los oídos de Emma, aunque el peligro inmediato había pasado. El auto de Alexander se detuvo justo frente a ellos, y ella apenas podía respirar mientras lo veía salir del vehículo, su imponente figura oscura bajo las luces de la carretera. Su corazón latía frenéticamente, una mezcla de alivio, miedo y amor que la sacudía por completo.
Alexander caminó hacia ellos con pasos firmes, como si la violencia de hacía unos momentos no lo afectara en absoluto. Sus ojos oscuros estaban fijos en Emma, llenos de una intensidad que ella no podía descifrar del todo. Había algo más allá del cansancio y la tensión: una emoción reprimida, una furia latente, pero también algo mucho más profundo.
Cuando Alexander abrió la puerta del auto de Sergei, Emma se encontró cara a cara con él. Quiso decir algo, pero su lengua se sentía pesada, y todas las palabras que había ensayado en su mente se desvanecieron en el aire. El silencio entre ellos se volvió sofocante.
—¿Estás bien? —preguntó él, su voz grave y controlada.
Ella asintió lentamente, sintiendo cómo el peso de sus emociones se acumulaba en su pecho. Quería abrazarlo, quería gritarle por haberla dejado atrás, por haberla hecho sentir como si ya no le importara. Pero lo único que hizo fue quedarse quieta, observándolo como si no pudiera decidir qué hacer.
Alexander no esperó una respuesta más larga. Se inclinó, tomando su mano y ayudándola a salir del auto con un movimiento brusco pero protector. Sus dedos se entrelazaron con los de ella de una manera que la dejó sin aliento, como si su toque pudiera transmitir todo lo que no podía decir con palabras.
Sergei salió también del auto, observando la interacción en silencio. Era evidente que prefería mantenerse al margen, pero sus ojos seguían a Alexander con cautela. Sabía que el reencuentro entre ellos no iba a ser fácil. Había demasiadas cosas sin resolver, demasiadas emociones reprimidas que podían explotar en cualquier momento.
—Tenemos que movernos —dijo Alexander, soltando su mano para volverse hacia Sergei—. No estamos seguros aquí.
Sergei asintió, pero antes de que pudieran avanzar, un pensamiento cruzó la mente de Emma como un rayo.
—¿Sofía está bien? —preguntó de repente, mirando a Sergei.
Alexander frunció el ceño al escuchar ese nombre. Sus ojos se oscurecieron aún más mientras se volvía lentamente hacia Emma.
—¿Sofía? —preguntó con un tono que mezclaba sorpresa y algo más, como si ese nombre le fuera completamente desconocido.
Emma se dio cuenta de inmediato que había cometido un error. Alexander no conocía a Sofía, nunca le había hablado de su hermana menor. Su vida había estado tan atrapada en su relación con Alexander y en la violencia que los rodeaba, que había mantenido a Sofía en un rincón protegido, lejos de todo. Pero ahora, con todo desmoronándose a su alrededor, esa protección se estaba debilitando.
—Mi hermana… Sofía. —Emma bajó la voz, sintiendo cómo la confusión de Alexander crecía—. Sergei la ha estado protegiendo en mi ausencia.
Alexander se giró hacia Sergei, su mirada afilada.
—¿Por qué no sabía de esto?
Sergei cruzó los brazos, manteniendo su compostura.
—No creí que fuera necesario hasta ahora. Emma me pidió que la mantuviera a salvo. No había motivo para que supieras de ella.
El aire entre ellos se tensó aún más. Alexander odiaba los secretos, y la idea de que Sergei, su hombre de confianza, hubiera ocultado algo lo ponía en alerta. Pero más allá de la traición percibida, había algo más en sus ojos, algo mucho más profundo. Emma lo conocía bien. Sabía que detrás de esa fachada de frialdad, había una tormenta de emociones que él no estaba dispuesto a mostrar.
Emma se acercó a Alexander, intentando suavizar la situación.
—Lo hice para protegerla —explicó, su voz baja pero firme—. No quería que se viera arrastrada a este mundo, como yo. Ella no tiene por qué saber nada de esto.
Alexander la miró fijamente, sus ojos estudiando cada centímetro de su rostro. Parecía estar evaluando si debía enojarse más o dejarlo pasar. Emma pudo ver la lucha interna en su mirada, pero antes de que él pudiera responder, Sergei intervino.
—La situación cambió. —Su tono era frío y profesional, como siempre—. Sofía puede estar en peligro ahora, y no podemos arriesgarnos a que algo le pase. Ella es importante para Emma, y eso la convierte en un blanco.
Alexander apretó la mandíbula, pero no dijo nada. Simplemente asintió, dejando claro que, aunque no le gustaba estar fuera del círculo, no iba a discutir en ese momento.
—Llévanos a un lugar seguro —dijo finalmente—. Hablaremos de esto más tarde.
La orden fue clara, y Sergei no discutió. Con un gesto rápido, subieron de nuevo a los autos, pero esta vez Emma se encontró sentada al lado de Alexander en su vehículo. El silencio entre ellos era denso, cargado de todo lo que no habían dicho en semanas.
Mientras el auto avanzaba, Emma sintió cómo su respiración se aceleraba. No podía evitarlo. Estar tan cerca de él, después de todo lo que había sucedido, la hacía vulnerable. Sabía que lo amaba, y sabía que él también sentía algo por ella, aunque no lo admitiera. Pero el miedo a que su relación no sobreviviera a todo lo que los rodeaba era cada vez más real.
Finalmente, no pudo aguantar más.
—No puedes seguir distanciándote así, Alexander. —Su voz era un susurro, apenas audible, pero lo suficiente como para romper el silencio—. No después de todo lo que hemos pasado.
Alexander mantuvo los ojos en la carretera, pero su mano se tensó en el volante.
—Estoy haciendo lo que debo hacer para mantenerte a salvo —respondió, su tono frío, casi automático.
Emma apretó los puños, sintiendo cómo la frustración la invadía.
—¿Mantenerme a salvo? ¿Es eso lo que crees que estás haciendo? —Su voz temblaba, pero continuó—. Alejarme no me protege. Me duele más que cualquier peligro que pueda enfrentar.
Por un momento, pensó que él la ignoraría como lo había hecho antes. Pero esta vez, Alexander giró lentamente la cabeza para mirarla, sus ojos oscuros llenos de una intensidad que la hizo estremecer.
—No entiendes, Emma. —Su voz era baja, casi un gruñido—. Si te pierdo, perderé el control. Y eso no es algo que pueda permitirme.
Emma lo miró, sintiendo cómo su corazón se rompía y se aceleraba al mismo tiempo. Sabía que detrás de esas palabras había una verdad profunda, una verdad que Alexander aún no estaba listo para admitir.