La Marca del Pasado
El amanecer se filtraba por las ventanas del escondite donde se habían refugiado. El aire era denso, cargado con la tensión no resuelta entre Alexander y Emma. Ambos estaban en habitaciones separadas, pero Emma no había podido dormir. Sus pensamientos giraban alrededor de las últimas palabras de Alexander: "Si te pierdo, perderé el control."
Sentada en la cama, con las piernas abrazadas contra su pecho, Emma repasaba lo sucedido en las últimas semanas, el dolor, las peleas, la distancia que había crecido entre ellos. Pero lo que la inquietaba no era solo la actitud de Alexander, sino la mención de Sofía. Su hermana estaba ahora en medio de todo, y la idea de que ella pudiera verse atrapada en el mismo mundo violento que Emma había intentado evitar a toda costa, la atormentaba.
No podía quedarse de brazos cruzados. Necesitaba respuestas, pero sobre todo, necesitaba saber que Sofía estaba bien. Se levantó con decisión y salió de la habitación, dirigiéndose a la sala común donde esperaba encontrar a Sergei.
Lo encontró de pie, mirando por una ventana, con una taza de café en la mano. Parecía sumido en sus propios pensamientos, pero cuando Emma entró, se giró hacia ella.
—¿Todo bien? —preguntó, su tono siempre neutral.
Emma negó con la cabeza, cruzándose de brazos como si eso pudiera protegerla del peso de lo que estaba a punto de decir.
—Sergei, necesito que me digas la verdad. ¿Dónde está Sofía? ¿Está segura?
Sergei la miró con seriedad, y durante un momento, el silencio fue su única respuesta. Finalmente, dejó la taza sobre la mesa y se acercó a ella.
—Sofía está a salvo. La tengo en un lugar protegido, lejos de todo esto. No corre peligro por ahora.
—Por ahora —repitió Emma, su voz temblando ligeramente—. Eso no es suficiente, Sergei. No quiero que se acerque a este mundo, no como yo.
—Lo sé. —Sergei suspiró, su mirada se suavizó ligeramente—. Entiendo lo que estás intentando hacer, Emma. Pero también debes saber que Alexander no permitirá que nadie fuera de su círculo quede expuesto. Sofía estará protegida siempre que estés bajo su ala.
Emma frunció el ceño, frustrada por la situación en la que se encontraba atrapada. No quería involucrar a Sofía, pero sabía que, en cierto sentido, su propio vínculo con Alexander había sellado el destino de ambas. Estar en la vida de un hombre como él significaba arriesgarse constantemente, incluso si ella no lo quería.
—No puedo seguir así, Sergei. —Su voz bajó, cargada de una vulnerabilidad que rara vez dejaba ver—. Todo esto… el caos, la violencia, me está consumiendo. Y ahora está afectando a mi hermana. Alexander no lo entiende. Se cierra en sí mismo y cree que al alejarme me está protegiendo, pero no hace más que destruir lo que teníamos.
Sergei la observó en silencio, comprendiendo mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. Era evidente que Emma estaba desgarrada entre su amor por Alexander y el deseo de mantener a salvo a su hermana. Sabía que cualquier consejo que pudiera darle caería en oídos sordos, pero decidió ser honesto con ella.
—Alexander no está alejado porque quiera protegerte solo a ti. —Su voz era suave, pero firme—. Está luchando contra algo mucho más grande. Tú significas más para él de lo que jamás admitiría. Si te deja entrar por completo, perdería el control que ha mantenido toda su vida. Y para un hombre como él, eso es lo peor que puede pasar.
Emma sintió un nudo en el estómago al escuchar esas palabras. Sabía que Sergei tenía razón, pero eso no lo hacía más fácil. No podía vivir sabiendo que siempre habría una barrera entre ellos, una que Alexander se negaba a derribar.
—Eso no cambia nada —murmuró Emma, intentando mantener la compostura—. No puedo seguir viviendo con miedo, Sergei. No puedo seguir amándolo de esta manera, sabiendo que nunca será capaz de abrirse por completo.
Sergei la observó en silencio, y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos mostraron algo parecido a la compasión.
—A veces el amor no es suficiente para cambiar a un hombre, Emma. Pero sí puede salvarlo.
Antes de que Emma pudiera responder, un ruido interrumpió la conversación. Era Alexander, que había entrado en la sala sin que ella lo notara. Su mirada estaba fija en Emma, y por la tensión en su mandíbula, era evidente que había escuchado al menos una parte de la conversación.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, su voz baja y fría.
Emma se giró hacia él, su corazón acelerándose. Sabía que este momento llegaría, pero no estaba preparada para enfrentarlo.
—Hablando con Sergei —respondió con calma—. Estoy preocupada por Sofía, y me estás manteniendo en la oscuridad.
Alexander frunció el ceño, caminando hacia ellos con pasos lentos pero decididos.
—Te dije que te mantendríamos a salvo. Eso incluye a tu hermana.
—No puedes controlarlo todo, Alexander. —Emma alzó la voz, sintiendo cómo la rabia contenida finalmente salía a la superficie—. No puedes decidir lo que es mejor para mí sin siquiera hablar conmigo. No soy una prisionera a la que puedas esconder cada vez que el mundo se vuelve peligroso.
Alexander se detuvo frente a ella, su expresión oscura, pero esta vez había algo diferente en sus ojos. No era solo la frialdad de siempre. Había una chispa de emoción, algo que Emma no había visto en él en mucho tiempo.
—Estoy haciendo lo que creo que es necesario —murmuró, su voz más baja ahora, casi vulnerable—. No quiero perderte, Emma. No quiero que te pase nada.
Emma lo miró fijamente, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza contra su pecho. Sabía que detrás de esa dureza había miedo, miedo a lo que sentía por ella, miedo a perder el control.
—Y si me sigues alejando, me perderás de todas formas —susurró, su mirada atrapada en la de él.
Por un momento, Alexander no dijo nada, simplemente la miró, como si estuviera debatiendo internamente qué hacer. Entonces, sin previo aviso, dio un paso más hacia ella, acortando la distancia entre ambos. Su mano se extendió y rozó el rostro de Emma, con una suavidad que la tomó por sorpresa.
—No quiero que te alejes —admitió en voz baja, su mirada fija en ella—. Pero no sé cómo hacer esto sin perder todo lo que soy.
Emma sintió una lágrima deslizarse por su mejilla, pero no apartó la mirada de él. Sabía que Alexander estaba al borde de un precipicio, luchando con sus propios demonios.
—No tienes que hacerlo solo —murmuró, colocando su mano sobre la de él—. Estoy aquí, y siempre lo estaré. Pero tienes que dejarme entrar.
Alexander cerró los ojos por un momento, como si estuviera procesando lo que ella le había dicho. Luego, inclinó la cabeza y presionó sus labios contra los de Emma en un beso que, aunque suave, estaba cargado de todas las emociones que habían mantenido reprimidas.
El mundo a su alrededor se desvaneció mientras ambos se aferraban el uno al otro, conscientes de que este momento podría ser el punto de no retorno.