El Fuego que Nunca Se Apaga
El amanecer en Roma trajo consigo una brisa fresca que acariciaba las calles de piedra. Emma se había acostumbrado a despertarse con el sonido de la ciudad, tan diferente de las silenciosas mañanas en la mansión de Alexander. Su apartamento era modesto, pero al menos le daba la paz que tanto ansiaba. Paz que, en realidad, era frágil. Alexander aún ocupaba su mente, su corazón, y ni el tiempo ni la distancia habían logrado borrar su recuerdo.
Se levantó de la cama, sintiendo el frío del suelo bajo sus pies descalzos. Sus manos temblaban un poco mientras se preparaba un café, el ritual diario que la mantenía anclada a una rutina. Afuera, las calles comenzaban a llenarse de vida, pero ella seguía atrapada en sus propios pensamientos, incapaz de escapar de los fantasmas de su pasado.
"Debes olvidarlo", se repetía una y otra vez. Pero no era tan simple. El poder de Alexander sobre ella iba más allá de lo físico. Había algo más profundo, algo que la mantenía atada a él, incluso ahora, cuando ya no estaban juntos.
Emma tomó una respiración profunda y miró el reloj. Tenía una reunión importante ese día, una oportunidad para seguir adelante con su vida profesional, lejos de la influencia de Alexander. Pero algo la inquietaba. Había un malestar en su interior, una sensación de que algo estaba a punto de cambiar. Y no estaba equivocada.
Golpes fuertes y urgentes en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Su corazón dio un vuelco. Nadie la visitaba sin avisar, y Sofía aún no había llegado de su viaje. Con pasos cautelosos, se acercó a la puerta. Cuando la abrió, sus ojos se encontraron con un hombre alto, imponente, con una expresión dura en su rostro. Era Sergei.
—Tenemos que hablar, Emma —dijo sin rodeos, su voz grave y firme.
Emma sintió que su estómago se hundía. Había tratado de mantenerse alejada de todo lo relacionado con Alexander, pero allí estaba Sergei, el hombre de confianza de Alexander, parado frente a ella como un recordatorio de que su pasado nunca la dejaría escapar del todo.
—¿Qué haces aquí, Sergei? —preguntó, tratando de mantener la calma, aunque su cuerpo entero estaba en tensión.
—Es Alexander —respondió, entrando sin esperar invitación—. Las cosas están mal... muy mal.
El solo escuchar su nombre hizo que el corazón de Emma latiera más rápido, pero no lo demostró.
—No quiero saber nada de él —respondió, cruzando los brazos frente a su pecho, como si eso pudiera protegerla de la tormenta que sabía que se avecinaba.
Sergei la miró con una mezcla de lástima y determinación.
—No tienes opción, Emma. Esta vez no se trata solo de ustedes dos. Hay más en juego.
Emma apretó los labios, resistiendo el impulso de hacer más preguntas, pero su curiosidad la venció.
—¿Qué está pasando? —preguntó al fin.
Sergei hizo una pausa, evaluando la situación antes de responder.
—Alguien está tratando de desestabilizarlo. Alguien muy cercano. Y Alexander... bueno, no está en su mejor momento. Necesita tu ayuda, Emma.
La sola idea de volver a estar cerca de Alexander la aterrorizaba. Sabía lo que significaba. Sabía lo que él le haría sentir, cómo la volvería a arrastrar a ese mundo oscuro del que había tratado de escapar. Pero también sabía que, en el fondo, una parte de ella lo seguía amando. Lo odiaba por eso.
—No puedo —susurró, más para sí misma que para Sergei.
—No puedes ignorar esto —la interrumpió Sergei—. No se trata solo de Alexander. Si no hacemos algo, muchos inocentes sufrirán. Incluyendo a tu hermana.
Emma sintió un escalofrío recorrer su espalda al escuchar la mención de Sofía. No podía permitir que ella quedara atrapada en ese caos.
—Sofía no tiene nada que ver en esto —respondió, su voz temblando.
Sergei la miró fijamente, con los ojos llenos de seriedad.
—Aún no, pero si las cosas siguen como están, no podré garantizar su seguridad... ni la tuya.
Emma cerró los ojos, sintiendo el peso de la realidad sobre ella. Sabía que, aunque quisiera mantenerse al margen, el mundo de Alexander la alcanzaría tarde o temprano. Y ahora, con Sofía en la ecuación, la situación era más complicada que nunca.
—Dame un momento —dijo Emma, tomando aire mientras trataba de procesar lo que estaba sucediendo.
Sergei la observó mientras ella se alejaba, sabiendo que su decisión la traería de vuelta al fuego. Emma no tenía idea de lo que se avecinaba, pero una cosa era clara: Alexander no había desaparecido de su vida, y las consecuencias de su relación apenas comenzaban a desmoronarse.
Emma miró por la ventana, como si la ciudad pudiera ofrecerle respuestas. Pero no había escapatoria. No esta vez.
—Está bien, Sergei —dijo finalmente, volviendo a la sala—. ¿Qué es lo que quieres que haga?