Fuego y Hielo
Emma se quedó en silencio, observando la vulnerabilidad en los ojos de Alexander. Aquella mirada, tan intensa y penetrante, no era la del hombre que recordaba. Había algo más, algo roto. Por un momento, quiso acercarse, tocarlo, asegurarse de que estaba bien, pero se detuvo. Había demasiadas cosas que se interponían entre ellos, demasiadas heridas abiertas.
—No estoy aquí para caer otra vez en lo mismo —dijo ella, tomando una respiración profunda para mantenerse firme—. Te amé, Alexander, lo sabes. Pero tú… tú siempre me mantuviste a distancia, como si tu orgullo fuera más importante que lo que teníamos.
Alexander no respondió de inmediato, pero sus manos se cerraron en puños. El silencio se alargó, cargado de una tensión insoportable, hasta que él finalmente rompió la distancia que los separaba, acercándose lo suficiente como para que Emma sintiera el calor de su cuerpo.
—¿Y crees que fue fácil para mí? —gruñó él, su voz grave, llena de un fuego que Emma conocía demasiado bien—. Mantenerte a distancia, luchar contra lo que sentía… nunca fue fácil, Emma. Yo… —sus palabras se cortaron, y por un momento pareció a punto de confesar algo, pero se contuvo—. No tienes idea de lo que es ser yo. De lo que es cargar con este maldito imperio, con estos enemigos que te siguen donde vayas. No puedo permitirme ser débil.
—¿Y amar es ser débil? —preguntó Emma, sintiendo cómo la frustración la quemaba por dentro—. ¿Es eso lo que piensas?
Alexander la miró directamente a los ojos, su expresión tensa, los músculos de su mandíbula tensándose. Pero no respondió. Sabía que esa era la verdad que nunca había querido admitir. Para él, amar siempre había sido una debilidad, un riesgo que no estaba dispuesto a correr. Pero ahora, la realidad se le venía encima como una tormenta, y no podía escapar de lo que sentía por Emma.
Ella dio un paso atrás, necesitando espacio, sintiendo que el peso de sus emociones la ahogaba. Había venido porque Sergei le había dicho que era urgente, que había peligro, pero ahora se daba cuenta de que el verdadero peligro siempre había estado en esa habitación, en la cercanía que compartía con Alexander.
—Sofía no debe saber nada de esto —dijo Emma, cambiando de tema abruptamente, intentando poner una barrera emocional entre ellos—. No quiero que se acerque a este mundo. Yo nunca quise que ella viviera esto.
Alexander asintió, entendiendo lo que ella intentaba hacer. Sabía que Emma estaba protegiéndose a sí misma tanto como protegía a su hermana.
—Sofía estará a salvo —dijo él, su voz más suave, pero con una firmeza que indicaba que cumpliría su palabra—. Sergei la vigilará, y yo me aseguraré de que nadie la toque.
Emma sintió un alivio momentáneo, pero sabía que su propia seguridad seguía en juego. No estaba segura de cuánto tiempo más podría resistir estando cerca de Alexander sin ceder a lo que sentía. Cada vez que lo miraba, los recuerdos volvían, golpeándola con la fuerza de una tormenta. Pero también sabía que no podía permitirse caer nuevamente en esa trampa. No después de lo que habían pasado.
De pronto, la puerta de la sala se abrió, y Sergei entró, con su expresión seria como siempre. Pero esta vez, había algo en su mirada que captó la atención de Emma de inmediato. Había preocupación, pero también algo más… urgencia.
—Tenemos un problema —anunció Sergei sin preámbulos—. Nos siguen.
Emma sintió cómo el aire se volvía más pesado de inmediato. Alexander dio un paso hacia Sergei, su cuerpo tensándose como un depredador listo para atacar.
—¿Quién? —preguntó con voz fría.
—No estoy seguro —respondió Sergei—. Pero son varios autos. Ya están cerca de la entrada de la mansión.
El corazón de Emma empezó a latir más rápido. Había visto lo suficiente en el mundo de la mafia como para saber lo que eso significaba. Los recuerdos de tiroteos, persecuciones y amenazas volvieron a inundar su mente, pero esta vez no podía permitirse ceder al pánico.
—Nos vamos —dijo Alexander con una autoridad innegable—. Emma, ve con Sergei. Yo los cubriré.
—¡No! —Emma no pudo evitar alzar la voz—. No voy a dejar que te enfrentes a esto solo, Alexander.
Él la miró con una mezcla de sorpresa y admiración, pero también con una determinación que no dejaba espacio para la discusión.
—Emma, escúchame —dijo, acercándose nuevamente a ella, sus manos sujetando sus brazos con firmeza pero sin brusquedad—. Yo puedo manejar esto. No voy a permitir que te lastimen. No otra vez.
Sus palabras, cargadas de emoción, resonaron en su mente. No otra vez. Esa promesa la atravesó como una daga, y aunque quería resistirse, sabía que tenía razón. Era el único que podía detener lo que estaba por venir.
Sergei ya había salido de la sala para preparar el auto. Alexander la miró una vez más antes de soltarla, su mano rozando brevemente su mejilla. Ese simple contacto hizo que su corazón diera un vuelco.
—Vete con Sergei, Emma. Te alcanzaré.
Sin decir más, Alexander se dirigió hacia la entrada, preparado para enfrentarse a lo que fuera que estuviera acechando en las sombras. Emma lo observó irse, sintiendo cómo su pecho se apretaba con cada paso que él daba hacia el peligro. Pero no tenía otra opción. Había confiado en Alexander antes, y ahora, una vez más, debía hacerlo.
Respirando profundamente, salió corriendo tras Sergei, quien ya la esperaba junto al auto con el motor encendido. Mientras subía al asiento del pasajero, su mente seguía en Alexander, en lo que significaba todo esto para ellos, para su relación. Sabía que su vida nunca sería la misma, y aunque una parte de ella deseaba escapar de todo, otra parte, la más profunda, sabía que nunca podría escapar de Alexander Novikov.
Mientras el auto aceleraba por las calles oscuras de Roma, las luces de los faros reflejándose en los edificios antiguos, Emma no podía dejar de pensar en una cosa: ya no había vuelta atrás.