“Tienes que hacer las cosas que crees que no puedes hacer” Eleanor Roosevelt Miré al demonio de verdad confundida. Yo ni siquiera estaba coqueteando. Además, si lo hiciera, no sería problema de él. —Bueno, Max, gracias a ti encontré el baño. —Reí. Él sonrió. Podía sentir la mirada penetrante del demonio, pero no lo tomé en cuenta. Estaba bien que yo trabajara para él, pero esto no era su maldito problema. —¿Primera vez aquí? —me preguntó. Asentí—. Vaya, me sorprende que una mujer con tanta elegancia como tú no haya venido antes aquí. Sabía que me coqueteaba, no era tonta. Max era guapo, muy guapo, y la verdad me sorprendía un poco que se hubiese fijado en mí, pues no era como las demás mujeres que se veían aquí. —¿Elegante? —inquirió el demonio. Lo observé; él miraba confundido a

