CAPÍTULO 2
Callum Kane
26 de diciembre.
Marco una vez más el número de teléfono, el celular suena anunciando cuantos segundos han pasado en una frecuencia de pitidos agudos. Miro a través de la ventana la nieve del jardín, como los árboles parecen estar siendo tragados por ella; dejando a su paso un paisaje blanco, pulcro y sin mucha emoción.
"¿Aló?" Responde la voz de Owen desde el otro lado del teléfono, un bostezo se entremezcla con la frase que estaba diciendo, provocando que no pueda entender ninguna de sus palabras.
"Hola, Owen, pásame a mis sobrinos" pido sin mucho preámbulo, este suspira dejando que un suave gruñido lo acompañe. Escucho a los lejos unos pasos torpes corriendo y chillidos infantiles siendo regañadas por Amelia.
—Niños, el tío Callum los está llamando—grita mi hermano tapando el auricular del celular, aun así, su voz se escucha a la perfección. Las voces infantiles y chillonas de Matt y Mak, se alzan sobre la de su padre, entre gritos con palabras de bebé.
"Cheti" Exclaman ambas voces infantiles al mismo tiempo, usando ese apodo que escucharon hace meses de Lindsay.
Esa jodida mujer se empeñó en decirme cereza, cada minuto del día. Cada vez que me veía el apodo, brotaba de sus labios con facilidad; ahora Matthew y Makeyla, lo repiten como loros. Bueno, tratan de hacerlo, apenas pueden pronunciar una que otra palabra. Así que el cherry, suena más como una combinación de sílabas sin sentido. Tenía la esperanza que estos últimos cuatro meses alejados de ellos, lo hubieran olvidado, pero no fue así.
"Cheti" pronuncia Makeyla con duda, su voz es aguda, casi como si estuviera a punto de llorar. Sonrió imaginando el rostro de la pequeña Daniels.
"Estoy acá, bebé oso" respondo ganándome una risa infantil, Makeyla reconoce enseguida mi voz. Matthew se queja tratando de quitarle el celular a su hermana. O eso creo que es lo que está sucediendo, por las respiraciones agitadas y la discusión de los pequeños. "No peleen, pequeño príncipe y pequeña bestia" ordeno con voz firmen. Los gemelos se quedan quietos, congelados como estatua. "Feliz cumpleaños a mis revoltosos favoritos, espero que sus padres le hayan dado la mejor fiesta" Ambos niños gritan emocionados.
Owen susurra algo y los niños al presionar la pantalla activan la cámara de video. La imagen de los gemelos aparece en mi pantalla; cabellos oscuros desordenados, y los ojos azules miran hacia su padre con un leve puchero en los labios. Son la cosa más tierna que he tenido el placer de conocer. En esta vida no hay nada más bonito para mí, que ellos.
Owen toma parte en la videollamada, mirando a la cámara con duda, pero mis ojos están centrados en los gemelos; sus mamelucos a juegos y esas miradas brillosas de bebés.
"¿Qué quieren como regalo?" Inquiero con duda. Ambos niños vuelven a mirar la cámara y sueltan adorables sonidos de bebés.
Bajo las escaleras principales de la casa de los Davis, llego hasta la sala, saludo a la señora Davis y Allen, los cuales se encuentran preparando unas galletas y teniendo una charla sobre el nuevo corte de cabello de Allen. El rubio se encoge de hombros atando el cabello en una cola alta, después hace una trenza y los envuelve en una cebolla mal hecha.
—Mamá dentro de unos meses lo cortaré y donaré el cabello como todos los años—su madre suspira y le dirige una mirada enternecedora a su hijo. Allen cada año se deja crecer el cabello durante varios meses para donarlo a los niños con cáncer.
Dice que es un desperdicio privar a otras personas de una parte de él, todos deberían tener esa dicha. Aunque la razón es totalmente diferente, Allen tiene un corazón frágil y le gusta ayudar a los demás.
"Quero un cabela" la voz de Makeyla atrae mi atención. Salgo de la casa cerrando la puerta de madera helada "una grugruuu". Continúa la pequeña haciendo gestos con las manos, muestra su único diente soltando la imitación de un gruñido, o lo que creo que está haciendo.
Cede entre lloriqueos y protesta el celular hacia su hermano, Matthew sonríe regalándome su mejor sonrisa de bebé roba corazones. El pequeño imita sonidos y acciones, los cuales no logro comprender, pero su hermana los capta con facilidad. "Abol, cata" enumera Matthew con duda, como si le costara recordar cada cosa que desea.
Owen ríe al notar la expresión de confusión que poseo, el pelinegro se carcajea con fuerza agachándose al lado de sus hijos; escondiendo la cabeza contra la cama. Frunzo el ceño, gesticulando una maldición; espero que mi hermano deje de reír y decida explicarme lo que no he entendido.
"Quieren un zoológico" abrevia el pelinegro con simpleza, sin explicarme cada sonido que hacen los gemelos.
"No, absolutamente, no" niego apresuradamente las opciones descabellas "ni de locos, puedo darle un animal. No, menos un león" anuncio captando el movimiento de las manos entrecerradas y sus labios mostrando las encías. Explico el motivo esperando que entre en sus pequeñas cabezas de bebés, y más adelante siempre pidan una razón lógica cuando se nieguen a darle algo.
Quiero que mis sobrinos sean inteligentes; son lindos, ahora deben ser lindos, inteligentes y despiadados. Para que nunca tenga que pasar por altibajos, como algunos de nosotros. Que tenga una mejor vida.
Aunque ahora no comprendan por qué le damos un porque después del no, o lloren al no conseguir lo que desean.
Owen explica que hace unas semanas los gemelos vieron un programa de televisión sobre los animales en su habita natural, como corrían e iban libre por el mundo. Desde entonces han estado pidiendo que le regalen algún animal. Owen susurra que por él les hubiera conseguido un gato o pato, pero Amelia se negó rotundamente al notar la mirada en sus ojos. No me sorprende que los gemelos hayan llorado durante horas antes de caer dormidos, enojados porque no cumplieron su capricho.
Bueno, todos tenemos un poco de culpa por aquella pataleta. Aunque me gustaría sacarme de ese grupo; ninguno de sus tíos y tías le puede negar algo a los gemelos. Vivimos para complacer los deseos de esos bebés.
"Wau, wau, cheti" intenta esta vez Makeyla, usando ese tono de voz suave e infantil. La pequeña está haciendo un puchero del otro lado del teléfono. "Cheti" ruega mirándome fijamente con sus ojos bicolor.
Pequeña traviesa.
"Pásame a tu papá, bebé" pide soltando un suspiro. El frío aire del invierno roza mis mejillas, la piel se reciente por el clima, casi adormeciéndose por completo.
"No, no puedes darle nada de eso, a menos que quieras morir" Informa Owen al coger la llamada, siseo ante ese comentario estúpido. No pensaba darle nada de lo que pedían, es ilógico.
"Pregúntale a tu mujer si estaría bien llevarlos al zoológico o una reserva natural" le explico mi idea. Dudo que suceda algo malo por mostrarle un poco de ese mundo del cual se han enamorado "les compraré animales de peluche, los que sean más reales" aseguro pensando en unos robots.
Coloco ambos obsequios en la lista de cosas por comprar y hacer. Dejando estos en primer lugar y atrasando una vez más cada cosa que necesito cuando llegue a Londres.
"Bien, le preguntaré a mi esposa, dentro de unas horas o días te mandaré la respuesta" Asegura Owen colgando la llamada.
Bloqueo el celular guardándolo en el bolsillo trasero del pantalón, deslizo las manos sobre los brazos, creando fricción entre la lana y mi piel; el frío se abrió paso hasta mis huesos en estos pocos segundos donde estuve parado en la puerta de la casa colonial. Avanzo buscando una cafetería o cualquier sitio donde venda bebidas calientes, al soplar el aire sale casi como el humo; blanquecino y pesado. La punta de la nariz está fría y los dedos van por el mismo camino, pero, por obra del destino encuentro una cafetería justo a tiempo antes de morir por el frío.
—Buenos días—anuncia una voz masculina cuando la campana del local suena. Jalo del gorro de lana beis hacia abajo, tratando de esconderme dentro de él.
La mayoría de las mesas están desocupadas y las personas que se encuentran en el lugar se encuentran en parejas o solas con un portátil y una enorme taza de café. Me dirijo al recibidor hecho en madera de roble, esmaltado en un tono marrón oscuro; casi como el color del buen de caramelo. Doy un vistazo rápido al menú; hay bebidas calientes en el lado derecho y las frías al otro lado con un muñeco de nieve encima de ellas. Alzo la mirada encontrándome con un par de ojos ámbar, los cuales parece brillar en un tono dorado opaco.
—¿Desea ordenar un café? —inquiere el camarero, sacando una pequeña libreta de hojas amarillentas donde anotara el pedido. Asiento, decidiéndome por el quinto nombre en la fila de la derecha.
—Un moca caliente y con extra de azúcar—pido fijándome cortamente en el rostro del empleado. Desvío la mirada hacia las mesas, detallando por encima a las personas reunidas en la cafetera.
Algunos parecen estar afanados para terminar el día, otros están disfrutando el momento, y la energía que rodea al mes de diciembre; viven la magia navideña y el romance. Devuelvo la mirada hacia el empleado, entrecierro los ojos, esperando que aquellos rasgos aparezcan una vez más. Puedo asegurar que sus ojos cambiaron de color, y las orejas eran puntiagudas, y con algunos aretes en ellas. Parpadeos continuos y rápidos, manteniendo los parpados juntos durante unos segundos, pero el muchacho sigue siendo el mismo de hace unos minutos. Ojos ámbares, piel blanca y tersa como la nieve, cabello castaño con reflejos rubios y algunas pecas regadas por sus mejillas. Pecas las cuales no se aprecian, si no colocas atención en ellas.
Parece que el frío del pequeño pueblo, está haciendo que vea cosas donde no las hay.
—Acá está su pedido, caliente y con mucha azúcar—anuncia el mesero dedicándome una sonrisa amable, con un toque de una pícara timidez en ella. Le devuelvo la sonrisa, tomando la taza de café, dirigiéndome hacia una de las mesas despejadas.
—Al fin—murmura una voz femenina y extasiada, mis ojos siguen inconscientemente el sonido, encontrándose con una castaña en una de las mesas del fondo. Emma está con una enorme sonrisa y rayando algo en un cuaderno, la felicidad desborda de sus poros.
—Buenos días—murmuro detrás de ella, Emma se congela y se toma varios segundos en apartar la mirada de la pantalla del portátil.
Disfruto cada segundo que le toma, alzar el mentón y como sus ojos azules se fijan en mí; recorriéndome de pies a cabeza, tomándose su tiempo en examinarme. Cuando su mirada se enfoca en mi rostro, se percata de la sonrisa victoriosa, la cual se halla en mis labios. Su pecho sube con lentitud, atrayendo el aire hacia los pulmones, llenándolos por completos. Este se demora varios segundos en salir de ella.
—¿Cómo te encuentras el día de hoy, pequeña? —uso el apodo, sus mejillas se enrojecen y los ojos brillan en el silencio que la envuelve. — ¿Acaso te comieron la lengua? —inquiero dando la vuelta a la mesa, tomando asiento al frente de Emma. Ella sigue en silencio, tanto silencio podría ser envidiado por alguna tumba— ¿Quién tuvo el placer de tener tu boca, Emma? Yo no fui, y me muero para hacerlo—susurro sin ir a lo obsceno, tanteo el territorio alrededor de ella, con miedo a caer en su lengua afilada.
—Nadie se ha robado mi lengua, mucho menos tú, Callum—mi nombre es pronunciado con un cierto reproche, el cual no he sido capaz de descifrar. No se dé donde nació ese rencor o porque lo dirige hacia mí.
Si, la he jodido alrededor de Emma un par de veces, nada grave, para merecer ese tono en su voz y las emociones que siempre dirige hacia mi persona. Estoy comenzando a creer que solo lo echa sobre mí y no a la persona, quien realmente le pertenece.
—Se vale soñar, ¿no? —tomo un sorbo de moca, deleitándome con el sabor dulce de la leche y el chocolate mezclándose con el café. El nivel de azúcar es perfecto para mí.
—Yo diría que no, pero ustedes viven de los sueños—se encoge de hombros volviendo la mirada azulada hacia el portátil. Sus dedos caen sobre el teclado, tipeando palabras en él.
—¿Acaso tienes un sueño frustrado, pequeña Emma?
—¿Quién no tiene un sueño frustrado, Señor Kane? —devuelve la pregunta sin levantar la mirada, hay un deje de ironía detrás de su ceño fruncido. —Todas las personas han dejado a medio recorrido sus sueños, son pocos los que han triunfado—su mirada se encuentra con la mía. Dura e impenetrable—y ustedes están entre ese bajo por ciento de triunfadores, la suerte no les sonríe a todos los desgraciados.
Limpio la espuma del moca con la punta de la lengua, mirando a Emma sin ninguna expresión en mi rostro; considero que en este momento ella merece que deje a un lado mi habitual estado bromista y despreocupado. Que muestre el verdadero Callum.
—No creo en la suerte, o en que una persona se merece lo que le sucede. Son pensamientos infundados por la sociedad. Para decirte donde debes estar; te encadena a un lugar de sufrimiento continuo y te hace pensar que no mereces entrar al otro bando—sonrió. —En el lado de los triunfadores. Los sueños se cumplen, no porque tengas suerte, señorita Emma. Se llevan a cabo porque luchaste por ellos y nunca te rendiste hasta asegurar que se hicieran realidad. Un hada madrina no va a bajar, a cumplirlo, nada en este mundo se consigue siendo un iluso y confiado.
Mis palabras son duras y sin humor. No hablo de cómo conseguí llegar al punto donde estoy, como la fama me ha abierto decenas de caminos. Estoy contándole una parte de cómo me sentía al luchar por este lugar, al abrirme paso entre millones de personas que son mejores que uno. Como dije, los sueños no se cumplen porque te lo mereces y has sido una buena persona. Tienes que ser despiadada y muchas veces malo, para hacerte un lugar.
—Tiene una opinión muy oscura, Señor Kane.
—Solo es la realidad que conozco, señorita Emma—murmuro volviendo a plasmar la sonrisa burlona en mis labios. Alzando la máscara de indiferencia y relajo. Los ojos azulados me observan del otro lado, con una mirada enigmática en ellos; está tratando de descifrarme, descubrir cuanta verdad hay en mis palabras.
Sonrió con inocencia, dándole otro sorbo al café, cierro los ojos ante el sabor dulce, deleitándome en él. Amo la comida dulce y el café, son el elixir de mi vida.
— ¿Qué haces, pequeña? —inquiero acortando la distancia que nos separa.
—Editando—responde con simpleza, volviendo la mirada al computador. Miro la pantalla notando los párrafos, frases y palabras en el documento de Word.
Leo algunas líneas, ellas me atrapan y transporta a un mundo de guerra y guerreros mágicos, los cuales guían a una chica hacia el otro lado. Hacia un velo, el cual separa a los dos mundos, sigo bajando por las palabras descubriendo, que la mujer, con un nombre complejo de pronunciar, hace poco ha descubierto que posee los poderes de un oráculo. Que sus sueños no eran solo eso.
— ¿Lo escribiste tú? —cuestiono sin poder apartar los ojos de la página, Emma niega susurrando un nombre el cual reconozco rápidamente, y no porque alguno de los muchachos se haya liado con ella.
—Leslie Gómez, una escritora de procedencia suramericana, lo ha escrito. Es una de las mejores escritoras de romance del momento.
Conozco los libros de Leslie, aún más ahora que una de sus sagas está siendo adaptada a una serie. La latina de piel trigueña está siendo un éxito entre el público de cualquier edad, todos esperan emocionados la producción cinematográfica y yo estoy enterado de ello, por Lex. Lexie McGee está dirigiendo la producción, como directora. Y los pocos spoilers que me ha soltado, anuncia que será todo un éxito.
La maldita escocesa que le gusta hacerme sufrir. No me deja ver un episodio completo, pero si me muestra los eventos más importantes de la serie. Ella vive para hacer el mal.
—Sé quién es Leslie, pero ¿ella no solo escribe romance? —inquiero con duda, queriendo leer un poco más del manuscrito, Emma se encoge de hombros cerrando el portátil. —He leído unos cuantos de sus libros.
—Creía que tu cabeza únicamente podía pensar en mujeres y tocar el bajo—el murmullo sale sin fuerza, casi con una burla mal disimulada. Suspiro estirándome sobre la silla, listo para recibir más de esos comentarios.
—Si lo dices, con la duda que mire alguien más que no seas tú. No lo hago, no debes preocuparte, pequeña, solo te observo a ti—susurro con una sonrisa, acercándome hacia ella.
—No me preocupa algo tan banal, no soy tú—ignoro el comentario revisando su libreta, la que está cerca del moca y de tapa dura con detalles en rojo sangre. —Los famosos no comparte gustos con las personas del montón.
Leo algunas frases, sin tener en cuenta el tono mordaz del comentario. Las frases están escritas a mano, la caligrafía es delgada y casi pulcra, con un toque de desorden en el alargamiento de las letras. Algunas hojas están llenas de cortos poemas, y secuencias para una historia; relatos de fantasía y venganza, donde un villano no es tan malo. Emma deja de hablar y su mirada se centra en la libreta que está en mis manos, puedo notar el leve engrosamiento en su pecho y respiración, la agitación que la corroe.
—Soy una persona normal. No tengo gustos extravagantes y que conozca a la autora y lea, no me hace menos o más. No soy una criatura de otro mundo—rio cerrando la libreta al notar su incomodidad—tienes talento—inclino la bitácora sobre la mesa, creando un sonido sordo y agudo.
—Solo lo dices para acercarte a mí.
— ¿Quién crees que soy? ¿Solo un famoso, el cual vive en su mundo de fantasía? ¿Un hombre el cual se aprovecha de los sueños de una mujer para ligar? Soy tan despiadado a tus ojos, jumm—suspiro—es algo gracioso, sabes, no necesito de trucos para atraer a una mujer, y no doy halagos únicamente porque me guste alguien, Emma. Mis palabras son sinceras, aunque no lo creas.
—Tienes razón, no pienso que seas más que luces, música, mujeres y fama. Nada más eres un tipo atractivo, el cual tiene todo en el mundo—sonrió toscamente tocándome el pecho, dejando salir un leve jadeo de dolor fingido. No le prestó atención a la intención de sus palabras, Emma no conseguirá herirme, aunque lo intente con todas sus fuerzas.
—Las personas somos más que la primera impresión; somos un conjunto de pensamientos, recuerdos y vivencias. Y las mías no comienzan y terminan, en la fama, en ser el bajista de una banda. Soy más que Callum Kane, el bajista de The Hunther. Pero eso, pequeña, no le concierne a nadie—me levanto de la silla, dispuesto abandonar la cafetería. Agarro un mechón de cabello castaño oscuro, casi n***o, le doy algunas vueltas antes de soltarlo. —La próxima intenta despreciarme aún más si quieres que me aleje, pequeña. Tus palabras son como una caricia.
Al inclinarme hacia delante y abajo, nuestras respiraciones se entremezclan, la suya caliente y pesada, intranquila. Hidrato los labios, antes de presionarlos contra su mejilla aterciopelada. Dejo un casto beso contra la mejilla, aspirando la dulzura del perfume y sintiendo el descoordinado ritmo de su respiración. Me despido de Emma, saliendo del café; vagando por los senderos nevados sin rumbo alguno, solo quemando algunos recuerdos malos.