Tres: el ladrón de besos

3465 Palabras
CAPÍTULO 3 Callum Kane 31 de diciembre, 2017  Las luces neón del letrero del club desentona con el paisaje del pueblo, la música traspasa las gruesas paredes del establecimiento; los gritos, el olor a alcohol y sudor se intensifica cuando entramos al establecimiento. El DJ devuelve la última estrofa de una canción, el rechinar del disco se escucha al fondo seguido por los gritos de los presentes, exclamando a pleno pulmón la letra de la canción. Los gritos son estridentes, las palabras se enredan y solo se escucha las voces gritando. Las personas bailan en la mitad de la pista, agarrando bebidas de los repartidores; las copas se vacían con facilidad, los cuerpos de los bailarines siguen rozándose, puedo notar a millas la capa de sudor sobre ellos. Brillantes y húmedos. Nos abrimos pasos entre codazos, hacia la barra, algunas miradas caen sobre nosotros, Allen y Evans sonríe dejándose manosear por las manos inquietas de las mujeres. Emma va delante de mí, abriéndose paso entre empujones y maldiciones, observo su espalda y lo poco que iluminan las luces su trasero; apenas logro percibir el vaivén de culo. El cual es un movimiento demasiado hipnótico. Acorto la distancia que nos separa, posando una mano sobre su hombro, Emma gira mirando la procedencia de la mano sobre su hombro con duda, lista para matar al individuo que ha osado tocarla, pero al ver que solo yo, se relaja. Aun así, no falta el comentario de molestia por la acción. Llegamos a la barra después de unos minutos de recorrido, el cual se sintió largo y pesado. —Me das una cerveza negra, por favor—pide Emma al barman, él asiente esperando los pedidos de los demás. Cruzo los dedos esperando tener más suerte el día de hoy que el veinticuatro; estoy feliz con el resultado obtenido en navidad. Pero, soy ocioso y deseo todo lo que pueda obtener de Emma, no me importa si es bueno o malo, quiero todas las reacciones posibles de ella. Ese sentimiento que golpea mi pecho, el que me hace actuar en contra de mi naturaleza, ese el cual dictamina que me he enamorado de Emma. No sé, si realmente puedo decir que estoy enamorado de la castaña, pero no encuentro otra razón lógica, a mi comportamiento alrededor de ella. El aguantar sus desplantes más de una vez. No soy masoquista, o no lo era hasta hace unas semanas. Emma se metió debajo de mi piel, y no me di cuenta cuando sucedió, ella fue rápida y sutil, en un momento cuando cerraba los ojos mis pensamientos corrían hacia ella. Buscaba la manera de llamar su atención, de obtener su mirada sobre mí, aunque solo había disgusto en ella. Y sinceramente, no sé qué otra descripción darles a estos sentimientos, una la cual no suena mal. Donde no quede en una posición fea. Pero... Puede que ya haya cruzado esa línea. Porque no encuentro lógica a lo que hago. No lo encuentro. —Quiero lo mismo—decimos Allen y yo al mismo tiempo. Acorto aún más la distancia que me separa de Emma, quedándome justo en el punto preciso donde tiene que verme sí o sí. Podría decirse que estoy siendo caprichoso, al intentar obtener el cariño de Emma, pero no lo estoy siendo. No puedes llamar a una persona caprichosa, cuando ha tenido que dejar ir cada cosa que desea, cuando ha pasado por un infierno siendo apenas un niño. Los huérfanos no tienen el derecho a exigir, se aprende desde edad temprana aceptar cualquier muestra de afecto, a recibir todo con los brazos abiertos; aunque, esto sea, lástima o las migajas. Así que cuando uno es adoptado por una persona, que te ve como su sol y su mundo, es un cambio bastante grande, el cual te hace sentir durante unos meses dudoso alrededor de esa persona. La sensación de que todo es falso y en algún momento se caerá como una torre de naipes, es persistente, ese miedo nunca te abandona. Por eso tendemos a ser silenciosos, amables y mostrar un rostro sonriente, el cual las personas puedan sentirse en confianza contigo. Quererte por esa máscara que cargadas cada segundo del día. Mi madre, Cassandra y su familia, fueron como unos ángeles bajando del cielo. Ellos me demostraron que está bien dejar de sonreír o pedir lo que creemos merecer, me mostraron que el amor es más que la lastima. Pero puede que aún no haya dejado ir por completo las actitudes de un huérfano. —Dos whiskys—piden Adam y Evans; no me sorprende que se vayan por algo fuerte al principio de la noche. La mirada de Emma se desvía hacia Adam, casi con sutileza y pasando desapercibida. Pero en el fondo de los ojos azules, está el deseo de ser notado. Es tan claro como el agua. —Ronda de bebidas saliendo—exclama el barman colocando las cervezas y los Whiskys unos al lado del otro. El hielo en el centro de los vasos rueda al compás de las vibraciones de la música, es un movimiento entretenido. Desvió la mirada hacia la pista de baile, el movimiento continuo e insinuante de la masa me atrae hacia ella. Las caderas ondulándose y chocando contra la carne es hipnotizante y tentador. Las voces aclamando con fuerza una canción popular del momento, y las bellas mujeres recorriendo las curvas de su cuerpo con descaro, es todo un espectáculo de la feminidad, el cual debe ser observado con adoración. Observar, pero sin llegar a tocar o incomodar a las bailarinas. Porque ellas están ahí, moviéndose para su disguste, porque quieren hacerlo, y no para atraer la atención masculina, como muchos hombres afirman. Las mujeres pueden ser seductoras, hermosas o sexy, pueden ser lo que desean; pero aquello no da derecho a un hombre a incomodarlas, o ir contra ellas. Contra sus deseos. Solo un descerebrado haría eso. — ¿Cuándo fue la última vez que estuvimos en un club? —pregunta Allen entre gritos, el rubio da un trago de su cerveza mirando con una sonrisa la multitud. Si esta fuera una noche como cualquier otra, estaría en camino a la pista, dejándome guiar por una sonrisa suave y coqueta, por manos expertas y voraces, sin miedo a que me descubran. Disfrutaría de un buen momento en compañía de alguien. Pero no vengo con la intención de obtener la atención de cualquier persona, solo me interesa alguien de las decenas de individuos reunidos. —El día que Owen se casó con Amelia, decidieron hacerlo sin mucho detalle, casi como en las vegas—grito—Evans firmo un contrato matrimonial también, ahora que hablamos de contratos, ¿dónde quedaría aquel papel? Allen se encoge de hombros demostrando que él tampoco sabe que habrá sucedido con ese documento. Estábamos muy borrachos la mayoría, Elena y Lindsay se subieron sobre mesas y dieron bailes sensuales, aquel día. Creo que hay un video de aquello. —Esperemos por el bien de la mujer que no sea real. Estar casada con Evans sería un delirio—se burla Allen arrugando su cara angelical. Nuestras miradas se dirigen hacia el mayor de la banda, Evans está tomando de su copa con el ceño fruncido. El rostro del pianista se encuentra serio con un toque de enojo, pero aun así se mantiene neutral, demasiado neutral para decir que no le sucede nada. La única vez que esa expresión adorna el rostro de Evans, siempre posee el mismo apellido y casi los mismos rasgos físicos. Elena Miller, su gemela, es la única capaz de arruinarle el día a su hermano, aunque se encuentre en la otra punta del mundo. Elena es una morena preciosa, la cual se juega la vida como si no hubiera un mañana; otros prefieren relajarse y tomar algunas copas, pero ella... Ella corre hacia las zonas más peligrosas del globo terráqueo. Preciosa pero peligrosa a la misma medida. Parece que mis gustos son raros en todos los sentidos. —Te dedico esta canción, pequeña—susurro en su oído. Casi gritando ante el volumen de la música. Las primeras estrofas de la canción suenan, una de las que yo escribí para la banda. Las voces de las personas se alzan en gritos desbocados, aclamando la letra. El ritmo de los instrumentos se detiene por cortos segundos, dando inicio a mi voz, a la primera frase. Aclaro la garganta cantando la línea, al mismo compas. Los ojos azules se encuentran con los míos, se hallan dilatados y aquella mirada, la cual me mantiene cautivo es intensa, arrolladora y asfixiante. Emma mantiene la mirada, sus ojos siguen el movimiento de los labios, nuestras miradas se mantienen entrelazadas a medida que sigo cantando. Pero esto dura poco. Allen entona su parte, jugando un poco con la variación; los cabellos rubios se agitan y las manos del guitarrista imitan el movimiento, el cual hace cuando está tocando una guitarra. Me uno a la voz de Allen, hacemos el coro en gritos, los cuales aprisionan nuestros pulmones; robándose todo el aire contenido en ellos de un solo golpe. La mirada de Emma huye de mí, evita mirarme como si hubiera hecho algo malo. —Otra ronda—grita Emma tratando de huir, rio reteniéndola a mi lado tomándome el último trago de la cerveza. Emma gruñe, mirandome con los ojos entrecerrados cuando le alcanzó su bebida. —No necesito de tu ayuda—masculla fríamente, la observo con una sonrisa, sin darle importancia a su tono. —No sabía que podías ser tan fría, pequeña—murmuro ganándome un golpe de su parte. Se estremece entre mis brazos, su mano agarra con firmeza y fuerza el envase de la cerveza, la otra mano está contra su pecho, mientras sus ojos observan hacia arriba. Hacia mi rostro, trata de colocarse a mi altura, pero, aunque se ponga en la punta de los pies, no alcanza. Sigue siendo baja. Emma gruñe desesperada y decide golpearme hasta que ceda el agarre sobre ella. Varias personas nos observan con atención gracias a la pequeña pelea. — ¡YA BÉSENSE! —grita uno de los observadores. Emma los mira de esa manera, la cual solo me dirige a mí; como si estuviera calculando todas las formas posibles de matar al intruso no deseado, al final solo sonríe provocando que la miremos con miedo. Nada bueno trae esa sonrisa. —No deberíamos dejar esperando al público—murmuro pegando mi pecho contra su espalda, mi voz está más ronca de lo normal, gracias a la bebida y que he estado gritando. —Lástima que no me interese el público—se gira quedando frente a mí, su cabeza está inclinada hacia atrás. Observo como sus labios se mueven lentamente, llamándome, es un hechizo. — ¡Métete en tus jodidos asuntos! —grita tomándonos por sorpresa a todos. Las personas evitan decir algo más y Emma me dirige una pequeña sonrisa retadora. —Me encanta cuando sacas las garras. Emma me mira irónica, esperando que diga otra de mis estupideces; como me conoce la pequeña fiera. Pero ahora no diré nada estúpido, me fascina el carácter mando y malo de Emma, sobre todo cuando no está dirigido a mi yugular. — ¿No te da miedo estar tentando a la muerte? —pregunta con una inocencia que creería si no la conociera. Niego. —Espero muchas cosas de ti, menos morir en tus manos—aseguro con toda la confianza que poseo. Hay dos razones las cuales respalda mi confianza, la primera, es un delito asesinar a alguien y la segunda, la mirada esquiva de Emma esconde mucho más que disgusto. La música sigue cambiando por canciones de nosotros, los muchachos siguen cantando a todo pulmón, tratando de evitar las miradas curiosas. Emma me evita sin importar lo que diga o haga, suspiro terminándome la nueva cerveza que pedimos. —Ahora vamos con unos ojos verdes—grita el DJ anunciando la próxima canción— ¿Quiénes están listo para pecar? —pregunta entre gritos, usando la típica frase con la cual anuncio la canción. Y no hay mejores palabras para describirla, cada frase de esa canción, está cargada de una energía lujuriosa. Una fantasía pura. Es la leyenda de una noche inigualable, la cual me robo más que recuerdos, más que unos suspiros o jadeos. Es el pecado en tinta, el pecado perfecto. Y la mejor canción para dedicar, a menos a mi parecer. Las personas corean la canción, desentonado algunas notas; pero me encanta que tantas personas estén cantando una de mis canciones y sobre todo esta, la cual compuse borracho y sin acordarme de la causante. Puedo jurar que los ojos realmente no eran verdes, pero eso nunca lo sabré con exactitud. — ¿Me dedicas un baile? —pido con una sonrisa. Ella me mira como si fuera un idiota y puede que lo sea por volver a preguntar. —Ya sabes la respuesta—responde. —Al menos bailemos esta—ruego. Joder, realmente le estoy rogando. — ¿Por qué? —pregunta Emma mirándome fijamente evaluando lo que diré. Está considerando darme una oportunidad, así que decido parafrasear una de las estrofas. —Porque es una de las canciones que he escrito, y podrías ser mi enigma de ojos verdes— murmuro sincronizándome con la música en lo último. —No tengo los ojos verdes—recalca lo obvio. Ella es imposible. —Lo sé, tienes unos preciosos ojos azules—murmuro con toda la seriedad del mundo— ¿entonces quieres ser mi pecado de ojos azules? —pregunto contra su oído, rozando el lóbulo de la oreja con los labios. —Bien— susurra asintiendo, sonrió agarrando su mano y guiándola a la pista de baile. Acerco su cuerpo hacia el mío, moviéndonos al compás de la música. Inclino la cabeza solo para que ella me escuche cantar, canto al ritmo de la música, la canción más descarada que he escrito. Sus ojos azules me observan con fijeza; pupilas dilatadas, tragándose por completo el azul del iris, dejando un intenso color n***o. Aumento el ritmo de los balanceos, nuestras caderas chocan y el ritmo agitado de su pecho al subir y bajar, lo siento en el mío. Ladeo una esquina de la boca, sonriendo con descaro al percibir cada uno de sus cambios al estar en mis brazos, al moverse contra mi cuerpo y al cantar para ella. Nada más para ella. Emma esquiva la mirada, podría apostar que sus mejillas se encuentran enrojecidas, pero es difícil saberlo en la oscuridad de la pista de baile. Agarro la mano que se encuentra en el hombro, la hago girar deteniendo el giro cuando su espalda toca mi pecho. Nuestras caderas vuelven a sincronizarse, y siento como su culo se agita contra mi pene. No puedo dejar pasar el movimiento circular y el leve vaivén de arriba abajo de su cadera; estoy atrapado en el ritmo, y evitando con todas mis fuerzas que mi pene reaccione. Y mierda es imposible. Sus movimientos se vuelven cada vez más descarados a medida que sigo cantando y bailando con ella. Emma controla el baile, me mantiene hechizado en sus caderas, en la pícara sonrisa y mirada, la cual se desliza en su rostro. Ese brillo descarado me hace perder la cabeza, los latidos de mi corazón son enloquecidos, bombea contra la caja torácica con fuerza, queriendo escapar de su lugar; solo para adorar a esta mujer de mirada tentativa. —No te mueves tan mal—la ironía abunda en ese comentario, pero la sonrisa burlona en sus labios demuestra que únicamente está jodiéndome. Maldición, Emma jódeme. —No mentía cuando dije que era un buen bailarín, Emma—aseguro. Pase cientos de horas aprendiendo a bailar, era una barrilla; hasta un gato sabía bailar mejor que yo en ese entonces. Era descoordinado, torpe y con dos pies izquierdos, fue un milagro que mejorara. Los profesores huían a la semana, enojados por tener que enseñarle a una persona con cero aptitudes en el baile. Llore, maldije mi destino, pero seguí entrenando día y noche; no quería pasar pena cuando me tocara hacerlo en público, ya tenía suficiente con carecer del perfil de un músico. A medida que los meses pasaron, aprendí, mejores y me encanto bailar. Soy bueno en ello, no el mejor, pero me defiendo. Pero Emma, Ella me gana y eclipsa con sus movimientos y aún más con esa pequeña sonrisa coqueta que tiene en sus labios ahora mismo. Como quiere que no enloquezca por ella si hace estas pequeñas cosas. —Ya se terminó—susurra Emma cuando suena la última nota de la canción. Nuestras miradas permanecen sobre el otro, estamos en nuestra burbuja, hipnotizados por el otro. Aunque sus palabras dicen que se quieren ir, su cuerpo hace todo lo contrario. Se sigue moviendo al compás de la música, y sus ojos buscan los míos. Me ve absorta en el momento y las sensaciones, las cuales nos rodea. Comienza una nueva canción, nos balanceamos con ella, mi cabeza está dando vueltas al ritmo de los latidos del corazón; todo en mi cuerpo en este momento es caótico. Quisiera decir que mis pensamientos son correctos, buenos y sin malicia en ellos. Pero es imposible no sacar a jugar mi lado malo, teniendo a esta mujer al lado; una parte de mí solo quiere lanzarse hacia adelante y robarle un beso. Un jodido roce de labios, piel contra piel y algo de saliva. Sin embargo, perdería la cabeza antes de llegar a besarla, o puede que no. La suerte nunca ha estado de mi lado. Emma está tratando de controlar el ritmo acelerado de su respiración, su rostro está al rojo vivo y las gotas de sudor bajan de su frente por las mejillas y cuello. En este momento se ve adorable. — ¿Lista para pecar? —inquiero desconcertándola. Sus ojos se cierran considerando la pregunta, intentando saber si hay alguna respuesta lógica para ella. Sonrió aprovechando la confusión. —Bienvenida al otro lado, pequeña—susurro sobre sus labios, nuestros alientos se entremezclan y los ojos azules parecen saltar de su cuenca, pero no se aleja. No se aleja. —Si... —susurra poco convencida. Los iris azules brillan y no necesito más respuesta que la de su cuerpo para acercarme. No huye o coloca resistencia, solo me mira esperando que haga algo, está esperando que actué. Sonrió acortando la distancia que nos separa, atrapando sus gordos labios entre los míos. Mordisqueando el rosado labio inferior; ella jadea sonoramente, clavando ls uñas en mi brazo derecho. Mi corazón se descontrola y espero unos segundos, espero que se aleje y me golpeo, pero Emma abre la boca, incita a que comience el beso. Nuestros labios se mueven al mismo son, trato que esto sea lento y tranquilo, pero cada vez que su lengua se impone sobre mí, enloquezco. Emma me descontrola, sus manos enterrándose entre los músculos de la espalda, su pecho pegado al mío, y nuestras respiraciones siendo una combinación sin sentido. Cada segundo que sus labios se muelen contra mí, su lengua reclamando el control y sus uñas rasguñan la carne hasta dejarla en girones; mellan el control que poseo. Me hacen cautivo de sus caricias, de sus besos y de su decisión. Me esclaviza a ella y su boca. Jadeo, apretando la cintura de la castaña, deslizo las manos por sus curvas sin llegar a tocar de más, sin caer en lo vulgar o indecente. Permanezco en el límite de lo aceptable y cada vez que un gemido se escapa de su boca, lucho por no bajar hasta su culo y nalguearla. Emma se separa mordiéndome el labio inferior, lo atrae hacia ella con salvajismo, haciéndome daño. Pero ese dolor está mezclado con un placer desorbitante. —Eres un ladrón—susurra con la voz entrecortada, exhala e inhala llevando aire a los pulmones. Los ojos oscuros demuestran los efectos secundarios del beso. Y es encantador. —Entonces soy tu ladrón, pequeña dama—susurro contra sus labios, agarrando con fuerza los últimos segundos, los cuales me permite estar tan cerca. Cuando nuestras respiraciones vuelven a la normalidad y los ojos no parecen delatar lo sucedido, ella se aleja caminando hacia la barra. Yo me quedo parado en el medio de la pista, viendo cómo se aleja. —Así es como las esperanzas del desafortunado crecen—exclama Evans. —Soldado caído—grita Allen— ya lo hemos perdido totalmente. —Tienes toda la razón—aseguro embobado. Que digan todo lo que quieran decir, no me arrepiento de estar a punto de caer por Emma Scott, vale totalmente la pena caer en las manos de mi pequeña come libros.
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