Al día siguiente, comencé a trabajar con la jefa del área de relaciones públicas. Era una chica muy simpática, querida por todos en la empresa y muy bonita. Era muy inteligente y las ideas que a cada rato se le ocurrían para implementar en la empresa de manera comunicacional, era muy buenas. El problema estaba, en que era muy dispersa. No terminaba de hablar sobre un tema, cuando su mente ya estaba panificando la siguiente conversación y terminaba vomitando las palabras mientras se atropellaban en su boca unas a otras. A veces no lograba entender lo que me decía y eso me frustraba un poco. Cuando volvimos del almuerzo, porque la invité a comer, le pedí que, por favor, me hablara más lento. Le dije que no estaba acostumbrada a las personas, mucho menos a la forma en que hablaban, porque ha

