—No, te escucho encantado —le había desmentido Marcos, solo por educación, porque era muy cierto que, en ese momento, solo le importaba lo dijera Rubén de su padre. —¿Ah, sí? Perdona, me he equivocado. Verás, el hecho es que de niño trabajé en uno de los primeros talleres de hojas de oveja. Decían que habían inventado el método para hacerlas, quién sabe si era cierto. ¡En todo caso, apestaba ahí dentro! Buenos tiempos, sin embargo, sin el mal de espalda de hoy, aunque dinero para mí… poco, poquito, ¿eh? Sin duda no como ahora, modestamente. Pero dime: ¿sabes, Marcos, cómo trabajábamos? Este había sacudido la cabeza. —Metíamos en cal durante diez días las pieles de las ovejas, pero si era necesario usábamos también perros y gatos, ¿eh? Y éramos muy hábiles en el trabajo, modestamente: de

