La noche en el hospital tiene un sonido propio.
No es silencio. Es un murmullo constante de pasos amortiguados, puertas que se abren con cuidado, monitores que pitan en habitaciones lejanas, respiraciones artificiales que sostienen vidas que no quieren irse… o que no pueden.
Yo sí podía.
Y decidí no hacerlo.
Richard se quedó hasta pasada la medianoche. Se sentó en el sillón reclinable junto a la ventana, revisando su teléfono, respondiendo mensajes con el ceño fruncido. Cada tanto me miraba, como si necesitara comprobar que seguía allí.
Que seguía respirando.
—Deberías descansar —le dije con voz baja.
Él dejó el teléfono.
—No voy a dejarte sola.
Qué ironía.
Me giré ligeramente hacia la pared, dándole la espalda. Fingí dormir. Sentí cómo las luces se atenuaban cuando la enfermera hizo la última ronda. Revisó mi presión, mi frecuencia cardíaca, la bolsa de suero. Todo estable.
Siempre estable.
Cuando la puerta se cerró y el pasillo volvió a su murmullo lejano, abrí los ojos.
Mi reflejo en la ventana era pálido, Frágil.
Intento autolítico. Esposa aparentemente feliz. Vida impecable. Quiebre inesperado.
La sociedad ama esas historias.
Lo que no ama es la verdad.
Cerré los ojos otra vez y dejé que mis pensamientos hablaran, como si alguien pudiera escucharlos dentro de mi cabeza.
No quise morir.
Quise que alguien creyera que podía hacerlo.
Hay una diferencia enorme.
El plan no nació en un momento de tristeza. Nació en un momento de claridad. Cuando entendí que la única forma de salir del laberinto era prenderle fuego… pero sin quemarme yo.
Richard no es violento. No grita. No golpea. No necesita hacerlo.
El control puede ser silencioso. Elegante. Financiero. Social.
Te aíslan sin que lo notes. Te moldean. Te convierten en una versión funcional de ti misma hasta que un día te miras al espejo y no sabes quién eres.
Yo sí lo noté.
Y decidí romper el guion.
Un leve movimiento me sacó de mis pensamientos.
Richard se había quedado dormido en el sillón. Su cabeza inclinada hacia un lado, el teléfono aún en la mano.
Me incorporé despacio, ignorando el mareo leve. Arranqué con cuidado el sensor del dedo para que el monitor no pitara por el movimiento. El cable quedó colgando discretamente.
Bajé los pies al suelo frío.
El hospital por la noche es más vulnerable.
Caminé hasta la puerta y la abrí apenas unos centímetros. El pasillo estaba casi vacío. Una enfermera revisaba una estación a lo lejos.
Y entonces lo vi.
Alexander estaba apoyado contra la pared opuesta, al final del pasillo, con los brazos cruzados.
No parecía sorprendido de verme de pie.
Yo tampoco lo estaba de verlo allí.
Cerré la puerta con suavidad detrás de mí.
—No deberías estar caminando —dijo en voz baja mientras se acercaba.
—Tú tampoco deberías estar aquí a esta hora.
Se detuvo frente a mí. Sin tocarme. Sin invadirme. Pero lo suficientemente cerca como para sentir el calor que irradiaba.
—No confío en esto —admitió.
—¿En qué exactamente?
—En que alguien como tú intente morir así.
Sonreí levemente.
—¿Y cómo es alguien como yo?
Sus ojos recorrieron mi rostro con una intensidad que me obligó a sostenerle la mirada.
—Controlada. Inteligente. Fría cuando quieres serlo.
Mi corazón dio un golpe seco contra el pecho.
Me estaba viendo.
—Tal vez te equivocas.
—Tal vez no.
El silencio entre nosotros ya no era incómodo. Era cargado. Denso. Como una tormenta contenida.
—¿Por qué te importa tanto? —pregunté otra vez, esta vez sin máscara.
Alexander tardó en responder.
—Porque cuando te levanté del suelo… tus manos no estaban relajadas. Estaban tensas. Como si no hubieras terminado algo.
Mi respiración se volvió más lenta.
—Eso no prueba nada.
—Prueba que no era resignación.
Me acerqué un paso más.
—¿Y si fuera estrategia?
La palabra quedó suspendida entre los dos.
Él no retrocedió.
—Entonces estás jugando con fuego.
—Siempre me gustó el calor —susurré.
Por un segundo, algo cambió en su expresión. No era juicio. Era deseo contenido. Peligroso.
Su mano se elevó apenas, como si fuera a tocarme el brazo, pero se detuvo a centímetros de mi piel.
—Si estás planeando algo —dijo en voz baja—, deberías saber que no todos los movimientos se pueden controlar.
Incliné la cabeza.
—Eso lo sé mejor que nadie.
Un sonido en el pasillo nos hizo separarnos. Una enfermera apareció doblando la esquina.
—Señora, debe volver a su habitación.
Asentí dócilmente.
Alexander dio un paso atrás, recuperando su postura formal.
—Buenas noches —dijo con tono neutro.
Volví a la habitación. Me acosté antes de que Richard despertara.
El monitor volvió a marcar mi ritmo cardíaco cuando coloqué el sensor en su lugar.
Regular. Normal.
Como si nada estuviera ocurriendo.
Richard se movió en el sillón, medio despierto.
—¿Estás bien? —murmuró.
—Sí —respondí con suavidad—. Solo tenía sed.
Él se levantó para servirme agua, atento, cuidadoso.
Si supiera.
Cerré los ojos y dejé que una última idea se acomodara en mi mente.
Alexander empieza a sospechar.
Richard empieza a temer.