13 - Sombras entre nosotros

1141 Palabras
La mañana siguiente llegó con un gris opaco que apenas se filtraba por las cortinas del apartamento. Eleanor permanecía sentada en la cama, los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando cómo los rayos del sol se desdibujaban en la ventana. Todo parecía igual que ayer, pero algo en la atmósfera era diferente. Una tensión invisible flotaba en el aire, y ella lo sabía. Richard no había dejado de mirarla de manera extraña desde la cena. No era enfado, ni tristeza; era una sospecha silenciosa que comenzaba a instalarse. Alexander llamó mientras Eleanor terminaba de arreglarse. El mensaje era corto: “Hoy nos vemos. No tardes.” Ella lo leyó dos veces, sabiendo que cada palabra llevaba consigo una mezcla de peligro y deseo. Respiró hondo. Sabía que estaba cruzando líneas que, una vez traspasadas, no podían borrarse. —Hoy será un día interesante —murmuró para sí misma mientras guardaba el teléfono en el bolso. El ascensor descendió con un leve zumbido y Richard apareció en el vestíbulo. Su expresión estaba cuidadosamente neutral, pero Eleanor percibió la tensión en sus hombros. No habló mientras ella cerraba la puerta del apartamento detrás de ella. El silencio en el auto era pesado, cargado de preguntas que ninguno de los dos se atrevía a formular. La ciudad pasaba rápida por la ventana. Eleanor recordaba otra mañana similar, semanas atrás, cuando había contemplado su vida y sentido el vacío que la había empujado hacia las pastillas. ¿Cómo llegué hasta aquí? pensó. Los recuerdos eran cortos, fragmentos que se filtraban sin aviso: discusiones calladas con Richard, momentos donde la atención de él parecía estar siempre en otra parte, su constante sensación de que nadie la veía realmente. No eran escenas dramáticas, sino acumulaciones de silencios que se habían convertido en grietas invisibles en su matrimonio. Richard al fin habló, apenas un susurro: —¿Aún vas a verte con él hoy? Eleanor lo miró sin parpadear, un instante suficiente para que entendiera que la respuesta era sí, aunque no dijera nada. Sus ojos no revelaban arrepentimiento, solo la certeza de que había tomado decisiones que nadie más podría entender. Alexander la esperaba en un pequeño café discreto, un lugar que nadie relacionaría con ellos. Eleanor entró y lo vio sentado en la esquina, con la chaqueta ligeramente desabrochada y la mirada fija en la ventana. Al verla, sus labios se curvaron en una sonrisa que era a la vez suave y peligrosa. —Tardaste —dijo él. —Quería disfrutar del suspenso —respondió Eleanor con ironía. Él rió suavemente. El café estaba casi vacío, lo que les daba privacidad. Eleanor se sentó frente a él, y por un momento, el mundo entero desapareció. Las palabras se hicieron innecesarias. Sus manos se rozaron sobre la mesa, un contacto breve pero cargado de electricidad. —No podemos seguir así —dijo Alexander con voz baja, apenas audible—. Esto es… peligroso. —Lo sé —contestó Eleanor, sus ojos buscando los de él—. Pero tampoco puedo detenerlo. No era solo deseo. Era la sensación de control que Alexander despertaba, de libertad dentro de su propia vida. Recordó otra escena: una discusión silenciosa con Richard, un roce de indiferencia, un espacio que había dejado de pertenecerle. Y ahora estaba aquí, tomando decisiones que le daban poder y miedo a la vez. El beso vino sin previo aviso. No fue largo, pero suficiente para borrar toda racionalidad. Eleanor cerró los ojos, sintiendo que su mundo se comprimía en ese instante. Alexander apoyó la frente contra la de ella y susurró: —No sé hasta dónde podemos llegar. —Yo sí —dijo Eleanor—. Hasta donde queramos. El reloj marcaba el paso del tiempo, pero ellos no lo sentían. Cada minuto estaba cargado de tensión, de secretos, de lo que no podían permitirse que nadie supiera. Y mientras ella se perdía en la sensación de cercanía, otro pensamiento apareció, fugaz, doloroso: si alguien lo descubre, todo se derrumbará. La tarde se acercaba y Eleanor tuvo que regresar a casa. Mientras caminaba hacia el ascensor, un recuerdo cruzó su mente: la voz de su madre, años atrás, diciéndole que el amor debía ser ordenado, predecible. Todo lo que había aprendido sobre la perfección se estaba rompiendo en pedazos ante sus propios ojos. Alexander había encendido algo que ni siquiera sabía que seguía vivo: la necesidad de sentir. Y mientras el ascensor bajaba lentamente, Eleanor sabía que la noche aún traería desafíos, preguntas y decisiones que podrían cambiar todo. Eleanor abrió la puerta del apartamento. Richard estaba allí, esperándola como si hubiera leído cada uno de sus movimientos. Su postura era firme, la expresión cuidadosamente controlada. No dijo nada, pero la tensión era tangible. Eleanor respiró hondo y cruzó la sala hacia su habitación, dejando que él la siguiera. —Tenemos que hablar —dijo finalmente Richard. Eleanor se detuvo un segundo antes de contestar. Sus pensamientos se agolpaban: no podía revelar demasiado, no ahora. No podía mostrar miedo ni culpa. —Claro —respondió con calma—. Pero no aquí. Richard frunció el ceño. Sabía que ella estaba ocultando algo. Lo percibía en sus gestos, en la forma en que sus ojos se movían ligeramente hacia la ventana como buscando escape. Pero no podía probar nada todavía. Eleanor se recostó sobre el sofá. El silencio volvió a caer sobre la habitación. Afuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente, pero dentro todo era tensión y secretos. El recuerdo apareció de repente: una discusión con Alexander días antes, su primera declaración de deseo, la certeza de que nadie podía entender su necesidad de sentir algo verdadero. No era solo pasión. Era control, supervivencia, estrategia. Richard finalmente habló de nuevo. —No puedo seguir fingiendo que no veo lo que pasa. —¿Qué ves? —preguntó Eleanor, casi desafiante. —Que estás cambiando. Que algo ha ocurrido mientras yo no estaba mirando. —Su voz estaba baja, pero contenía una firmeza que hizo que Eleanor se tensara. Ella bajó la mirada, apenas dejando que sus labios se curvaran en una sonrisa tenue. Sí, algo ha ocurrido —pensó—. Y todavía no saben la mitad. El recuerdo de Alexander cruzó su mente: sus manos, su respiración, la intensidad del hotel. La escena, breve, se mezcló con la realidad de Richard frente a ella. Todo estaba colisionando. —Entonces —continuó Richard—, ¿quieres decirme qué es exactamente lo que está pasando? Eleanor se recostó más, fingiendo calma. —Nada que te interese… por ahora. Richard la estudió unos segundos más antes de suspirar. Sabía que no obtendría respuestas, al menos no inmediatas. Mientras él se alejaba hacia el despacho, Eleanor cerró los ojos un momento. Pensó en Alexander, en la tensión de la ciudad, en la fragilidad de todo lo que la rodeaba.
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